miércoles, 26 de diciembre de 2007
Cantaor flamenco.

Nació en Sevilla el 10 de Junio de 1831 y murió en esta misma ciudad a finales del siglo.

Cuando algunos estudiosos del flamenco califican, sin más, a Silverio como el primer cantaor payo y se quedan ahí, tan tranquilos, le están haciendo un flaco favor a Silverio y al cante: el de introducir o arraigar esta dicotomía de cante gitano y cante payo que a mi modo de ver no ha tenido una existencia real en lo que se refiere al cante jondo
.


El error proviene, quizás, de querer analizar una manifestación cultural tan profunda como es el flamenco, desligándola de todo contexto, como si en este mundo los fenómenos no tuvieran multitud de raíces y de causas, enormes conexiones con su entorno y desarrollos polivalentes.

Sólo muy poca gente se ha puesto a pensar en la coincidencia que existe entre la aparición pública del cante jondo y la abolición del Tribunal de la Inquisición. ¿Coincidencia, o de hecho lógico? Cada cual puede pensar lo que quiera, pero, de todas formas, es un mal método separar conceptos. El concepto, por ejemplo, de cante flamenco como canto de proscritos está muy aceptado, en primer lugar, porque sigue siendo así, en parte, todavía hoy, pero raramente se lo coloca en concordancia con las vicisitudes por las que pasa Andalucía en esos mismos siglos, ni con las que pasan en ella las minorías o mayorías marginadas.

Felipe III expulsó a los moriscos, los andalusíes demostrables, y su hijo, Felipe IV, persiguió a los gitanos, y prohibió a los de Andalucía cantar sus cantes bajo pena de apaleamiento, mutilación y destierro. ¿Qué si existe una interconexión entre los dos hechos? ¡Vaya Vd. a saber! La Historia de Andalucía no oficial de todos esos años es una enorme laguna que sólo hoy comienza a desentrañarse. Y, para intentar encontrar algo, tenemos que agarrarnos muchas veces a eso que se llama tradición oral, que es lo único que le queda a los vencidos, porque ya sería pasarse el haberles cortado también la lengua.

Antonio Mairena, en una entrevista en el suplemento dominical de El País de hace unos años decía a este respecto: “El cante o la gitanería está ahí, en el espacio, en la tradición, y todavía no sabemos mucho de él. Ahora conocemos algo más porque sabemos que los gitanos estuvieron próximos a los moriscos, que eran otro pueblo perseguido. Sabemos que se casaron entre ellos. Y mire Vd., esto se ve. Porque el cante gitano, aunque a los occidentales no les guste, es un cante oriental, de raíces orientales. Y para demostrarlo no tiene Vd. más que ver una fiesta gitana, gitana de verdad. Mire Vd., cuando los gitanos están bien entre ellos, y tienen tres copas encima, lo primero que hacen es buscar un sábana y ponérsela. Les encanta vestirse de árabes. Y las gitanas, todo ese adorno que llevan, las monedas, todo eso es árabe. De esa mezcla sale el cante gitano, y del trato con los judíos y los bandoleros, con los que también estaban muy unidos; se protegían unos a otros, y se reunían en las sierras huyendo de la justicia”.

Los años del nacimiento y la niñez de Silverio son los del fin de ese antiguo régimen, de sus leyes de apaleamiento y mutilación, y los de la instauración de la burguesía en el poder, lo que, en Andalucía, significa, más que el relevo de una clase por otra, el cambio de papeles que hacía una clase y una modificación del modificación del método de opresión institucional. Es precisamente en estos años cuando se crea la Guardia Civil, como garante de la tranquilidad y prosperidad de la gran burguesía agraria, antes gran nobleza feudal, y que iba a ser la pesadilla del gitano-andaluz, nómada y fuera de la ley por nacimiento, y del jornalero andaluz, nacido con la misma estrella.

Silverio Franconetti y Aguilar nació en Sevilla, aunque algunos biógrafos o ensayistas hayan optado por colocar su aparición a este mundo en Morón de la Frontera. Era hijo de Nicolás Franconetti que había nacido en Roma y venido a Andalucía como integrante de las Guardias Walonas; y de Concepción Aguilar, natural de Alcalá de Guadaira. Desde que el matrimonio se trasladó a Morón, a los pocos años de edad de nuestro autor, la vida de éste transcurre en esta villa. Allí aprende las letras elementales y allí se revela como un niño de carácter independiente.

Los padres intentaron que aprendiera el oficio de sastre con un hermano mayor que se defendía bastante bien en la profesión y que había llegado, incluso, a abrir tienda propia. Pero el chaval prefería la fragua a la casa de modas. Y no porque le gustara atizar el carbón del horno –que algo de eso haría también de vez en cuando- , para que el hierro se pusiera incandescente, sino porque se embebía oyendo cantar a los gitanos.

La muerte del padre, cuando Silverio no había cumplido todavía los diez años, hizo aún más fácil que esta querencia tomara los derroteros de lo irreversible. Aunque sigue siendo, teóricamente, un aprendiz de sastre, su verdadera afición es el cante. Es en este momento cuando aparece por la villa de Morón. El Fillo, un cantaor asombroso, que se da cuenta de la disposición del muchacho para el cante y lo anima a seguir adelante a pesar de todas las dificultades. Incluso es probable que él mismo fuera quien le buscara la manera de trasladarse a Sevilla con un trabajo –que era más bien una excusa- y el runruneo constante de que podía hacerse célebre en la capital.

El Fillo era bastante conocido en aquella época. Pertenece, en palabras de Félix Grande, a los inolvidables, junto con Manuel Torre, Manuel Caganyo, Curro Durse, Juan Breva… Gustavo Adolfo Bécquer hace de él esta referencia en una de sus escenas sevillanas:
“Sólo allá, lejos, se oyen el ruido lento y acompasado de unas palmas y una voz quejumbrosa y doliente que entona las coplas tristes o las siguiriyas de Fillo. Es un grupo de gente flamenca y de pura raza cañí que canta lo jondo sin acompañamiento de guitarra, graves y extasiados sacerdotes de un culto abolido, que se reúnen en el silencio de la noche a recordar las glorias de otros días y cantar llorando como los judíos”.
Pero habría que preguntarse si habría habido inolvidables sin que hubiera habido un Silverio.

Diego (o ¿Antonio? o ¿Francisco?) Ortega Vargas, El Fillo, quizás naciera en Puerto Real y su voz era lo suficientemente portentosa como para que, a partir de él, las que hirieran y besaran al mismo tiempo, las que llevaran lo dramático hasta su cumbre, se llamaran voces afilás. Con ella tuvo que llorar la muerte de su hermano, Juan Encueros.

Mataste a mi hermano
No te hé e perdoná;
Tú lo has matao liaíto en su capa
sin jaserte ná
.


Y puede ser que fuera su recuerdo lo que lo llevara a enseñar a Silverio, en la fragua de Morón, las siguiriyas cabales, cantadas sin guitarra, a palo seco.

Entramos en el mundo raro, oculto, dual, de enfrentamientos subterráneos entre el pobre y el pobre que aparece, de vez en cuando, en las reyertas gitanas, en las manías de unas familias para con otras, la misma dualidad y los mismos enfrentamientos que se hacen patentes en medio de los momentos más trágicos de la guerra de Las Alpujarras y, antes, cuando la tromba feudal cristiana se abatía apocalíptica sobre esta tierra desde lo alto de la Meseta ¿Quién sabe por qué Tomás El Nitri, discípulo de Silverio y sobrino del Fillo, no querrá cantar durante toda su vida en presencia de aquél? ¿Rencor porque las enseñanzas del tío fueron para el payo? ¿Creencia en la desvirtuación del estilo del Fillo, o en su manipulación por Silverio?.

Sea lo que fuere, una cosa es cierta, que Silverio ha conseguido entrar en el mundo gitano-andaluz, aunque sea a pesar del Nitri. No es, por lo tanto, verdad que nos encontremos ante el primer payo que canta jondo, sino que, por el contrario, nos hallamos ante un payo que se ha hecho gitano porque ha logrado vencer y apoderarse del duende, del espíritu que anima al misterio, de la transformación que viene como un rayo y crispa los rostros, las manos, la voz y el alma.

Silverio Franconetti es ya un cantaor. Ha dejado el oficio de sastre y desoye –menos mal- los consejos de los eruditos para que aprenda solfeo y canto ¿Se imagina alguien a un gitano cantando siguiriyas aprendidas en un pentagrama, como si se tratara de un aria? Pero por ahí, aunque parezca mentira, era por donde iba el flamenco que se desarrollaría hasta los cuplés y otras hierbas aún peores. Después de pasarse un tiempo en Sevilla, cantando siempre que puede y como sabe, un buen día se coge los bártulos y se marcha a Madrid.

Nos encontramos en el año 56 y en un Madrid que comienza a hacerse moderno; esto es, a ser la Corte de los Magros valleinclaniana, porque una burguesía absentista y miedosa tiene que echar mano de la monarquía que sea, de los espadones que sea, de las monjas visionarias que sea… con tal de que un régimen caciquil vaya asentándose; y estamos también en el Madrid del que salen los ejércitos a cañonear las ciudades y los pueblos andaluces insurrectos, y “se vuelven con un bagaje cultural que plantan en la capital y apodan español”.

Silverio no dura en este Madrid ni un año. No sabemos muy bien los motivos; ni siquiera él mismo se los contó a Don Antonio Machado y Alvarez cuando éste su puso a sacarle todas sus letras. Pero, si me apuran mucho y viendo lo que hace después, me atrevería a pensar que Silverio tiene ya la idea de hacer dinero para promocionar y hacer salir a la luz toda la riqueza que el cante esconde. Se marcha, pues, a Buenos Aires como sastre, aunque la profesión –puesta en un pasaporte porque algo hay que poner- no correspondiera con la intención.

En aquellas tierras pasó ocho años de su vida y, como era previsible, dejó el oficio oficial e hizo de picador en tiempos de paz y se alistó en el ejército de Uruguay en los de guerra. Al padre de los Machado le contó un montón de peripecias pasadas allí en esos años, pero Demófilo, atento solamente a su trayectoria como cantaor las obvió en su pequeña biografía. Una lástima, porque conociendo al payo, es seguro que nos hemos perdido un montón de sabrosas anécdotas.
Volvió con aspecto de indiano, que para eso tenía genio y figura, y con una espesa barba que le cubría toda la parte baja del rostro. Cuentan las historias que, con esa cara, se metió en una reunión gitana en una tasca de Cádiz y que nadie le reconoció, por lo que, cuando pidió al guitarrista que tocara por siguiriyas gitanas, todos se preguntaron quien sería aquel imbécil que se metía, sin más, en un campo velado. Sólo lo reconocieron cuando comenzó a cantar una letra suya, y no todo el mundo, porque la historia sigue contando que una vieja gitana, enrabietada con aquel payo metido a calé pero no sabiendo qué pegas ponerle, dijo: “canta mu bien, pero tiene los pies mu grandes”. Algunos le reconocieron por la letra de la siguiriya, una de las innumerables de Silverio:

La malina lengua
que de mí murmura
yo la cogiera por en medio, en medio,
la dejara muda
.


Las letras del cantaor forman parte, indisolublemente, de su persona de su cante. Y de su espíritu, hasta reafirmarnos más y más en el aserto de que no estamos ante un payo, sino ante un hombre convertido al gitanismo andaluz, como cualquiera puede convertirse a una religión o profesar en una orden. Como cualquiera, no: como sólo muy pocos pueden y saben hacerlo, porque entrar en así en ese mundo lleva inexorablemente a aspirar, sabiéndose vencido de antemano, a la libertad.

Las letras de Silverio son todo un mundo. Abarcan un universo de emociones, sentimientos y aspiraciones. Comprenden todo la cosmovisión de esa raza, forzada a ser raza (como los moriscos de Al-Andalus) por los que no quieren dejar de ser señores, y tienen que tener siempre debajo de ellos carne morena a la que pisar. Y se salen, además, de ese mundo, lo prolongan y le dan una nueva perspectiva. Comienzan a intentar cerrar –y esto es algo inmensamente importante-, la separación entre dos mundos de opresión que han estado mucho tiempo uno al lado del otro sin juntarse. ¿O no es eso lo que pasa cuando los payos andaluces escuchamos cantar:

Mataron a Riego,
ya Riego murió;
¡cómo se biste, se biste de luto
toa la nasión
!.


En Silverio domina el sentimiento. Siguen contando los recuerdos de su tiempo que, poco después de su vuelta, cuando se dedicaba otra vez plenamente al cante y recorría las ciudades andaluzas, salió un día en coche de caballos, por Puerta Tierra, en Cádiz, y al pasar junto al cementerio se acordó de su amigo Enrique Ortega, muerto. Mandó parar el coche allí mismo, de pie sobre él y a palo seco cantó:

Por Puerta de Tierra
yo no quiero pasar
me acuerdo de mi amigo Enrique
y me echo a llorar
.


Pero volvamos un poco hacia atrás. Desde que, en 1864, desembarca del vapor Gravina en el que había hecho el viaje desde América, Silverio comienza a dar recitales de flamenco en muchas capitales y ciudades del Estado y especialmente en las de Andalucía. O sea, lo nunca visto, porque el lugar del flamenco, hasta entonces, había sido la fragua, el campo, la cárcel y el interior de las casas y cavas. "En su forma primitiva –dice Antonio Mairena- no se hacía cante de Triana, ni de Jerez, ni de Alcalá. Se decía el cante de la casa de Los Pelaos, de los Piloros, de los Caranchos. En Triana, por ejemplo, había cinco casas, y aun cantando el mismo cante, tenía distintos matices. Eso pasa todavía en la casa de los Paula en Alcalá".

Hasta Silverio, por lo tanto, muy pocos andaluces que no fueran gitanos habían escuchado una siguiriya; en público, se entiende. Porque, de otra manera, no puede explicarse el fenómeno del éxito de los recitales flamencos, en una primera época. Ahora el cante se va a la calle, pasa a ser un signo de una nueva época, y esto sólo podía hacerlo un payo. Y que un Dibé me perdone.

Para el gitano no hay cambios ni transiciones. Está –porque ha sido- acostumbrado a vivir indiferente a lo que venga que, de cualquier forma, será algo que no es suyo. El gitano-andaluz, como los andaluces que pueblan Tetuán, Túnez o Fez desde 1610, es un exiliado, aunque goce de un exilio interior. Pero así como el que está fuera no puede volver, el que está dentro no puede aparecer y se ve por lo tanto, forzado a reducir drásticamente su mundo. Esto lo describe bien Mairena cuando dice:
"El canto gitano-andaluz siempre ha sido de mucha intimidad. Las letras nunca han dirigido a una comunidad, a un colectivo. Si se fija, siempre hablan de ‘mi madre’, ‘mi padre’, ‘mis hermanos’, ‘mis primos’, ‘mi Dios’, ‘mi Jesús’, y de ahí no salen".

Creo que no es verdad, sin embargo, lo que añade a continuación:
"Y cuando esas letras cambian, cuando se dirigen a un colectivo, se pierde lo más esencial del cante, que es la gitanería. El mundo universalista no le va al cante".

No es verdad. Lo que pasa es que Mairena está pensando en Gerena y en una manipulación del cante para un determinado período político y con unos determinados objetivos y ahí es donde no encaja el cante, donde se comercializa electoralmente, donde tiene que ser rechazado por un gitano al que los siglos de persecución le han enseñado que da igual quien persiga.

Y sin embargo, y pese a D. Antonio, el gitano está anhelando salir de ese mundo. Y es por eso por lo que aplaude sin reservas El Amor Brujo de Falla, cuando en 1915 toda la crítica de un Madrid zarzuelero está en contra.

Pero esta es la forma más clara de alienación del cante jondo. Las hay más sutiles y es aquí donde cayó Silverio: decide, después de las giras, abrir un café-cantante en Sevilla, asociado con Manuel El Burrero. El café del Burrero era el mayo de cuantos después aparecieron, hasta el punto que algunas becerras, pero el negocio comenzó pronto a no marchar por desavenencias entre los dos socios. Al parecer, El Burrero sólo se preocupaba de que entrara dinero, y cuanto más, mejor; mientras Silverio pretendía que aquello fuera una plataforma de extensión del cante y del mundo de los gitanos.

¡Pobre Silverio! A uno casi le entran ganas de ponerse del lado de El Burrero, porque, al menos, éste se enteraba de la vida. Recordando el Café Novedades, Pepe el de la Matrona, hace una descripción que, seguramente, valdría para todos: “…Había unas butacas como en los teatros, unas cuantas filas de butacas que por detrás tenían una especie de mesita pequeña, y el que llegaba y se sentaba en su butaca tenía en el
respaldo de la de adelante su mesita, y allí se ponía el café, que entonces valía treinta y cinco céntimos, o su copa de vino. Y aquí es donde iban los trabajadores, que por treinta y cinco céntimos veían el espectáculo, una vez por lo menos. Luego estaban los palcos, que los formaban en el principal del patio, pero el que subía a un palquito ya sabía a lo que iba; tenía que tomarse de una botella p’adelante, y si iban cuatro o cinco pedían una botella y otra… hasta que uno se calentaba y después de ver el espectáculo elegían artistas y se metían en un reservao a seguir bebiendo, a seguir la fiesta…”.

Los cafés-cantantes se extendieron como la pólvora en la segunda mitad del siglo XIX, y Manolo Ríos nos proporciona una lista de sesenta y tres de ellos en toda la Península. Los cafés se convertirían en un trampolín para los artistas y en una amplia red de contratación, que llevarán de un lado a otro a cientos y cientos de andaluces de la más pura cepa, gitanos, en una danza, que vista en perspectiva, resulta de lo más macabra. "Había que salir cuatro veces –sigue diciéndonos Pepe El de la Matrona-; primero cantar al cuadrado, pa aprender el negocio, cantabas una letra o dos, y luego, a cantar solo. Cuando cantabas solo se ponía una mujer a la derecha y otra a la izquierda y los dos tocaores; y luego en los cuartos, y de allí había días que salíamos a las doce de la mañana, y luego nosotros, por nuestra cuenta, ¡aguardiente va y viene!, y a las ocho de la noche allí otra vez. De manera que era reventar".

En el año 1885 abrió Silverio un café propio, en la calle Rosario de Sevilla; después otro, en la de Amor de Dios. Este café era de un tipo distinto, situado en una casa sevillana con patio de columnas y una fuente en medio, pero la cuestión no era el aspecto. Parece, por otro lado, que Franconetti no era mal patrón y pagaba más, pero ahí no radicaba el mal. También podemos colegir que nuestro cantaor se guiaba por unas reglas nada complacientes hacia el poder constituido, como nos lo demuestra el hecho de que no quisiera cantar para el gobernador civil de Sevilla, el director de la Guardia Civil y el Capitán General, fuera de sus horas de actuación… Pero tampoco estaba ahí la llaga.

No estaba la cuestión en que los gitanos cantaran igual o diferente de los payos, sino en que se había producido una brecha profunda entre el cante de los gitanos y el cante de los payos, entre el que seguía haciéndoles en las casas casi a escondidas, o en las tabernas y la estructura comercial montada en los cafés-cantantes que llegaba incluso a hacer fichajes de cantaores, como hoy en día se hace con los futbolistas. Y a ponerse de acuerdo para que las actuaciones de figuras no coincidieran en las horas, como se pusieron el mismo Silverio y su contrincante El Burrero para hacer oír a Chacón y Fosforito.

Y la cosa no acaba ahí sino que amenazaba con pasar a mayores, a algo tan trágico e irreversible como hacer desaparecer al cante jondo como canto de los marginados y proscritos seguían existiendo y seguían siendo, incluso, usados como carne de cañón para el tráfico de su propia alma. Oigan, por ejemplo lo que decía una reseña de La idea, un periódico granadino, el 24 de Octubre de 1868, sobre la actuación de Silverio en el salón El Recreo:
"Anteanoche fue extraordinariamente aplaudido en este lindo coliseo el célebre concertista andaluz Silverio, siendo llamado a la escena repetidas veces y haciéndole repetir algunas de sus sentidas canciones. Creemos que la empresa, comprendiendo sus intereses y los deseos del público, debe procurar que oigamos alguna que otra vez al simpático Silverio".

Sobran, absolutamente, todos los comentarios.

Ante este estado de cosas, Don Antonio Machado y Álvarez, Demófilo, predijo: “Los cafés matarán por completo el cante gitano en no lejano plazo, no obstante los esfuerzos hechos por el cantador de Sevilla (Silverio) por sacarlo de la oscura esfera a donde vivía y de donde no debió salir nunca so aspiraba a conservarse puro y genuino”. Si esta profecía no se cumplió –afortunadamente- ello se debe a que el genio de este pueblo era mucho más hondo y profundo de lo que parecía y que, a pesar de todos los pesares, el campo andaluz venció a la ciudad. O, como dice Félix Grande, a que “los más profundos de sus creadores sabían, aunque fuese de un modo primitivo, preconsciente oscuro, que el recipiente al que vertían sus cantes era el mundo del otro, no era el suyo”.

Silverio murió pobre, como era de esperar. Quizás pudiera servirle de epitafio el comentario que le dedicó Demófilo: “…Como el voluntario decidido que muere al pie de la barricada, o soldado valiente que expira defendiendo su trinchera, quema hoy su último cartucho en defensa del cante gitano, abriendo un café en la calle del Rosario de esta ciudad: allí podrá quien quiera, escucharle aquellas ‘seguidillas gitanas’ que hicieron exclamar a la célebre seguidillera María Borrico, cuando en 1854 la invitaron a cantar después del recién llegado de América del Sur, que venía entonces con la barba corrida ‘¿Cómo quieres que cante, si ese gaché de las barbas me ha estemplao?”.

¿Quién, desde el nosotros puede ponerse a opinar sobre la obra de Silverio –y sobre todo la de los inolvidables de su tiempo: Juan Breva, Antonio Chacón, Manuel Torre, que todos, payos y gitanos, hicieron lo mismo-? Ahí están los números, del 0 al 10 para que todo el que esté libre de pecado los arroje encima de ellos, y encima de sus siguiriyas, soleares, martinetes, polos y cañas.

Corre y pregúntale a un sabio
cuál de los dos perdió más:
Er que comió de sus carnes
o er que publicó su mal.
Er que publica su mal
por el pronto siente alivio.
Er que come de sus carnes
se da tormento a sí mismo
.


Porque cuando la brecha entre los dos mundos andaluces parecía reabierta ya para siempre, ocurría el milagro de un I Concurso de Cante Jondo (Canto Primitivo Andaluz) capaz de arrastrar, andando desde Puente Genil y con un traje comprado por suscripción popular, a Diego Bermúdez El Tenazas, de 79 años que muchos antes había jurado “no cantar pa nadie” por mor de los cafés-cantantes y hacerlo vibrar de nuevo ante 4.000 andaluces que comenzaban a reencontrarse.

Y ocurría un milagro en el Poema del Cante Jondo del que, en una carta, Federico decía a Adofor Salazar:
"Saco a relucir en él a los cantaores viejos y a toda la fauna y flora fantástica que llena estas sublimes canciones: el Silverio, el Juan Breva, el loco Mateos, la Parrola, el Pillo, y ¡la Muerte!...".

Y después ocurría el otro: el milagro del Romancero Gitano.

Tags: Andalucia, Flamenco, Historia

Publicado por foroabenhumeya @ 20:42  | Biografias
 | Enviar