sábado, 17 de noviembre de 2007
Crónica de una minoría asimilada



Fuente: Revista de Historia CLIO

En el año 1609, felipe III mandó expulsar a los moriscos. ¿Cuál fue la respuesta de la sociedad española ante tal medida? el profesor Trevor J. Dadson ha estudiado el caso y nos explica la experiencia concreta de Villarrubia, cuyos ciudadanos se opusieron a esta "limpieza étnica".

Por Trevor J. Dadson


Hace unos quince años el gran historiador Antonio Domínguez-Ortiz dijo muy acertadamente, en relación al destierro de los moriscos en el siglo XVII, que "la expulsión de la minoría no era un hecho inevitable, no era una exigencia de la mayoría cristiana. Fue una medida impuesta desde arriba y aceptada sin entusiasmo; incluso, no pocas veces, con cierta resistencia pasiva. Esta es la historia que nos queda por narrar".

En la comarca de La Mancha, entre las primeras estribaciones de los montes de Toledo, se encuentra Villarrubia de los Ojos, un municipio de cerca de 10.000 habitantes de la provincia de Ciudad Real. Esta localidad vivió, a inicios del siglo XVII, una compleja e interesante historia que da crédito a la opinión del profesor Domínguez. Los moriscos fueron expulsados por un decreto de Felipe III en 1609 y, durante algo más de un lustro, cerca de 300.000 españoles, de origen musulmán, tuvieron que partir hacia el exilio. Entre ellos estaban los moriscos de Villarrubia, asentados en esta localidad probablemente desde el siglo XIII. Estos se habían asimilado paulatinamente a la cultura castellano-cristiana dominante, hasta tal punto que cuando fueron obligados a convertirse a la fe católica en 1502 (la llamada conversión forzosa), lo hicieron sin grandes problemas, y alegaron más tarde que "todos los vecinos de esta villa que de moros nos tornamos cristianos sin falta alguna y con muy buena voluntad fuimos a recibir el santo bautismo". Los dirigentes moriscos de las Cinco Villas del Campo de Calatrava (Almagro, Daimiel, Aldea del Rey, Bolaños y Villarrubia) se presentaron ante los Reyes Católicos en Talavera para pedir un privilegio real que les garantizara sus derechos y privilegios, es decir garantías de poder vivir a partir de aquel momento en paz y de ser tratados y considerados como los demás cristianos. Este privilegio real fue refrendado sucesivamente por la reina Juana I (1514), por Felipe II (1577) y por Felipe IV (1626)).

Una única comunidad


Durante el curso del siglo XVI, mientras que Villarrubia pasó de ser encomienda de la Orden de Calatrava a ser lugar de señorío perteneciente a los condes de Salinas y Ribadeo, los moriscos se integraron en todos los aspectos de la vida diaria de su comunidad, llegando a ocupar puestos importantes del ayuntamiento, tales como los de regidor, alcalde, alguacil, depositario, carcelero y maestro de niños. Durante dos décadas al menos (las de 1590 y 1600), controlaron la justicia local mediante sus cargos de alcaldes ordinarios, alguaciles y carceleros. Al mismo tiempo, dominaban la vida económica de la villa a través del arrendamiento de las rentas y diezmos del conde de Salinas y su control del pósito de grano. Hacia principios del siglo XVII, los moriscos de Villarrubia pudieron creerse totalmente asimilados a la vida, costumbres y creencias de su pueblo; no se distinguían en nada de los demás vecinos cristianos viejos y estos no tuvieron reparos en confiarles a sus convecinos moriscos trabajos y puestos de envergadura. No es exagerado hablar de un clima de tolerancia mutua y aceptación plena por parte de todos los villarrubieros en estos años en los que la peste y el hambre hicieron estragos en la población, reduciéndola de unos mil vecinos a unos setecientos (lo que supone la pérdida de una tercera parte). Es en este contexto de tolerancia y asimilación en el que hay que situar y juzgar la expulsión de los moriscos decretada en abril de 1609 y prolongada durante más de cinco años.


La resistencia de los cristianos viejos


El bando de expulsión de los moriscos del Campo de Calatrava fue promulgado el 22 de marzo de 1611, y a todos les cayó como una bomba, como algo totalmente inesperado y no deseado. Nadie podía creer que la decisión podía afectar a los moriscos antiguos del Campo de Calatrava, gente que llevaba siglos viviendo en paz con sus vecinos, gente que se había asimilado enteramente a las estructuras socioeconómicas y culturales de la región. No solo los moriscos, desde luego, pensaban que estarían exentos de esta medida, sino también los cristianos viejos y sus dirigentes, empezando por el conde de Salinas, don Diego de Silva y Mendoza, y sus oficiales en Villarrubia. A partir de marzo de 1611 empezó el ataque contra los bandos de expulsión, liderado desde la sombra por el mismo conde de Salinas y abiertamente por sus oficiales en la villa, como el gobernador Gabriel Zurita, el contador Antonio Laso y el mayordomo Bartolomé de la Vega. Estos tres en particular, con el apoyo de la mayoría de los vecinos cristianos viejos, obstaculizaron el empeño de Madrid en echar a los moriscos de Villarrubia, con tanto éxito que hubo tres intentos de expulsión (y no uno como estaba previsto): en el verano de 1611, en mayo de 1612 y en junio de 1613. Cada vez que las autoridades expulsaban a los moriscos de Villarrubia, estos volvían desde Francia (Bayona y San Juan de Luz), o bien desde Cartagena y el Norte de África. Cada vez que regresaban a Villarrubia, eran recibidos, recogidos y ayudados por los demás vecinos, que a menudo los escondían en sus casas o en la sierra cercana, adonde les llevaban comida y ropa.

Cuando las expulsiones habían terminado oficialmente, en febrero de 1614, la mayor parte de los moriscos de Villarrubia se encontraban en la villa, a salvo ya de más deportaciones. Poco a poco los que se encontraban fuera, o escondidos o expulsados, fueron volviendo, así que a finales de esta década casi todos los moriscos de Villarrubia habían retornado a sus casas, propiedades y ocupaciones. Un aspecto de esta vuelta que ha pasado casi desapercibido es la manera en que los moriscos utilizaron los tribunales para recuperar sus casas, terrenos y demás bienes que habían sido vendidos en tiempos de la expulsión precisamente para costearla. Durante las décadas de 1620 y 1630, cuando se sentían más seguros y ya no sujetos a más expulsiones y vejaciones, los moriscos, entre quienes había bastantes abogados y licenciados, apelaron ante los tribunales locales y nacionales (por ejemplo, ante la Real Chancillería de Granada) para que les devolvieran todos sus bienes anteriormente confiscados. En todos los juicios que he examinado, ganaron y recuperaron todas sus posesiones.


Orgullosos de sus antepasados


El resto del siglo XVII significó una lenta pero segura vuelta a la normalidad para los moriscos de Villarrubia, proceso roto solamente por ciertas embestidas de la Inquisición y de algunos cristianos viejos que no se habían dado cuenta de los nuevos tiempos que corrían. Pero hacia mediados del siglo se vislumbraba el fin del trayecto y los moriscos se pudieron creer finalmente, y para siempre jamás, aceptados y asimilados por sus vecinos. La historia que he escrito sobre los moriscos de Villarrubia termina a principios del siglo XVIII, cuando ya no hay distinciones visibles ni notables entre las dos poblaciones. Todos son villarrubieros de pro. Tal como escribí en la introducción de mi libro, creo "que las acciones de los villarrubieros, tanto cristianos viejos como cristianos nuevos, durante y después de la expulsión, merecen los más encendidos elogios, como también el ambiente de coexistencia y convivencia apacibles que supieron crear aun dentro de unas condiciones más que negativas. Los villarrubieros de hoy pueden sentirse orgullosos de sus antepasados, gente que demostró que sí que era posible vivir en paz con sus vecinos, de la raza y etnia que fuesen, e intentar crear una sociedad plural en que cabían todos. En nuestros días, en los que la hostilidad y el odio raciales han vuelto a aflorar en diversas partes de Europa y en que de nuevo se ha vuelto a hablar de `limpieza étnica¿, la honrosa excepción de Villarrubia (y de otros pueblos que esperan a alguien que los estudie) no puede menos que devolvernos cierta fe y esperanza en el ser humano". Después de casi cuatro siglos de silencio, los moriscos de Villarrubia, cuyos descendientes aún viven en el pueblo y que han acogido con orgullo y satisfacción el triunfo de sus antepasados, han vuelto a la luz del día y al protagonismo que sus hazañas sobradamente merecen.

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