El puesto central que ocupa el Islam para la identidad andaluza no puede escapar a la atención de ningún observador, incluso superficial, de nuestra historia. Semejante a esta realidad presente a Andalucía es la de todos los pueblos y tierras que forman parte del histórico y actual Dar al-Islam. Temido, envidiado, combatido, denostado, el musulmán de cualquier parte del mundo, alimenta desde hace más de diez siglos leyendas y fantasías, motiva cantares y poemas, protagoniza relatos y novelas, estimula poderosamente los mecanismos de nuestra imaginación.
Por A. Medina Molera
En el caso de
Al-Andalus (
actual territorio de Andalucía más las tierras limítrofes con el Segura y Guadiana, hoy integradas en Murcia y Badajoz; ya que el, resto del territorio que algunos geógrafos denominaron también Al-Andalus, no fueron sino lugares fronterizos o de marcas), el elemento musulmán es aireado con categorías inquisitoriales y de colonización: sarracenos, moros, moriscos, mudéjares y agarenos.
Derechas e izquierdas, marxistas, facciosos, monárquicos y republicanos, todos contra la identidad colectiva y solidaria de Andalucía, del Islam y del histórico Al-Andalus.
Para cualquier andaluz, desde los primeros momentos de su existencia,
el Islam va a ser siempre el espejo en el que de algún modo nos vemos reflejados, la imagen exterior de nuestras calles y monumentos musulmanes que nos interrogan e inquietan. A menudo será la imagen romántica y atractiva de un ideal muy lejano. El fenómeno no es, obviamente, una exclusiva de los andaluces ni siquiera de los árabes. La construcción y el despertar del Islam es un fenómeno universal que varía según las coordenadas históricas, culturales y sociales de las comunidades donde toma cuerpo. El factor geográfico -vecindado o lejanía- desempeña lógicamente un papel primordial. En el caso del Magreb, Ifriquiya y Al-Andalus, la coincidencia de ciertos rasgos, normas, costumbres, suele transformarse entre vecinos en un contraste irreductible de esencias y sentido histórico.
Es evidente y necesario al menos un cierto consenso de vecindad en torno a un elemento común, el más fuerte, el más definitivo: el Islam.
Son consabidos los clichés occidentales sobre la esencia y el ser del Islam.
Los ejemplos más elocuentes de dicha persecución intencionada los encontramos en Europa, y en gran número y significación entre los españoles, invasores y dominadores de nuestra tierra de Al-Andalus. Si vamos a decir la verdad, son muchos los autores españoles que no nos dispensan de ninguno de los tópicos y clichés ya mencionados, desde las ineludibles referencias al despotismo de califas y emires y la fanática terquedad de los llamados «moros», a su mención continuada de la horda fiera que, «como un diluvio, anegó a España» doce siglos atrás. Los insultos y manifestaciones acuñadas por los cronistas y narradores reaparecen a lo largo de los cuadros históricos y relaciones militares de forma sistemática y monótona. Para uno de estos autores españolistas, llamado Alarcón, la civilización musulmana está de forma «estacionaria, quieta, indiferente a todo progreso, sumida en un sueño letal de un indolente sensualismo», está condenada a desaparecer: «la morisma duerme su muerte histórica».
Todos estos argumentos y el enfrentamiento continuado para encendidas proclamas y evocaciones históricas sobre el ininterrumpido duelo mantenido en la Península Ibérica contra el Islam y los andaluces. El Estado Español se proclama a sí mismo como «eterna vanguardia del cristianismo», vuelve de nuevo a la brecha contra Al-Andalus, manteniendo una visión de África absolutamente colonizadora y de cruzada.
Sin pretenderlo los españolistas, entroncan con la definición que Hegel aporta de África en su obra La Razón de la Historia: «África guarda en su corazón los caracteres del misterio»... Su «monstruosa constitución», las «envenenadas márgenes de sus lagos» hacen de ella una «tierra feroz que se presenta tapada por cerradas malezas como una bestia velluda» y donde «la raza humana se afea y embrutece hasta el extremo de que los irracionales la superen en inteligencia y hermosura... teniendo en una mano el cuerno de la abundancia, como recordando su feraz y opulenta civilización, y un escorpión en la otra, para significar que en ella todos los dones de la naturaleza, lejos de producir la vida, dan la muerte, y que su aire, su tierra, su agua, su sol, y sus habitantes, todo es nocivo, espantable y ponzoñoso». La fe ciega que manifiesta Hegel en la idea de progreso que tiene Occidente -producción, consumo, desarrollismo, etc- le hace confiar que este concepto de la economía despertará al «moro» de su «mortal letargo» e introducirá las claves de la civilización occidental en la «tenebrosa mente de los africanos», coincidiendo, si no con sus motivos al menos en sus efectos, con la visión de su contemporáneo Carlos Marx.
Todos los europeos que de forma literaria han abordado el mundo islámico o de los árabes -independientemente de la simpatía personal de algunos de los autores con el mismo-, su carácter ajeno, extraño e irreductible, de simple objeto creado por y para la mirada del hombre occidental o, como manifiesta Said, «lo incorpora esquemáticamente a un escenario teatral, cuya asistencia, director y actores son para Europa y sólo para Europa». Islam, África y Oriente son de esta forma un mero pretexto en la pluma del escritor, como bien afirma Juan Goytisolo, llámese Lope de Vega, Shakespeare, Cervantes, Beckford, Byron, Espronceda, Víctor Hugo, Lamartine, Gau¬tier, Flaubert. Nerval, Loti, Lawrence, Gide o Duvert, para exclusivamente dar satisfacción a su particular proyecto creativo, ilustra sus obsesiones, inventar tramas, desarrollar tópicos y forjar fantasías. En ningún caso, estas diferentes reflexiones o descubrimientos actúan en función y provecho de un conocimiento del Islam, sus pueblos y sus tierras. Lo que cuenta para el occidental, digámoslo con toda crudeza, es el puro egoísmo del escritor y su efecto entre el público europeo, en cuanto refuerza los clichés y prejuicios que éste observa respecto al Islam.
La antinomia tradicional Europa-Islam mantiene su naturaleza irreductible, al igual que la antinomia tradicional Estado Español Andalucía o Al-Andalus, con una profunda guerra fría e interna.
De la obra ingente que los occidentales han gastado a nivel literario sobre el Islam, Oriente Próximo y el Norte de África, emerge una visión del mundo musulmán que implica siempre apreciaciones negativas: barbarie, excentricidad, indiferencia, despotismo, crueldad, hábito de mentir, etc... Justos y casi idénticos son el conjunto de tópicos que de igual forma refieren para Al-Andalus. Entre estos rasgos distintivos, los fantasmas o imágenes sexuales desempeñan constantemente un papel primordial. Por un lado, las fantasías del occidental están pobladas de harenes, esclavas, mancebos, princesas, velos, danzas eróticas, sexualidad desbordante, es decir, un gran conjunto de elementos muy sugestivos y exóticos con la promesa de dicha sexual; en realidad, es una mera transposición que hace el occidental, respecto a los musulmanes, de un supuesto «libertinaje» rígidamente contenido por la dogmática y represiva ideología de la cristiandad y la sociedad burguesa.
La manifiesta actitud presente en los argumentos racistas empleados por importantes autores de Occidente, merece que se le dedique unas líneas. Hegel observa respecto a los africanos que «el poder del espíritu es tan débil en ellos que cualquier estímulo exterior les precipita a la barbarie y al crimen». Para Hegel, como para su antecesor Montesquieu, el africano «se ha detenido en el período de la conciencia sensible; de ahí, su imposibilidad absoluta de evolucionar... Su condición no admite ningún desarrollo, ninguna educación..., no hay nada en su carácter que concuerde con lo humano».
Dicha argumentación racista, que utilizan los europeos de forma más o menos explícita a lo largo de los escritos de sus numerosos orientalistas, insiste en los tópicos sobre la inercia, letargo, fatalismo y atraso de los pueblos islámicos. «El modelo económico occidental está en los antípodas del modelo económico del Islam. Para el occidental, la producción y el consumo son fines en sí mismos: producir y consumir cada vez más, cada vez más aprisa, cualquier cosa útil, inútil, dañina o incluso mortal, sin tener en cuenta el sentido de la humanidad. Por el contrario, la economía islámica, en su principio de Shariah, no se dirige al crecimiento, sino a la armonía. No puede identificarse con el capitalismo de ningún tipo, ni con el colectivismo soviético y parecidos.
Su característica fundamental es la de ser una economía orientada al desarrollo del hombre, de la armonía social, sin obedecer a los ciegos mecanismos de una economía que lleva sus fines en sí misma; la economía en el Islam forma parte de un todo trascendente, «a Al'lah pertenece lo que hay en los cielos y en la tierra» (Corán. 11, 284).
Partiendo del ejemplo de
la comunidad de Medina, instituida por el Profeta con auténtico sentido de modelo social, vemos cómo la concepción de la propiedad que desarrollan los musulmanes gracias a una aplicación imaginativa y creadora de la Shariah, nos conduce concretamente a las antípodas de la concepción europea y de cristiandad. En el derecho romano, sobre el cual se inspiran casi todas las legislaciones occidentales, la propiedad es el «derecho al uso y el abuso» (jus utendi et abutendi). Esta orientación constituye parte esencial del código napoleónico y de todo el sistema económico burgués. Confiere al propietario un verdadero derecho e impunidad para incluso poder destruir lo que sea de su «propiedad», incluso si al hacerlo esta privando a la sociedad de bienes indispensables. La empresa moderna es una proclamación de este derecho sobre la propiedad, pudiendo sus propietarios interrumpir la actividad de la empresa, enajenarla o despedir a los trabajadores por puro capricho sin más, no teniendo apenas repercusiones legales.
Está claro que la concepción islámica es completamente contraria a este sistema. Al estar relativizada por la integralidad y unidad profunda
del Din de Islam, la propiedad no es un derecho de la persona, ni tampoco de algún grupo o del Estado, sino que cumple una función social. Cualquiera que sea el tipo de propiedad, individual, colectiva o incluso estatal, hay que rendir cuenta de ella a la comunidad; el propietario no es más que su responsable y gerente. Es significativo que el Corán no deja de maldecir: «al que ha reunido una fortuna y la recuenta» (CIV, 1); «a quien es avaro y despreocupado» (XCI1,5); a quien «haya reunido y capitalizado riqueza» (LXX, 17) y «ama la riqueza con amor inmenso» (LXXXIX, 18).
Sin embargo, el Islam reconoce el derecho a la propiedad individual adquirida mediante el trabajo, la herencia o la donación. Pero el trabajo representa un papel primordial. Un hadit del Profeta precisa: «Al'lah dice que no pude ser dueño de la tierra más que aquel que la trabaja». Charles Gide en su Traité d'économie politique (t. II, p. 231) subraya que «la legislación musulmana no admite la propiedad individual más que sobre tierras que hayan sido efectivamente objeto de trabajo».
Siglo y medio después de Hegel y cien años después del doctor Moebius, el despertar y un paulatino crecimiento económico, político y cultural de los pueblos islámicos, está provocando el empleo de los tópicos más manidos que, de forma insidiosa y sutil, han organizado los europeos y occidentales en general. La prensa occidental y españolista recurre de nuevo al símil fatídico de la «marea negra musulmana». La universalidad hegeliana, portadora del imperialismo y la explotación más cruel, se contrapone así al Islam como lectura del sentido armonioso del hombre, cuyos pueblos yacen en situación marginal.
La economía islámica no es compatible con ninguna concepción capitalista, bien sea liberal o monopolista. La economía islámica no es nunca neutral respecto a las fuerzas en litigio. El mercado se acepta, tiene que satisfacer las necesidades reales, y su funcionamiento ha de respetar las normas del Islam. Ello implica un reparto equitativo de los beneficios y un rechazo total de los monopolios, que impiden que los precios puedan reflejar los costos reales. Así pues, el mercado está, en una sociedad islámica, subordinado en sus fines y medios a un gobierno que orienta hacia un objetivo integral y unitario el mercado y la sociedad dentro de la que funcionan. No se trata, pues, de controlar sólo la regularidad de las transacciones; en la sociedad musulmana lo más importante son los fines. Al'lah es el único propietario, es el único legislador. Este es el principio básico del Islam en su experiencia de la unidad (tawhid).
La comunidad islámica no se basa en una «declaración de derechos humanos», sino en el conocimiento y en la revelación de los deberes de todos. Digamos claramente que es necesario que los musulmanes hoy en día hagamos una lectura actualizada de los principios básicos y las formas del tawhid. Las disputas entre sectas y escuelas deben pertenecer al pasado, y como bien señala Roger Garaudy, cada vez que se ha proclamado la «abolición del ijtihad», es decir, que se ha denunciado por impía cualquier tentativa de interpretación (ijtihad), se ha asistido a un estancamiento e incluso a una regresión de la cultura y la política islámica. El integrismo esteriliza el pensamiento y la acción de los musulmanes. El integrismo, consistente en confundir el Din del Islam con una cultura o con la forma que pudo tomar en tal o cual momento de su historia y en prohibirle sobrevivir, o sea, continuar creando, es nefasto para nuestra civilización como musulmanes. Por el contrario, cuando la comunidad islámica sirve a las metas históricas unidas a través el tawhid, la doble trascendencia de la comunidad de musulmanes con respecto al hombre y de Allah respecto a la comunidad, no establece jerarquía ni una opresión del hombre por el hombre. Son pueblos en soberanía,conocimiento, prosperidad y libertad; son sociedades donde se ha establecido plenamente el Din. La igualdad, lo mismo que la libertad, tiene un sentido profundo y una expresión clara en la sociedad islámica. No son atributos del individuo aislado, sino expresión y consecuencia del nexo entre cada cual, del nexo comunitario en integral unidad con el sentido completo de la vida establecida por la Shariah; de esta presencia de la unidad, surge una distancia infinita respecto a las instituciones y a toda pretensión humana de dominación.
Entre tanto, Occidente se entrega, salvo raras excepciones honrosas, al juego de los estereotipos, clichés y generalizaciones caracterizadoras del Islam y los musulmanes. Inútil decir que dichos clichés son invariablemente negativos y a menudo insultantes, y que nos afectan a todos los pueblos y tierras que hemos sido y somos parte integrantes del
Dar al-Islam: los musulmanes no somos vistos jamás en cuanto seres humanos, sino integrados en un capítulo de enemigos carentes de dignidad y formando una especie de masa informe entre musulmanes, andaluces, árabes, orientales en general. Si las circunstancias de los países experimentan una revolución profunda que les hubiera sacudido de su letargo histórico, las simplificaciones habrían sido naturalmente del tipo de las que hoy escuchamos sobre los iraníes y palestinos: fanatismo, crueldad, terror, masas vociferantes y un largo etcétera. Como es evidente, tales clichés y generalidades carecen de toda validez objetiva. De lo que no nos informan las fuentes y los medios de comunicación de Occidente, es de los prejuicios etnocéntricos y a veces abiertamente racistas de quienes los sustentan. Todos sabemos que la ideología dominante del colonialismo occidental, en su lucha por esclavizar y explotar a los pueblos sometidos a la colonización, es el racismo. Durante la lucha colonial el racismo es el arma más valiosa del invasor contra el pueblo colonizado. Los andaluces sabemos que el racismo, llevado incluso al nivel de las costumbres, ha provocado cientos de miles de crímenes en el largo y penoso genocidio de Al-Andalus. A través del imperialismo de la triple «M», de los misioneros, mercaderes y militares, se inculca la mentalidad de esclavitud, separando el racismo a los trabajadores y explotados de los países metropolitanos de los de las colonias. Hoy podemos decir que estos trabajadores de las metrópolis colonizadoras participan junto a su burguesía dominante o al Estado de la ideología del poder, actuando como auténticos nazis respecto a los pueblos sometidos a la dependencia. Como señala Hosea Jaffe, hoy la transferencia es ya tan grande que, de hecho, la clase obrera occidental ya no produce plusvalía, sino que participa de una plusvalía producida por otros. Al ser esto así, valdría la comparación que él mismo establece, una comparación muy evidente: que la clase obrera occidental se encuentra ya en la posición de la plebe romana frente a los esclavos productivos.
El colonialismo occidental y de cristiandad es único desde el punto de vista del racismo; hasta que no hace su aparición, salvo insignificantes y episódicas
excepciones, dejando aparte, claro está, el Imperio Romano, el concepto de la raza era desconocido para los hombres y los pueblos, y hasta las cruzadas contra los pueblos musulmanes, especialmente contra Al-Andalus, nunca se usó la palabra «raza».
Los viajeros occidentales, y especialmente los literatos, llegan a Occidente Próximo y al Mogreb con las ideas ya asentadas, sabiendo de antemano lo que van a ver, llegan cargados de tópicos y saben ya previamente que opinarán. Además, para orientarles y evitar los posibles errores y fallos de la visión personal, llegan repletos de guías turísticas que supondrán la pauta para estos escritores. Como ejemplo notable y significativo puede servir el de Carlos Marx que, cuando visita Argelia en los últimos años de su vida y refiere a Engels y a sus hijas Jenny y Laura la panorámica de Argel, la fisonomía de sus habitantes o la vegetación del jardín d'Essay, sus cartas reproducen línea por línea pasajes enteros del Itinéraire de l'Algérie de una olvidada precursora de la Guide bleu: la Guide-Joanne. Este reciente y curioso descubrimiento, recogido por Pierre Enckell y que Juan Goytisolo destaca en su libro Crónicas Sarracinas, refleja cómo todo un Marx supeditó la visión propia de aquella realidad, por pereza o falta de simpatía, a la «autoridad occidental de un texto canonizado».
Es claro que ninguno de los grandes pensadores ni revolucionarios del pasado siglo y principios de éste, escapan del todo al etnocentrismo indoeuropeo. El desconocimiento por parte de Marx de las realidades históricas, económicas y culturales del mundo «no europeo», su falta incluso de contacto directo con el mismo, ha sido sustituido por una información y perfección puramente libresca, lo cual ayuda a trastocar los criterios de la reflexión marxista respecto al mundo de Dar al-Islam. Marx lleva también arraigada la tendencia occidental judeo-cristiana a proyectar su comportamiento y valores sobre los otros grupos culturales, y a interpretar estos de acuerdo con normas y coordenadas indoeuropeas.
Hasta la creación de la Komintern, el movimiento marxista apenas si se interesa por la situación y problemática del que hoy se ha dado en llamar «Tercer Mundo». La situación marginal a que es condenado cualquier ámbito cultural distinto del europeo, les obliga a integrase en una dinámica «civilizadora», a través de una sangrienta y despiadada fase imperialista de explotación.
Una vez europeizados y víctimas del despojo rapaz y depredador de Occidente, los pueblos de Dar al-Islam podrían participar, siempre de una forma subordinada, a las conveniencias de una estrategia de los bloques occidentales, y siempre de forma dependiente. La primera reacción contra dicha corriente etnocéntrica provino del sultán Galiev. Este gran hombre rechazó la supeditación de su pueblo al gobierno soviético así como el papel dirigente, teñido de parternalismo, que Moscú aspiraba a ejercer por medio de la Internacional. Escribe Juan Goytisolo que el Sultán Galiev advirtió lúcidamente, que las revoluciones socialistas de Europa no resolvían de ninguna forma el problema de la desigualdad de los pueblos. El único remedio contra ella consistía en asegurar la independencia de los pueblos y países sometidos por el opresor europeo. Aunque el líder tártaro fue condenado por «desviación nacionalista» y pereció en los campos de Stalin, sus ideas influyeron más tarde en la génesis de la creación del movimiento de «los no alineados», opuesto a la tutela y la rivalidad de las superpotencias.
Por triste y lamentable que sea, debemos admitir que la inmensa mayoría dé los europeos siguen contemplando al mundo islámico con un complejo profundo de etnocentrismo, reaccionando de una manera escandalizada y atónita ante fenómenos como el iraní, que escapa a sus conceptos y coordenadas. Pero incluso lo más grave es la defensa que la prensa comunista de Europa hace de la invasión soviética de Afganistán, afirmando que es necesaria para «preservar las conquistas del socialismo», olvidando el hecho sagrado de que ninguna doctrina ni ideología, por excelentes que sean, pueden propagarse a través de ocupaciones armadas, despreciando el sentimiento nacional o la identidad que nos imprime el Din del Islam; todo ello es un genocidio nuevamente provocado por los occidentales.
El actual resurgir del Islam está siendo acompañado de ciertas tendencias políticas, tal vez cuestionables, pero denunciadas demasiado precipitadamente por el imperialismo, siempre pronto a no dar cuartel y a condenar en conjunto para conservar su posición dominante amenazada. El proyecto económico y expansivo sobre el que vive el mundo occidental, y que se traduce en una ética y mentalidad imperialista, parece próximo a fenecer, y en su desaparición los musulmanes hemos de jugar un papel definitivo. Occidente no puede proseguir una política expansionista y de crecimiento en una tierra de recursos limitados. La cultura occidental, que ha creado la sociedad de consumo, el culto al crecimiento y en definitiva la civilización del aparato digestivo, no tiene salida. Está creando un mundo inhabitable, ahora ya explosivo y al que todos tenemos que rescatar de esta grave crisis. Roger Garaudy escribe en su Appel aux vivants: «Las palabras reflejan la desintegración de esta cultura; a partir de ahora se llama a la paz «equilibrio del terror», a la traición a los pueblos se le denomina «seguridad nacional», a la violencia institucionalizada «orden», a la competencia selvática «liberalismo» y al conjunto de tales regresiones «progreso».
El pueblo andaluz, y todos los países y pueblos de Dar al-Islam, debemos tener pleno conocimiento de que nuestras carencias culturales son más nocivas para nosotros que incluso las dramáticas carencias alimenticias. La cultura de los pueblos islámicos fue envilecida por el colonialismo, y tenemos que deshacernos del mimetismo cultural, de las calcomanías de los modelos extranjeros. Ello significa el fin de la dominación por el occidental, y la reivindicación de una identidad nacional propia y de la pertenencia a determinada área de civilización. Debemos romper la universalización bajo la férula de las multinacionales y de las economías dominantes de Occidente.
El apego a nuestra propia cultura islámica es condición indispensable para nuestro internacionalismo cultural. Nosotros, los andaluces, entendemos que para abrirse a una civilización universal hay que poseer primero una cultura nacional, que para poder dar hospitalidad a los demás, primero hemos de construir y disfrutar de una casa. Debemos romper cualquier lazo o espejo cultural con el Occidente judeo-cristiano, ya que éste, desde una perspectiva de milenios, aparece como el mayor criminal de la historia.
No podemos llegar a una armonía mundial sin un nuevo orden de cultura, imaginativo, cotidiano y fundamental a partir del desarrollo equilibrado de la energía humana. Este nuevo orden cultural es el paso de la hegemonía occidental al respeto de los pueblos, a la valoración de las diferencias culturales y a una ecológica redefinición del proyecto humano. Es necesaria la construcción de una sociedad profética, basada en la experiencia compartida y en la mutua confianza de todos los musulmanes, cada uno con sus pueblos y tierras, de acuerdo con las necesidades que hoy tenemos los hombres y las mujeres, en el desarrollo imaginativo y unitario del conocimiento para la conquista de la felicidad. El Islam descarta cualquier fórmula absolutista que sacralice el poder, también cualquier democracia de tipo occidental, es decir, individualista, desarrollista, estadística, delegada y alienada. Pues la libertad no es negación ni soledad, sino armonización del Imán.No debemos pretender tampoco idealizar las realizaciones históricas de las sociedades islámicas; incluso pensamos que cualquier intento por deducir de los textos inspirados una legislación válida para todas las épocas y todos los pueblos con un sentido de literalidad, es fruto de un integrismo nocivo; lo mismo entendemos que ocurre con las discusiones banales entre las diferentes escuelas jurídicas. ¿Acaso no está escrito en el Corán?: «cada comunidad tendrá su Enviado» (X, 48), y precisa más aún: «cada Enviado hablará el lenguaje de su pueblo para poder dejar claro el mensaje» (XIV, 64).
El Islam no puede ser inmovilizado en la historia pasada, debe, por el contrario, resolver los problemas de nuestro tiempo en el espíritu de la comunidad profética de Medina. Jaurés afirma que permanecer fiel es transmitir no las cenizas del hogar de nuestros antepasados, sino su alma, el propio hogar. El segundo rasgo del Islam, que debemos observar con fidelidad todos los musulmanes, es el aperturismo y la tolerancia. Los musulmanes tenemos la grave responsabilidad de aplicar la ciencia profética en cada país y en cada época, de forma que responda al progreso y armonía de ese país y época. Es totalmente absurdo deducir directamente del Corán y de la Sunna las leyes de una política universal e intemporal.
A partir de la realidad y la experiencia del Din de Islam, confiamos los musulmanes y musulmanas de Andalucía que, con la ayuda de Allah, nuestra comunidad, basada en el Imán de cada uno de sus miembros, responda en conjunto a su historia y su proyecto de liberación, transformando nuestro país y nuestros corazones: «Allah no altera lo que hay en las gentes hasta que éstas alteran lo que hay en sus interiores» (Corán XIII, 1 1).Tags: Al-Andalus, andalusíes, Islam, Andalucía