viernes, 30 de noviembre de 2007
Martín F. Ríos Saloma. (Primera Parte)Departamento de Historia Medieval.
Universidad Complutense de Madrid
.



1. INTRODUCCIÓN

El presente trabajo tiene como objetivo establecer el momento preciso en que la historiografía española comenzó a utilizar el término Reconquista para referirse al programa ideológico sobre el que se sustentó el movimiento expansivo de las distintas monarquías hispano-cristianas sobre las tierras de al-Andalus, abandonando el término Restauración empleado desde la Edad Media. Al mismo tiempo, pretende analizar el proceso historiográfico que generó dicho cambio y determinar el o los distintos significados que el término Reconquista adquirió durante su acuñación.

Más allá de establecer un dato concreto, queremos contribuir a aclarar los significados de un término que ha generado no pocos debates y que ha influido de forma directa en la interpretación global de la historia medieval hispánica al convertirse en una categoría conceptual sumamente ambigua.

Sólo en una amplia perspectiva historiográfica es posible comprender los significados profundos que encierra la mutación de términos a la que nos referimos, por lo que remontamos nuestro estudio a la Crónica general de España, escrita por Ambrosio de Morales en la segunda mitad del siglo XVII, y lo culminamos con la Historia general de España, de Modesto Lafuente, publicada en 1850. Nuestro análisis está centrado en la interpretación que los distintos autores estudiados hicieron de la invasión musulmana y el inicio de la resistencia cristiana en la batalla de Covadonga. Este enfoque se justifica porque ambos acontecimientos fueron concebidos como el principio y el final de un proceso histórico unitario al que se denominó, siguiendo a los autores medievales, como la "Pérdida y Restauración de España". Según esta interpretación "que imperó hasta bien entrado el siglo XX, al menos en la historiografía dirigida al gran público", tanto la lascivia e impiedad de Witiza y Rodrigo, como la traición del conde Julián y el obispo Oppas, se contraponían con la santidad, la religiosidad, el heroísmo y la lealtad de Pelayo hacia la fe cristiana y hacia su pueblo, al tiempo que la derrota de Guadalete y la victoria de Covadonga se consideraban como los puntos de enlace de una misma historia de destrucción y restauración en la que la segunda no podía ni ser ni comprenderse sin la primera.

No pretendemos realizar un estudio de la evolución de la historiografía hispana [2], sino analizar la forma en que unos acontecimientos históricos fueron reinterpretados a lo largo de los siglos y cómo, lo que en principio se concibió como el inicio de la restauración del reino visigodo, fue convertido por la historiografía en una empresa de carácter nacional gracias a la cual se legitimó la institución monárquica y sobre la que se construyó la identidad nacional española [3].


2.LOS MODERNOS ORÍGENES DE UN ANTIGUO MITO: LA "PERDIDA Y RESTAURACIÓN DE ESPAÑA" EN LA HISTORIOGRAFÍA DEL SIGLO XVI


La caída del reino visigodo y el inicio de la Restauración en la batalla de Covadonga fue un tema recurrente en la historiografía de la época moderna. La mayoría de las veces se estudió en el contexto de las historia generales de España que desde mediados del siglo XVI ocuparon las noches de distintos cronistas e historiadores como Florián de Ocampo, Ambrosio de Morales y Juan de Mariana [4]. Sin embargo, dichos acontecimientos fueron especialmente resaltados por ser importantes claves explicativas del proceso histórico español y porque daban inicio a una época histórica crucial: la época de la Restauración, que no culminaría sino con la expulsión total de los musulmanes en 1492 [5].

Las novedades informativas que ofrecieron los autores de la segunda mitad del siglo XVI fueron mas bien pocas, pues se limitaron a repetir lo dicho por las fuen tes medievales. Quizá el que realizó mayores aportaciones al relato que nos ocupa, así como a la historiografía hispánica, fue Ambrosio de Morales, quien con erudita e informada pluma hizo una reelaboración y puesta al día de los elementos que conformaban el mito de la pérdida y restauración de España. Sobre esta versión girarían los trabajos de autores posteriores, o bien para completarla y ensancharla, como en el caso de Mariana, o bien para criticarla y purificarla, caso del Marqués de Mondéjar [6] o de Francisco Masdeu (7), dando por resultado una de las más eruditas e interesantes polémicas de la historiografía española.

Según la interpretación histórica imperante en el siglo XVI, los reinados de los últimos reyes visigodos "Witiza y Rodrigo" fueron el epílogo de un glorioso reinado que había comenzado con la derrota del Imperio romano y en el cual se había implantado el cristianismo en España. La explicación de la caída del reino visigodo estuvo marcada por unos rasgos providencialistas y agustinianos que no hicieron sino reproducir el modelo creado por Jiménez de Rada en cuanto que los pecados de los visigodos fueron la causa primera de su destrucción y ruina. Así, el triunfo de los invasores musulmanes, los invasores de España por antonomasia, no era mérito suyo, sino que fue fomentado tiempo atrás por los propios visigodos pues, según Morales, "...los Godos por Godos habían de ser vencidos, sin que otra nación sola pudiese prevalecer contra ellos" [8].

El relato de la pérdida de España que se recreó y refundió en el siglo XVI está constituido por tres partes [9]. La primera narra las malas acciones emprendidas por Witiza: la persecución de nobles visigodos "entre los que se encontraba Pelayo", la práctica del concubinato "de donde se desprende que para los autores que estudiamos, todos religiosos, la lascivia era la fuente de todos los males (debilidad del cuerpo, mácula del alma)", el trato preferencial dado a los judíos, la destrucción de murallas y fortalezas del reino y la fundición de las armas y su transformación en instrumentos de labranza, acciones a las que se sumaba un incumplimiento de los deberes sacerdotales por parte de la jerarquía católica y la desobediencia a la Santa Sede.

La segunda comprende el reinado de Rodrigo; en ella se cuentan los pecados del último rey visigodo, "la venganza contra Witiza y sus hijos, la violación de la hija del conde Julián y la apertura del castillo encantado de Toledo para apoderarse de los ricos tesoros" y la traición de dicho conde, quien llamó a los musulmanes para vengarse del agravio recibido.

La tercera consiste en la invasión musulmana y la conquista del reino visigodo; en ella se da cuenta de las negociaciones del bando de Witiza y Julián con Muza, de la ambición musulmana por las feraces y ricas tierras de la península, del desembarco de Tariq en Gibraltar, de la derrota visigoda en la batalla de Guadalete "recreada siempre con tintes dramáticos (arengas, descripción de los ejércitos, etc.) [10]" y de la traición del partido witizano, de la conquista de Toledo "símbolo tangible de la caída del reino visigodo", del desembarco de Muza con tropas de refuerzo y su entrevista con Tariq en Toledo, del viaje de ambos a oriente para rendir cuentas al califa y del matrimonio de Egilona "viuda de Rodrigo" con Abdalazis "hijo de Muza y regente en ausencia de su padre", símbolo de la derrota y la humillación total de los godos.

Así pues, para los autores del siglo XVI, la destrucción de un ejército hasta entonces invencible y otrora vencedor de romanos podía explicarse, comprenderse y justificarse a partir de varios argumentos: los designios de la providencia, contra los cuales el hombre no podía hacer nada; el descargo de la ira divina por los pecados cometidos por los godos; la debilidad moral y física del pueblo visigodo generada por la lascivia y los deleites; la falta de buenas defensas; la traición y las divisiones internas generadas por la lucha por el poder y, por último, las sequías, el hambre y la peste que habían asolado a España dos años antes de la invasión. Dicho de otra forma, las causas que provocaron el fin del reino visigodo fueron "según el relato tradicional" de orden religioso, moral, político, social y climatológico, pero siempre generadas desde dentro.

Si bien la pérdida del reino visigodo era un hecho lamentable, los cronistas pusieron especial interés en dejar claro que el dominio musulmán era sólo un castigo temporal y que una vez que los pecados de los últimos visigodos hubiesen sido expiados y purificados por las armas en una guerra de ochocientos años, Dios permitiría que se restaurase la libertad y la gloria del pueblo godo [11]. En este sentido, un episodio de la conquista musulmana que mereció especial atención de los historiadores, y sobre el cual es necesario apuntar algunas informaciones, fue la conquista de la capital del reino, pues de ello se desprendía la legitimidad del movimiento de Pelayo.

Los diversos autores, y en particular Morales, señalan que la noticia de las desgracias acontecidas en Guadalete llegó rápidamente a la capital, de tal suerte ...que los de Toledo y otras muchas partes se pasaron a lo postrero de España en las Asturias y otras sierras por allí vecinas, donde la aspereza de las montañas y lo fragoso de toda la tierra les prometía alguna seguridad [12]. Uno de los primeros en huir fue Urbano "arzobispo legítimo de Toledo" quien, acompañado de Pelayo, llevó consigo diversas reliquias y los libros más preciados que poseía la catedral "la Biblia, los textos de los oficios eclesiásticos y las obras de Isidoro, Ildefonso y Juliano [13]" para evitar que fueran profanados por los infieles.

Al lector no escapará la significación profunda que encierra este traslado en el relato de la Restauración: es a partir de estas reliquias, libros jurídicos y obras religiosas que se puede restaurar el cristianismo y la monarquía visigoda en tiempos de Pelayo y sus sucesores, pues de otra forma se habrían perdido para siempre. Por otra parte, Morales afirma que Urbano sólo trasladó las reliquias que había en Toledo por lo que ...así quedaron acá hartos cuerpos de santos, algunos escondidos y otros manifiestos[...]

Como los moros les dejaban a los cristianos su religión y sus Iglesias, por la necesidad que tenían de ellos, para la población de la tierra y su labranza y tributos; así les dejaron también sus reliquias, como cosa en que a ellos no les iba [14].

No es pues gratuito el hecho de que muchas reliquias de santos o imágenes sagradas reaparecieran de forma milagrosa en las tierras conquistadas por los cristianos en los siglos subsecuentes, ya que ello formaba parte de todo un sistema de pensamiento en el que la conquista de una ciudad era seguida de forma inmediata por la restauración de la religión cristiana. Sobre lo acontecido con el resto de los habitantes de Toledo, los autores presentan tres versiones: según Jiménez de Rada, encontraron la ciudad despoblada porque sus habitantes se habían refugiado en Asturias y sólo permanecían los judíos. Según Lucas de Tuy, los cristianos se habían fortalecido y defendían la ciudad, pero como era Semana Santa, en un momento determinado salieron en procesión a una iglesia extramuros; en ese instante los judíos avisaron a los musulmanes y les abrieron las puertas de la ciudad, de tal suerte que juntos, judíos y musulmanes, persiguieron a los cristianos. Por su parte, el Moro Rasis, apuntaba que los árabes expulsaron a los cristianos a Medina Coelli después de haberse apropiado de los grandes tesoros que custodiaba la ciudad.

La diferencia entre las versiones tenía una importancia significativa, pues de su desarrollo dependía la coherencia de los hechos posteriores. Si, como quería Jiménez de Rada, todos los cristianos habían huido a Asturias, se legitimaba la versión tradicional y se legitimaba al mismo tiempo el sentimiento de recuperar la ciudad y el reino perdidos. Sin embargo, no habría forma de explicar la presencia de cristianos en Toledo cuando Alfonso VI conquistó la ciudad ni de explicar la actitud cobarde de la nobleza goda de la cual, según la tradición, eran descendientes los nobles hispanos, comenzando por el rey. Si se seguía la versión de Lucas de Tuy, resultaba que los cristianos nunca habían dejado Toledo y, por lo tanto, sólo algunas personas habrían seguido al supuesto obispo Urbano. Más veracidad podría tener la crónica del Moro Rasis, pero eso desvirtuaba el hecho de que los visigodos hubieran ido a refugiarse a Asturias, de tal suerte que los que emprendieron la restauración no eran descendientes de los godos.Tocó a Ambrosio de Morales hacer un soberbio esfuerzo de síntesis y ofrecer una explicación coherente en la que puso de manifiesto la importancia simbólica y real de la ciudad del Tajo:Creo yo, lo que nadie que bien considerare podrá dudar, "apunta" que aunque sea verdad, que muchos de los christianos de Toledo hubiesen huido, como el arzobispo escribe: todavía se puede tener por cierto quedaron muchos más en la ciudad. Esto es cosa clara por las iglesias que los Moros dexaron a los christianos con su Dignidades, Sacerdotes y grande uso y libertad en su Religión[...] pues siendo los christianos tantos, y teniendo tal fuerza natural como la de Toledo, tal fortificación artificial como la de sus muros, tales personas como las que eran las que en aquella ciudad moraban, siendo la cabeza del Imperio Gótico, y la silla y asiento de su reino y corte, no es creíble que no se pusieron en defensa, y resistieron algunos días, por lo menos hasta alcanzar los buenos partidos y condiciones con que sabemos quedaron allí los christianos ... [15].

Una cuestión que preocupó Mucho a Morales y a Mariana fue la situación de los cristianos tras la invasión. Morales asegura que quedaron muchos cristianos en la España musulmana porque "...los moros no eran bastantes para poblarla, y el labrarse la tierra les era necesario para tener mantenimiento y tributos..." y enseguida compara las circunstancias de los que vivían en Asturias -territorio libre- con los que vivían en al-Andalus:Mas la manera de pasar los christianos, fue diferentes en diversas partes, y todo el estado de la tierra fue muy trocado de muchas maneras. Los que se habían acogido a las Asturias, con el Infante Pelayo y el Arzobispo Urbano, nunca perdieron su libertad y ellos eligieron presto entre si al Infante por Rey que los gobernase, y en religión y en gobierno, y aprovechamiento de la tierra, y su labor y granjería, hacían a su voluntad como antes de la destrucción solían. Que aunque los moros tenían allí a Gijón, como hemos dicho, por ser tan gran fuerza, contentos con esto, no se curaron de conquistar la tierra. Lo mismo era en lo de Galicia que no tomaron los moros, y en las otras partes donde no fueron señores. En todo esto teniendo gran cuidado de la religión, y conservando en buena manera la forma que había tenido la iglesia de España, tuvieron sus obispos de las ciudades perdidas que habían escapado, y acogiéndose a las tierras de los christianos[...] Los sujetos a los moros estaban más o menos oprimidos, según habían hecho sus partidos o asientos con ellos, o según tenían buenos superiores que se los guardasen, o malos que con quebrantárselos los afligiesen.

Los seglares labraban la tierra y pagaban su tributo, sirviendo también en lo que se les mandaba, como gente tan sujeta y medio esclava. Gente principal no debió quedar mucha, porque de estos se recelarían más los moros que de otros para los levantamientos [16].

Es interesante resaltar el juego de contrastes que utiliza el cronista de Felipe II para describir la situación en España tras la conquista musulmana. En principio no hay diferencia religiosa porque tanto los que viven en tierras musulmanas como los que viven en Asturias, con más o menos penurias, pueden conservar y proseguir con su culto, instituciones y sacerdotes. Así pues, lo verdaderamente fundamental es la condición que adquieren los cristianos. Los de Asturias eran libres y habían elegido rey, continuando la monarquía tras la destrucción; los que estaban sometidos a los musulmanes, oprimidos y sujetos, eran "medio esclavos". La diferencia, pues, no estaba en la religión, que no pudo ser destruida, sino en la condición de libertad que tenían los de Asturias y los demás territorios. Por lo tanto la lucha contra los moros no era una lucha de tipo religioso, al menos en principio, sino una lucha por recuperar la libertad y la soberanía sobre el territorio.

Esta lucha de restauración del reino estuvo encabezada por Pelayo. Cinco momentos pueden distinguirse en el relato que cuenta los principios de la lucha cristiana.

En primer lugar, la figura de Pelayo, a quien los cronistas ha dotado de una historicidad indiscutible haciéndole descendiente directo de los reyes visigodos, poniéndole en el escenario de Guadalete defendiendo un reino que en cierto sentido le pertenece, haciéndole participar en el traslado de las reliquias de Toledo a Oviedo y concediéndole un papel de dirigente dentro de la resistencia asturiana. En segundo lugar, la coincidencia de godos, astures y cántabros en la misma región, pues "como ha señalado Fernando Wulff" los autores tuvieron la precaución de llevar cristianos a la zona cantábrico-asturiana y congregar en ella a los godos sobrevivientes y a los indígenas (cántabros y astures), considerados como los viejos españoles. El resultado de esta mezcla es que dichos nativos, que antes habían resistido con tanto ahínco a los romanos, se unieron con los godos para renovar esas energías vitales propias de los españoles y luchar en contra de un nuevo invasor [17].

En esta suma de virtudes, decimos nosotros, los godos pondrían el linaje y la nobleza y los cántabros y astures el valor y la fiereza. Lo importante es resaltar, sin embargo, que aunque hubo unión de intereses no hubo fusión de pueblos o, si se quiere, de naciones.

En tercero, una serie de acontecimientos, previos a la gran batalla de Covadonga, relacionados con el rapto de la hermana de Pelayo por parte de Munuza, gobernador musulmán de Gijón: prisión de Pelayo en Córdoba, su huida hacia Asturias para rescatar a su hermana y su levantamiento en armas contra los musulmanes [18]. Para Morales y Mariana, dichos sucesos indicarían que la lucha de los godos contra los invasores no comenzó porque les tuvieran sometidos "ya vimos que los de Asturias conservaban su libertad", ni porque les hubieran quitado la tierra, ni porque se hubiesen adueñado del poder, ni porque hubiesen profanado las iglesias y destruido el cristianismo, sino por la deshonra hecha en la hermana de Pelayo y, por consiguiente, en toda su familia.

Finalmente, el desarrollo de la batalla de Covadonga, cuya narración comienza con la convocatoria de todos los cristianos que rodean al caudillo visigodo y continúa con la preparación del campo de operaciones, el apercibimiento de la hueste de Pelayo y con la llegada del ejército musulmán encabezado por Oppas "arzobispo de Sevilla y miembro del grupo witizano" y Alcama "jefe militar de la expedición", para culminar con las acciones bélicas y la derrota del enemigo, obtenida gracias una serie de milagros tales como el que las flechas que disparaban los musulmanes se volvieran contra ellos, la aparición de una cruz en el cielo "obviamente relacionada con la tradición constantiniana" y el derrumbamiento del monte Auseva. La batalla de Covadonga se presta para una recreación teatral y los autores aprovechan la ocasión para resaltar el triunfo cristiano y para exponer sus ideas sobre la significación que tiene la batalla. Morales, por ejemplo, pone en boca de Pelayo la siguiente respuesta a Oppas:Ni me juntaré jamás en amistad con los alárabes, ni seré su súbdito. Tú no sabes como la gloria de Dios es comparada en la Sagrada Escritura a la luna, que padeciendo a tiempos mengua y defecto, vuelve después a su perfección entera; pues así yo confío en Dios, que de este pequeño agujeruelo que tu ves, ha de salir la restauración de España, y de la antigua gloria de los godos, cumpliéndose en nosotros aquél dicho del Rey David: visitaré con azotes sus maldades, mas no quitaré mi misericordia de ellos. Con toda esta divina confianza, tenemos en poca esta muchedumbre de Paganos, sin tener ningún temor de ellos [19].

Mariana, por su parte, hace decir a Pelayo:Tu más que todos, pues olvidado del oficio y dignidad que tenías, has sido el principal atizador de estos males, y ahora con palabras desvergonzosas te has atrevido a amonestarnos que de nuevo bajemos las cervices al yugo de la servidumbre, más duro que la misma muerte. Esto es, como yo lo entiendo, que de nuevo padezcamos los males y las desventuras pasadas, con las cuales hemos sido hasta aquí trabajados. ¿Estos son aquellos premios magníficos, estas las honras con que combidas a nuestros soldados? Nos, don Oppas, ni entendemos que las orejas de Dios nos están cerradas, ni el corazón tan apartado de ayudarnos, que hayamos de confiar en tus promesas. Antes tenemos por cierto que su magestad, sin tardanza, trocará la grandeza del castigo pasado, en benignidad. Que si no estamos bastantemente castigados, y aunque afligidos y faltos, no nos qusiere socorrer, determinados estamos con la muerte, de poner fin a tantos males, y trocar, como esperamos, esta vida de desgracia, con la eterna felicidad [20]. Insistimos en el pensamiento providencialista que rige la narración y en el hecho de que para nuestros autores la Restauración no es una lucha por la recuperación del territorio, sino una lucha por la recuperación de la libertad [21], en el sentido más amplio que pueda tener la palabra, y la honra, mancillada no sólo por la derrota de Guadalete, sino también por la unión forzada de una cristiana con un musulmán.

El relato tradicional de los primeros siglos del reino asturiano indaga en una serie de cuestiones que pretenden amarrar todos los hilos de la narración y que no es pertinente analizar en este trabajo. Sin embargo, debemos señalar, como dato interesante, que tanto Morales como Mariana utilizaron términos comunes para designar al proceso militar que inició Pelayo. Así, por ejemplo, hablando de Alonso I, Morales dice que "con todo este aparejo del Cielo y de su persona y hermano, y con buen zelo y esfuerzo de los suyos comenzó el católico rey la guerra con los Moros" [22] y que "...lo que el rey conquistó en Galicia, parece que fue por allí su primera entrada..." [23] Los nombres de algunos capítulos son muy significativos para nuestro estudio: el XIII de la obra de Morales se titula "El Rey tomó la ciudad de León y otras muchas en Castilla", mientras que el XIV se llama "La manera de las conquistas de este rey y lo demás hasta su muerte". Al parecer, el empleo de estos términos responde a la utilización de sinónimos para referirse a la conquista militar.

En todo caso, lo verdaderamente trascendental es que nunca emplearon la palabra "reconquista". También es importante señalar que en la narración histórica, la fundación o restauración de monasterios e iglesias por los cristianos mereció una particular atención de los autores, pues ello constituía el segundo pilar de la restauración visigoda.

BIBLIOGRAFÍA

1) Doctorando. Departamento de Historia Medieval. Universidad Complutense de Madrid. Este trabajo ha sido realizado gracias a una beca predoctoral en el área de Humanidades concedida por la Fundación Caja Madrid para el periodo enero-diciembre del año 2003.

2) Remitimos al estudio ya clásico de SÁNCHEZ ALONSO, B.: Historia de la historiografía española. Ensayo de un examen de conjunto, 3 vols., 2.a ed., Madrid, 1947-1950, así como al proyecto más recientecoordinado por ANDRÉS-GÁLLEGO, J., Historia de la historiografía española, Madrid, Ediciones Encuentro,1999, 338 p. (Ensayos, 133).

3) Sobre la construcción de la identidad nacional española y el papel desempeñado por la historiografía puede verse el reciente y sugerente estudio de WULFF, F.: Las esencias patrias. Historiografía e historia antigua en la construcción de la identidad española (siglos XVI-XX), Barcelona, Crítica, 2003, 292 p. Son también de necesaria consulta los siguientes textos: CIRUJANO, P., ELORRIAGA, T. y PÉREZ J. S.: Historiografía y nacionalismo español (1834-1868), Madrid, CSIC, 1985; FORCADELL, C.: (ed.), Nacionalismo e historia, Zaragoza, Institución Fernando el Católico-Diputación de Zaragoza, 1998, 171 p. y J. Varela “Nación, patria y patriotismo en los orígenes del nacionalismo español” en Studia Historica. Historia Contemporánea. Estudios sobre nacionalismo español, No 12, 1994, pp. 31-43. De gran utilidad sigue siendo la tesis de MORENO M.: Historiografía romántica española. Introducción al estudio de la historia en el siglo XIX, Sevilla, Universidad de Sevilla-Servicio de Publicaciones, 1979, 594 p. Para los planteamientos teóricos sobre la construcción de las identidades comunitarias pueden consultarse los textos de ANDERSON, B.: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, 2.a ed., México, 1997 y HOBSBAWN, E. y RANGER, T. (eds.): La invención de la tradición, trad. Omar Rodríguez, Barcelona, Crítica, 2002, 318 p.

4) Para redactar este apartado hemos consultado las siguientes obras del siglo XVI: OCAMPO, Florián de: Los cinco primeros libros de la Coronica general de España que recopilava el maestro Florián de Ocampo, coronista del Rey nuestro señor, por mandado de su Maghestad, en Zamora, Medina del Campo, Guillermo de Millis impresor, 1553, 336 + 9 p.; MORALES, Ambrosio de: Viaje a los reinos de León y Galicia y principado de Asturias, prólogo de José María Ortiz, Oviedo, Biblioteca Pública Asturiana, 1977, 224 p. Edición facsimilar de la realizad por Enrique Flórez en Madrid, Casa de Antonio Martín, 1765; MORALES, Ambrosio de: La Coronica General de España que continuaba Ambrosio de Morales, natural de Córdova Coronista del Rey Catholico nuestro señor don Felipe segundo de este nombre y catedrático de Rethorica en la Universidad de Alcalá de Henraes. Prossiguiendo delante de los cinco libros que el Maestro Florián de Ocampo Coronista de Emperador Don Carlos V dexó escritos, Alcalá de Henares, 1574. (Por mayor accesibilidad trabajamos con la edición que Benito Cano realizó de los textos de Ocampo y Morales en Madrid en 1791 en 6 volúmenes) y MARIANA, Juan de: Historia general de España 2 vols., Toledo, Pedro Rodríguez, 1601.

5) Florián de Ocampo, en la introducción general a su obra y refiriéndose al contenido del tercer volumen, lo dijo con las siguientes palabras: El tercero y último volumen contiene desde aquella entrada de los Alárabes y Moros Africanos, que comúnmente se dice la destrucción de España, hasta los tiempos de V.M, donde así mismo las cosas Españolas dieron otro vuelco, y se diferenciaron del estado en que los Godos las habían puesto, tomando muy mucho de lo que los Moros traxeron: con los quales se continuaron ochocientos años de guerra cruel y porfiada dentro de España: que fue la mayor contienda que se halla desde que el mundo se crió, en quantas historias sabemos, de una nación contra otra, y la que con más enojo se trató, y donde más valentías y hazañas pasaron, y a la que de nuestra parte con menos aparejos, y con poca más gente, y sobre mayor adversidad se comenzó, contra la mayor pujanza y poderío, que por aquellos días había sobre la tierra, que fue la multitud de estos Alárabes: hasta que finalmente fueron acabados de vencer en tiempos de los Católicos reyes Don Fernando y Doña Isabel, vuestros abuelos, y fueron despojados de quantas tierras acá nos ocupaban, y puestos embaxo de nuestra sujección. Ocampo, op.cit., vol. I, p. II

6) IBÁÑEZ DE SEGOVIA, PERALTA y MENDOZA, G., Marqués de Mondéjar: Examen crítico chronológico del año en que entraron los moros en España, Madrid, s.i., 1687, 172 p; Advertencias a la historia del Padre Mariana, edición y prefacio a cargo de Gregorio Mayáns y Síscar, Valencia, Viuda de Antonio Bordazar, 1746, XII + 131 p. Una segunda edición de esta obra fue hecha en Madrid, Imprenta Real, 1795, 304 p.

7) MASEDU, Juan Francisco: Historia crítica de España y de la cultura española. Obra compuesta en las dos lenguas italiana y castellana por D. Juan Francisco Masdeu, natural de Barcelona, Madrid, Imprenta de Sancha, 1791 y siguientes. Los volúmenes que hemos consultado son el Tomo X. España Goda(1791) y el Tomo XII. España Árabe (1793)

8) MORALES, op. cit., vol. II, p. 378.

9) En un trabajo de esta naturaleza es imposible recrear el relato en toda su extensión, por lo que remitimos al lector interesado a la obra de los autores arriba citados y nos limitamos a señalar los elementos más importantes. Por otra parte, somos concientes de que la versión tradicional de la “pérdida y restauración de España” es de sobra conocida.

10) Fueron aquél día –dice Morales, a modo de ejemplo– vencidos y muertos tan miserablemente los Godos, que la tierra quedó como desierta y desamparada, sin ninguna defensa. Ibid., p. 376.

11) El mismo Morales lo explica así al cerrar la historia de la caída del reino visigodo: Que como fue cosa de grandísima miseria y desventura, caer así España de la cumbre de su grandeza y señorío a lo profundo de tan hondo abatimiento: mas por otra parte fue misericordia grande de Nuestro Señor, con que apiadaba a sus fieles el dexarles así esta luz y consuelo de Iglesias y ministros de ellas, y todo lo demás de la religión que así quedó conservada. El quiso por rigurosa ejecusión de su divina justicia, y por otros altos secretos de su providencia, pasar así a esta insigne providencia por el fuego de tan cruel tribulación, para que purgándola con el de la escoria de sus vicios, saliese de nuevo como de buena fragua, otra España limpia y resplandesciente; toda Religiosa, toda Santa y puesta toda en alto celo de christiandad y verdadera virtud, cual por muchos de los siglos siguientes sabemos que perseveró, siendo como es cosa de suma grandeza y soberana maravilla en la omnipotencia de Dios, sacar grandes bienes de algunos males. Ibid, p. 417-418.

12) Ibid., p. 385.

13) Ibid.,

14) Ibid., p. 388.

15) Ibid, p. 391. Mariana ofrece todas las versiones pero no se decanta por ninguna, Mariana, op.cit., vol. I, p. 404.

16) MORALES, op.cit., pp. 412-414.

17) WULFF, op.cit., p. 39 y sigs.

18) Pasando por alto la lógica de su propio discurso y tal vez intentando acordar todas las versiones del asunto, Morales señala que Cuando él [Pelayo] volvió de Córdoba, le pesó gravemente de ver a su hermana con el moro, y sacándola de su poder la mejor consideración que pudo, comenzó a tratar de veras, aunque con todo el secreto, el alzarse contra los alárabes, y dar principio a recobrar España, para lo cual Dios le tenía guardado y escogido. Op.cit., vol. III, p. 5.

20) MARIANA, op.cit., p. 421-422.

21) Páginas antes, Mariana había señalado en el discurso que proclamó cuando se alzó contra los musulmanes: No habrá alguno que merezca el nombre de cristiano, el cual no se venga luego a nuestro campo. Sólo entretengamos a los enemigos un poco y con corazones atrevidos avivemos la esperanza de recobrar la libertad y la engendremos en los ánimos de nuestros hermanos. El ejército de los enemigos está derramado por muchas partes, y la fuerza de su campo está embarazada en Francia. Acudamos pues con esfuerzo y corazón, que esta es buena ocasión para pelear por la antigua gloria de la guerra, por los altares y la religión, por los hijos, mujeres, parientes y aliados, que están puestos en una indigna y gravísima servidumbre. Pesada cosa es relatar sus ultrajes, nuestras miserias y peligros, y cosa muy vana encarecerlas con palabras, derramar lágrimas, despedir suspiros. Lo que hace al caso es aplicar algún remedio a la enfermedad, dar muestras de vuestra nobleza, y acordaros que sois nacidos de la nobilísima sangre de los godos. La prosperidad y los regalos nos enflaquecieron y hicieron caer en tantos males; las adversidades y trabajos nos aviven y despierten. Diréis que es cosa pesada acometer los peligros de la guerra: ¿pero cuánto más pesado es que los hijos y mujeres hechos esclavos sirvan a la deshonestidad de los enemigos? (Oh grande y entrañable dolor, fortuna trabajosa y áspera) ¿que vosotros mismos seáis despojados de vuestras vidas y haciendas? todo lo cual es forzoso que padezcan los vencidos. Ibid., p. 418.

22) Ibid., p. 53.

23) Ibid.

Tags: Andalucia, Conquista, reconquista, Al-Andalus

Publicado por foroabenhumeya @ 18:26  | Colaboradores
 | Enviar