domingo, 25 de noviembre de 2007
Qué es un Imam, qué es una Mezquita


Estas últimas semanas, todos los medios de comunicación del Estado, han escrito o comentado sobre los Imames y las Mezquitas. Tal vez por un desconocimiento total los unos, como por arrogarse unas perrogativas otros, se ha llegado a decir muchas estupideces. Para poder acercar a los andaluces a parte de nuestro pasado, nuestros amigos de la Asociación MUSULMANES ANDALUCES, han elaborado este trabajo.
Desde FORO ABEN HUMEYA, como en otras ocasiones, queremos hacernos eco y en lo posible desacralizar estos dos temas y separarlos de los que muchos entienden que se pueden comparar con lo que significa un sacerdote o una iglesia para un cristiano. Nada tienen que ver. Un Imam, es un musulmán que en un momento concreto dirige el Salat ( oración), pero no es un profesional del Islam; una Mezquita sirve para que los musulmanes tengan un lugar adecuado para hacer el Salat, pero no tiene el significado de “santo o sagrado” de una iglesia.


EL DILEMA DEL IMAM

La palabra Imam ha comenzado a popularizarse en medio de circunstancias adversas (las polémicas en torno al Imam de Fuengirola, la necesidad de crear un consejo de imames para controlar las mezquitas). Para muchos, Imam es el término árabe para designar al cura de los musulmanes, o, en otros casos, una especie de líder espiritual que se rodea de fanáticos seguidores.

Creemos necesario precisar el significado de esta palabra, pues los errores pueden tener fatales conclusiones. Para empezar, una nota ortográfica: la palabra acaba en m, y no en n, error en el que se suele caer por lo extraño de la terminación m en castellano, pero sucede que en árabe existe también la palabra Iman, que designa otra cosa, completamente distinta.

En general, en árabe, un Imam es una persona que ocupa un lugar destacado entre los suyos, sirviendo de modelo a la comunidad por su autoridad moral o la envergadura de su saber. Se trata de una personalidad que se impone por su capacidad de convocatoria, basada en sus recursos, sus habilidades o su prestigio. El Corán restringe su alcance y emplea el término Imam para designar a los profetas, que fueron imames para los suyos, es decir, les sirvieron de jefes, maestros y guías. En definitiva, en sentido estrictamente coránico, los imames por excelencia son los profetas, el último de los cuales fue Sidnâ Muhammad (s.a.s.).

En la tradición islámica, la palabra Imam vuelve a utilizarse con tres sentidos distintos. El primero, Imam es el que ostenta el poder legítimo o debería ostentarlo; sería quien está a la cabeza del Islam (o quien debería estarlo), bien porque haya sido elegido para ello (según los sunníes), bien por derechos propios (según los shi‘íes). El Imam equivaldría al califa (aunque un califa no es Imam si su autoridad no tiene una base legitimadora). Puesto que no existe el califato, el término Imam, en este sentido, no es aplicable a nadie.

En segundo lugar, un Imam es una persona destacada en una ciencia particular, y que ha creado escuela. Así, en materia de Fiqh, son llamados Imames Mâlik, Abû Hanîfa, Shâfi‘i y Ahmad, entre otros muchos, a causa de su relevancia en la historia de la elaboración del derecho musulmán. En lo referente a Hadiz, son Imames Bujâri y Muslim, entre otros muchos que han demostrado su pericia en el estudio de las tradiciones atribuidas al Profeta (s.a.s.). En lo referente al Kalâm, son Imames al-Ash‘ari y al-Mâturîdî, entre otros que también han aportado mucho a la sistematización de la doctrina. En Tasawwuf son Imames al-Yîlâni y al-Yunaid, por ejemplo, por su papel en la trasmisión de enseñanzas místicas. Y así con todas las ramas del saber. Los Imames, aquí, son grandes maestros fundadores de grandes corrientes de pensamiento.
La historia les concede este título en reconocimiento de su mérito dando fe de su carácter de ‘jefes’ de escuelas cuya validez es reconocida por los musulmanes.

Por último, se da el nombre de Imames a quienes dirigen y sincronizan el Salât (la oración) en las mezquitas. Para ello es suficiente con ser musulmán y tener los conocimientos básicos -al alcance de cualquiera- para cumplir con dicha tarea. Es preferible, además, que sea una persona que goce de respeto, el mejor entre los presentes en saber y en autoridad moral. Esto es lo que nos dicen los tratados de derecho musulmán.

El imamato, según todo lo anterior, es una función, no un cargo (salvo en el caso del califa, que no nos incumbe aquí). No hay ninguna institución que nombre imames. Esto es muy importante. El título honorífico de Imam a personas que hayan desarrollado una labor muy importante en la trasmisión del Islam les es conferido por la Historia, generalmente, después de que hayan muerto, y atendiendo a su reputación y aceptación por los musulmanes. Cuando se dice de alguien que es un Imam se le está dando un trato de respeto, sin más implicaciones. Todo esto en un sentido general, pues siempre pueden alzarse voces en contra de la aceptación común, lo cual es frecuente y es casi imposible la unanimidad, dentro de la tradición de continuo debate que caracteriza al Islam.

En el último caso -la dirección y sincronización del Salât-, la persona que cumple esa función recibe el nombre de Imam si la realiza con frecuencia, convirtiéndose en el Imam de tal mezquita, sin que ello conlleve derechos exclusivos. Todo musulmán, de hecho, es Imam o puede serlo. Para dirigir el Salât no hay que estar consagrado ni designado por nadie. Y así ha sido siempre.

Ahora bien, desde las independencias formales de los Estados árabes y musulmanes, las distintas administraciones han intentando "domesticar" al Islam, y nada mejor para ello que reducirlo a una religión y crearle una jerarquía "eclesial". Por supuesto, esos intentos tienen una historia larga. Varias dinastías quisieron "colegiar" el Islam, instituyendo asambleas de ulemas, unas veces para asesorarse, otras para que sancionaran sus decisiones. Pero siempre, tales tentativas tuvieron un alcance limitado. Pero los Estados modernos tienen en sus manos medios más sofisticados, y la creación de ministerios de asuntos islámicos u otras instancias similares busca, al menos en la mayoría de los casos, constituirse en eso que parece faltar al Islam, una institución sacerdotal con su jerarquía que garantice el orden. Las universidades tienen sus facultades para la formación en el Islam oficial que licencian a sus estudiantes orientándolos hacia el ‘campo laboral’ de los imames. Si bien el éxito de estas tentativas es mucho mayor que el que tuvieron los balbuceos de las políticas dinásticas, lo cierto es que, entre los musulmanes, es sabido que es válido el imamato de cualquiera, haya o no sido acreditado por una institución, tenga en su posesión o no un título universitario.

Al parecer, este va a ser el discurrir del Islam en el futuro: los intentos por domeñarlo junto a un espíritu comunitario y acéfalo que no se deja seducir por tales ofertas. Puede que se creen comisiones, institutos o lo que se quiera, pero el Islam de la gente seguirá su curso, puesto que los fundamentos del Islam están demasiado claros como para poder ser tergiversados. Y uno de esos fundamentos es que el Islam pertenece a los musulmanes, y no puede ser delegado.

LAS MEZQUITAS CLANDESTINAS

En este artículo queremos explicar qué es una mezquita, denunciando los equívocos frecuentes a la hora de referirse a ellas. Una mezquita (másyid) no es la "iglesia" de los musulmanes, ni su lugar "sagrado". Al contrario, y aunque muchos se sorprendan, diremos que es un espacio "civil", un lugar para la comunidad que no puede ser monopolizado por nadie.

El Profeta (s.a.s.) rompió con la idea del templo consagrado de las tradiciones espirituales anteriores cuando enunció que, en atención a él, la tierra entera había sido hecha mezquita, célebre hadiz sobre cuya autenticidad no hay dudas. Prácticamente, cualquier lugar (una mezquita propiamente dicha, o una iglesia, una sinagoga, o la propia casa, o todo espacio al aire libre) es propicio para el musulmán, que no necesita, por tanto, un recinto específico para poder ejecutar los actos de adoración prescritos. Al igual que no existe una casta sacerdotal, en el Islam no existen iglesias, que son los espacios privados de esa jerarquía y en los que acogen a su grey. El concepto de "mezquita", desde el principio, está desprovisto de carácter sagrado, a menos que lo hagamos extensivo al universo en su totalidad. En realidad, conceptos como "profano" y "sagrado" son ajenos al Islam. En el Islam, el ser humano se inspira en lo trascendente, que se revela constantemente, indiscriminadamente, por lo que la religión, sus instituciones, los sacramentos, etc., carecen de sentido.

Cuando el Profeta (s.a.s.) construyó un edificio en Medina para que sirviera a la comunidad musulmana como lugar de reunión y para la celebración comunitaria de las prácticas de devoción, lo llamó "mezquita", pero con ello no anuló la significación primaria del término sino que agrandó con ella la dimensión que tendría ese lugar dentro del Islam. Como bien sabemos, al finalizar la construcción, la mezquita de Medina pasó a servir a esos propósitos sin que mediera ningún ritual purificador o de consagración del espacio, que pasó a ser el núcleo de las actividades de la comunidad, sin más. Nadie podía atribuirse su propiedad (las mezquitas son Casas de Allah, y ese es el sentido de esta expresión: lo de Allah es de la Comunidad; su atribución a Allah hace de la mezquita un lugar en el que se debe guardar una compostura exquisita y merece un respeto por ello, sin que la veneración se justifique tras mitos o magias). Sin solemnidades, en la mezquita se realizaba el Salât, y también se tomaban decisiones, se concretaban pactos, se cerraban acuerdos, se impartían clases, etc. Era un espacio abierto (sin puertas) a modo de foro público con un trasfondo de profunda espiritualidad nada exclusivista. Siguiendo ese modelo, todas las mezquitas del mundo se inspiran en ese ideal.

Cualquiera, sin necesidad de permisos, podía "regalar" a los musulmanes un terreno o un edificio para que sirviera de mezquita. A partir de ese momento, dejaba de ser de su propiedad y el lugar quedaba abierto a todos y se convertía en un foco de encuentro y de irradiación. Las casas de sabios o de personas de gran virtud, fácilmente se convertían en mezquitas, siéndoles "arrebatadas" por la comunidad precisamente por el papel que esa persona desarrollaba en medio de su gente. Todo lo que congrega a los hombres -como sentencian muchos textos islámicos- está bendito, y pasa a ser un bien común.

Como lugares abiertos al pueblo, por supuesto las mezquitas siempre han representado un peligro para los distintos poderes, que han intentado apoderarse de esos espacios o bien han buscado neutralizarlos. Pero afortunadamente, al margen de esas estrategias, el sentido que tienen los musulmanes de lo que debe ser una mezquita no se ha visto desvirtuado. Una mezquita es tal desde el momento en que los musulmanes deciden que lo es. No tiene que estar dispuesta de un modo concreto ni responder a ninguna arquitectura preconcebida. No tiene por qué estar dotada de un alminar, ni una decoración determinada, ni necesita un mihrab, ni un almimbar, ni tan siquiera un lugar para hacer las abluciones (todos estos elementos son adiciones para facilitar la comodidad, pero no son imprescindibles). Es decir, cualquier lugar cumple las condiciones que pueden convertirlo en un lugar en el que los musulmanes se reúnan, se recojan ante Allah y hablen entre ellos. No puede ser de otra manera debido al carácter acéfalo y comunitario del Islam, pero lo que resulta obvio para los musulmanes es comprendido con dificultad desde fuera del Islam (son muchas las cosas que se comprenden con mucha dificultad desde fuera del Islam, debido a la interferencia de otras consideraciones).

No existen, ni pueden existir, mezquitas mejores o peores. Incluso en Meca, donde está la Kaaba, mucha gente se reúne en pequeñas mezquitas -aparentemente insignificantes- diseminadas por la ciudad. La nobleza de un lugar la hace la gente que se encuentra en él. Un garaje en el que se establece el Salât es una mezquita con todas las de la ley (islámica).

Puesto que ser ‘oficialmente’ una mezquita no es una condición válida, no existen, ni pueden existir, mezquitas ‘clandestinas’. En el imaginario de este país se está poniendo de moda este concepto de mezquitas clandestinas (aprovechado por algunos aspirantes a ‘obispos’ de los musulmanes). Es completamente absurdo e ineficaz intentar poner el Islam en manos de algunos (con el objeto de que controlen a los incontrolados). Está arraigado en los musulmanes ese espíritu comunitario del Islam, que pervive precisamente gracias a su carácter acéfalo, y esto no puede ser desvirtuado como muestran las constantes en la historia del Islam.

Por otro lado, las mezquitas ‘clandestinas’ (las que no están registradas en ningún listado porque normalmente surgen espontáneamente respondiendo a necesidades urgentes) no son, ni de lejos, hervideros de integristas o terroristas. Esto es completamente falso. Al contrario, como ha dicho el profesor Bernabé García, son factores importantes de socialización. Es contraproducente orientar políticas de control (por no decir represivas) contra las mezquitas pequeñas, imaginándolas lo que no son. Con ello no se combate ningún extremismo, sino que se le dan excusas, como sucede en muchos países de mayoría musulmana donde las estrategias represivas sirven para justificar el rechazo al Islam ‘oficial’.

Sevilla, mayo de 2004

Texto elaborado por la
Asociación musulmana
:
MUSULMANES ANDALUCES

Tags: Andalusí, Mezquita, Imam, Islam

Publicado por foroabenhumeya @ 12:30  | Colaboradores
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