Es ya casi reiterativo, pesado incluso, aunque no menos necesario, el hablar de Blas Infante como esa figura clave dentro de la liberación social y política de Andalucía, que durante casi 70 años se nos ha estado ocultando, tergiversando y, podríamos decir, expropiando.
La derecha lo mató, físicamente, es cierto, pero hay muchas maneras de matarlo. Baste recordar cómo el PSOE le negó toda ayuda tanto a él, como a su movimiento en apoyo al Anteproyecto de Bases para el Estatuto de Autonomía de Andalucía.
El centralismo españolista lo enterró, y lo sigue haciendo cada 10 de Agosto, asegurándose de que no se levante de debajo de la fría losa política e ideológica que durante los años ochenta le pusieron sobre la cabeza.
Finalmente, el seudo-regionalismo, el andalucismo conscientemente descafeinado, el rojasmarquismo orteguista, o como le queramos llamar, lo ha embalsamado al más puro estilo soviético, como si del cuerpo de V.I.U. Lenin se tratara, condenándolo al museismo más aburrido.
De entre todo este batiburrillo, en mi opinión, la peor parte se la llevan estos últimos, puesto que además de hacer lo mismo que los españolistas, además, lo hace en el mismo nombre de Blas Infante. Lo han enterrado y encerrado a él mismo en un estrecho corsé inmovilista, folclórico, estereotipado, culturalista, en una faceta incluso pesada e intragable para su mismo pueblo; lo han convertido en lo que él nunca quiso ser: un estético cuadro academicista colgado de una pared para ser contemplado como cientos otros más.
A Blas Infante se le ha encuadrado por parte de las instituciones en un papel de pura anécdota, de hombre bonachón y simplón que murió por el simple hecho de darle a Andalucía unos símbolos, vacíos y pintorescos, que hoy vemos en los membretes de los sobres, en las puertas de algunos organismos oficiales, y en los colegios una vez al año (el 28-F además, ya podría ser el 4-D).
Blas Infante habló, vivió y reivindicó su en su época, pero no quiso quedarse ahí, sino que fue un auténtico estadista que ya hubieran querido para si vascos, corsos o irlandeses. De hecho, si hubiese nacido en otra parte del globo seguro que compartiría glorias y escenarios políticos con personajes como Malcolm X, Sandino, Eamon de Valera o Ho Chi Min, y creo no estar pasándome con lo que digo. Pero tuvo la mala suerte de nacer aquí, y como somos así de “universalistas”, tomamos la parte por el todo, donde dije digo, y la casa sin barrer, y nos entregamos de pleno a la Segunda Modernización chavista de la sacrosanta globalización.
Hay que saber leer entre líneas a don Blas: el cacique de hoy no lleva bigote y bastón, pero sí sigue explotando a sus semejantes por el mero lucro, por mucho que se disfrace con teorías posfordistas; el campesino de hoy no lleva sombreros de paja, pero sigue trabajando de sol a sol y absolutamente en precario, sigue donde estaba hace doscientos años, por muchas comodidades con las que el sistema intente distraer sus auténticas necesidades; el “Libre” de nuestro grito nacional no significa libre de cafeína o materia grasa, ni del destape de los años 70, ni de la “libertad” para “elegir” entre una marca u otra a la hora de consumir, sino que significa que los andaluces y andaluzas seamos libres como quería Blas Infante, libres de espíritu, libres para sumar las libertades individuales de y en cada ciudadano para crear así la auténtica Andalucía Libre a la que aspiraba, en un mundo igualmente libre e igualitario; los jornaleros de hoy no son los que dicen los “entendidos” en historia, sino que son los marginados, los sin-papeles, los sin-techo, los perseguidos por inclinarse mirando hacia el este, los frustrados ciegos con ojos que no ven más allá de su pantalla de televisión, los que ven sus vidas reventadas por el sistema con cárceles, drogas y adocenamiento, los que creen que la vida perfecta es la de las teleseries de sobremesa,... si Blas Infante viviera hoy, seguro que lo veríamos caminar por los suburbios de las ciudades andaluzas como si de su propia casa se tratara... ¿no sería entonces mejor seguir su ejemplo antes que escondernos y mirar para otro lado?.
Hay que conocer el pasado –el nuestro, no el que nos imponen desde el poder-, es cierto, pero no para inmovilizarlo con formol, sino para actuar en el presente modelando el futuro digno al que aspiramos. Esa es la gran enseñanza de Blas Infante.
J. Pedro Vergara
Recopilado de: http://www.musulmanesandaluces.org/
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