Ahmâd ibn ‘Abd Allâh ibn Zaydûn.
Poeta cordobés.
Vino al mundo en el año 1003. Muere en el año 1071 en Sevilla.
Es el responsable del más genuino estilo clásico en Al-Andalus, y se le compara a menudo con el gran poeta oriental Al-Mutanabbi (915-965).
Nació nuestro poeta en el año 394 de la Hégira (1003), año clave en la historia de Al-Andalus, pues es la fecha en la que muere Al-Mansûr, desencadenando la desmembración del califato andalusí y la posterior creación de los reinos de taifas. Provenía de la familia ilustre de los Majzmíes, siendo su progenitor faquí o, lo que es lo mismo, mantenedor de la ortodoxia islámica. Recibió Ibn Zaydûn una educación enciclopédica, mostrando un gran talento poético desde su más tierna juventud.
Según Ibn Bassâm, Ibn Zaydûn llegó al colmo de la perfección, así en su obra en prosa como en sus obras poéticas: fue el <
>, el sello de los poetas majzmíes. Poseía todas las mejores dotes de la fortuna para la alabanza y para el vituperio, y unía a la elegancia de su lenguaje, ora en prosa, ora en versos, un fondo de doctrina tal que excedía por su profundidad al mar y por su esplendor a la luna (traducido por Pns Boígues).
Sobre su cuna y su ascendencia nos habla Ibn Zaydûn en este poema:
Nubes fecundas rieguen los alrededores del Alcázar;
canten las palomas posadas en las ramas;
en Córdoba sublime, cuna de hombres nobles,
tierra en la que abrí mi capullo de juventud,
en el seno de una familia de alto linaje.
En su juventud ocupó cargos de importancia en la nueva administración cordobesa que había sucedido al califato. Fue partidario de la Yama’a -Parlamento elegido por democracia directa y delegada-, encabezada por Abû-l-Hazm ibn Yahwar (Aben Chahwar).
Su primera aparición en el mundo de las letras aconteció a la muerte del câdî Ibn Dakwân (Aben Dacuán), ante cuya tumba pronunció una sentida elegía. Contaba Ibn Zaydûn a la sazón veinte años. Y fue por estas fechas cuando nuestro poeta entra en relación con Wallâda, que provocará un fuerte viraje en su vida y llenará su obra y su recuerdo. Era esta joven de origen real, hija del califa omeya Al-Mwstakfî, quien entró a reinar en Córdoba en el año 1024, ocupando el sello real únicamente durante dieciséis meses. Aunque hija de un hombre rudo e inculto, al morir éste abandonó el harén y convirtió su casa en lugar de reunión de eruditos y literatos. Los poetas y escritores más famosos –dice Ibn Bassâm- morían por el deseo de frecuentar su sociedad, siendo Wallâda la primera de las mujeres de su tiempo. No es de extrañar, pues, que nuestro autor se enamorara perdidamente de esta doncella, quien le llegó a pedir, mediante un poema, que le visitara:
Disponte a verme cuando las sombras caigan
pues bien guarda la noche los secretos:
si el amor que te tengo el sol sintiera
dejaria de brillar, la luna no saldría
y las estrellas detendrán su paso.
Pero acabaron las relaciones amorosas entre ambos amantes, al parecer en escena el visir Ibn ‘Abdûs, quien, si no podía ostentar talento ni saber, logró deslumbrar a la joven con sus riquezas. Despechado el poeta, trató de ridiculizar a su rival redactando una supuesta sátira en prosa rimada (Al-risâlah al-hazlyyah), haciendo ver que quien la escribía era la propia Wallâda; es una carta llena de ingenio y erudición, que se hizo famosa en Córdoba, llegando a ser considerada como una obra maestra de la literatura andalusí. Comenzaba así:
"¡Oh hombre, atacado por su propia decisión, perdido por su propia ignorancia, cuya falta es evidente, cuyo yerno es enorme! Hombre que da traspié entre los paños del vestido de su propio error; ciego privado del sol que alumbra; que cae como la mosca sobre la miel, que se precipita como los mosquitos en la llama brillante: has de saber que la admiración de sí mismo es lo más mentiroso que existe, y que, para el ser humano, lo más razonable es el conocimiento del sí propio…"
Continuaba la rízala, señalando, cómo un tipo cómico y ridículo como él, no es digno de cortejar a una mujer corriente y, mucho menos, a la hermosísima Wallâda. Se nos muestra Ibn Zaydûn como un perfecto conocedor de la historia, la religión, etc., llegándole a decir a Ibn ‘Abdûs que Ptolomeo, Hipócrates, Galeno y otros sabios de la Antigüedad nunca hubiesen logrado sus descubrimientos y alcanzado la fama sin la inspiración y la tutela de él –hombre tosco e ignorante-; concluye la sátira ridiculizando los pretendidos poderes de este singular personaje sobre el curso de los acontecimientos políticos.
Pero la rízala no dio los frutos deseados y el burlado enamorado sólo logró granjearse el odio de Wallâda y las iras del visir, hombre rico y poderoso, que hizo que el poeta fuese acusado de malversación del gasto público; acusación que le condujo a prisión, desde donde pidió clemencia mediante una larga epístola (Al-risâlah al-chiddiyyah), en la que clamaba por su inocencia.
Logra evadirse, ayudado por varios amigos fieles, y comienza a deambular a través de la ciudad de Córdoba, con la esperanza de obtener de nuevo el amor de su adorada Wallâda.
Escondido entre las ruinas de Al-Zahrâ y lamentando la destrucción de su amor, compone su famosa Qasidah en nûn, de cincuenta versos, en la que expresa una gran angustia por haber perdido el objeto de su amor. El poeta nos da en esta composición como fecha de su muerte la de su última cita con la hermosa e inconstante Wallâda. He aquí un fragmento:
Alejados uno de otro, mis costados están secos de pasión por ti, y en cambio no cesan mis lágrimas…
Al perderte, mis días han cambiado y se han tornado negros, cuando contigo hasta mis noches eran blancas…
Diríase que no hemos pasado junto la noche, sin más tercero que nuestra propia unión, mientras nuestra buena estrella hacía bajar los ojos de nuestros censores:
Eramos dos secretos en el corazón de las tinieblas, hasta que la lengua de la aurora estaba a punto de denunciarnos.
Después de vagar errante por los alrededores de Córdoba, esperando ver a su amada, llega a Sevilla, donde se asienta en la corte del rey ‘abbâdí Al-Mu’tadid en calidad de visir. Posteriormente, y tras un largo deambular por todas las ciudades de Al-Andalus, vuelve de nuevo a Sevilla, en donde encuentra una excelente acogida por parte del nuevo rey, Al-Mu’tamid, a quien alentará y ayudará en la conquista de Córdoba, en la que pensaba residir definitivamente. Pero los avatares políticos le obligan a volver a Sevilla, en donde le llega la muerte en el año 363 de la Hégira (1071).
Otra de las notas relevantes de su vida concierne a su experiencia en asuntos relacionados con la ahl al-dimma, es decir, con los núcleos cristianos y judíos, a los que apoyó y sobre los cuales debió de ejercer una gran influencia, todo ello gracias a su larga trayectoria en la administración pública y a su continuo trato con todos los sectores que configuraban la sociedad andalusí de su tiempo.
No obstante, y como ya hemos reseñado, las relaciones amorosas con Wallâda son, sin lugar a dudas, el rasgo fundamental en lo que atañe a toda su producción poética, pues ya sabemos que tras una intensa pasión llegó la separación y, más tarde, la ruptura total. Sobre este lance de su vida se centra, generalmente, la atención de sus biógrafos y críticos, e incluso son numerosísimas las obras que se han inspirado en estos amores abocados al fracaso; entre ellas, una pieza teatral en seis actos, estrenada y publicada en El Cairo.
Su producción poética se encuentra hoy recopilada en un dîwân o cancionero, que se ha publicado frecuentemente, y en el que están reunidas sus composiciones poéticas y sus interesantísimas rísalah en prosa, de tono satírico y burlesco o compungido y temeroso.
De la popularidad que alcanzó su poesía, debido fundamentalmente a su sencillez para ser recitada a nivel popular, nos habla la leyenda según la cual <>.
Esta leyenda probablemente tuvo como causa originaria las distensiones entre el visir Ibn ‘Abdûs e Ibn Zaydûn, motivadas por la mutua atracción amorosa que ambos sentían por una misma mujer: Wallâda, distensiones que tienen como punto final esta situación, según la cual Ibn Zaydûn acaba por ser considerado como poeta maldito.
Veamos otro fragmento de esta polémica obra:
Desde Al-Zahrâ te recuerdo con pasión. El horizonte está claro y la tierra nos muestra su faz serena.
La brisa desmaya con el crepúsculo: parece que se apiada de mí y languidece, llena de ternura.
Los arriates me sonríen con sus aguas de plata, que parecen collares desprendidos de las gargantas.
Así fueron los días deliciosos que ya pasaron, cuando, aprovechando el sueño del Destino, fuimos ladrones de placer.
Hoy sólo me distraigo con las flores, imán de los ojos, en las que la escarcha juega vivaz; inclinando sus tallos:
Son como pupilas que, al ver mi insomnio, lloran por mí, y por eso el irisado llanto resbala por su cáliz.
En los soleados rosales brillan los rojos capullos, aumentando la luminosidad de la mañana.
Aromáticas bocanadas se transmiten el pomo del nenúfar, dormilón cuyas pupilas entreabrió el alba.
Todo excita el recuerdo de mi pasión por ti, que nunca abandona mi pecho, por mucha que sea su estrechura.
Si la unión contigo, por la que suspiro, se lograse, ese día sería el más noble entre todos.
¡No conceda Allah la calma al corazón que desista de recordarte y que no vuelve a tu lado con las alas trémulas del deseo!.
Si el Céfiro, cuando sopla, consintiera en llevarme, depositaría a tus pies un doncel extenuado por la pena.
¡Oh mi más precioso joyel, el más sublime, el preferido de mi alma, cuando los amantes compran joyeles!.
Pedirnos uno al otro deudas de puro amor era, en otros tiempos, la pradera feliz donde corríamos como libres corceles.
Pero ahora yo soy el único que puede jactarse de leal. Tú me dejaste, y yo me he quedado, triste, amándote.
Otro dato que nos refleja la importancia de sus poemas estriba en el hecho de que hay indicios que ciertos fragmentos de ésta, su obra más importante, están insertos en La Mil y una Noches, en la que, bajo la vaga indicación de cómo dijo el poeta…, se recogen estos versos volcados al castellano por Varela:
¡Despréciame!, he de sufrirlo;
¡ríñeme!, tienes razón;
¡huye!, te sigo; ¡habla!, te escucho;
¡ordena!, tu esclavo soy.
Prolífico y violento, fue poeta sobre todo. Escribió poemas de alabanza a los señores a los que servía, o a aquellos de quienes solicitaba algunos favores. Redactó epístolas, elegías y poesías eróticas; cultivando no sólo las formas clásicas de la poesía árabe, sino también las estróficas.
Ha sido calificado por el prestigiosos arabista García Gómez, como el mejor poeta neoclásico de Al-Andalus, y nos dice que es, sobre todo, el poeta del amor.
Es también conocido por el sobrenombre del Tíbulo andaluz, por tener ambos ciertos puntos de semejanzas en sus respectivas vidas.
Bibliografías Foro Aben Humeya
Tags: Zaydun, andalusíes