Poeta.
Nació en Sevilla, entre 1514 y 1517 y murió en México en 1556.
La corta vida de Gutierre de Cetina se inicia en el barrio de Santa María la Blanca, dentro de la aljama de Sevilla y en la confluencia de las dos juderías: la de Santa Cruz y la de San Bartolomé, barrio donde viviría algunos años su padre, Beltrán de Cetina cuando, procedente de Alcalá de Henares, había venido a vivir a Sevilla.
Poco tiempo después contrajo matrimonio con Francisca del Castillo, sevillana que habitaba en esa colación y,
que a juzgar también por el apellido, es probable que fuera de origen morisco. Ya hemos hecho mención en otras partes de cómo era frecuente en la Andalucía de entonces el que cristianas nuevas se casaran con cristianos viejos, librándose así los hijos del estigma de ser andalusíes. El matrimonio, a juicio de Hazañas debió vivir en una casa de la calle Santa María la Blanca, en la esquina con la de San José.
La familia del poeta tenía una posición desahogada, más que por los bienes del padre –una casa y algunas tierras de labor en Alanís, que quizás nos indiquen su ascendencia de mesnadero castellano- por los de la madre, lo que nos confirma lo que hemos dicho de los casamientos mixtos. Gracias a esto, el padre pudo entrar en los círculos de administración sevillana y tener a su cargo, desde 1536, el cobro del almojarifazgo mayor de la ciudad.
Sabemos asimismo, que la familia poseía esclavos: cuatro enviados desde América por los hermanos de Francisca del Castillo, y, dos con anterioridad, aunque no podemos saber si lo eran en realidad o si se trataba de una estratagema bastante común entre los andalusíes: la de que familias acomodadas acogieran bajo su tutela, pero encubriendo el hecho bajo el de “compra”, a personas andalusíes que por sí solas no podían evitar el ser perseguidos por su origen.
Si traemos a colación todas estas observaciones es, únicamente, para intentar que se comprenda mejor la esencia de la poesía de Gutierre de Cetina,
una esencia que parte de raíces muy andaluzas a nuestro entender, aunque la literatura oficial haya enclavado siempre a nuestro poeta en la llamada Escuela de Garcilaso. No podemos olvidar que Cetina será un basamento importantísimo de lo que, a partir del año 1580, será la Escuela Sevillana o, más propiamente,
Escuela Andaluza de poesía.
Es probable que el poeta iniciara su formación en el Colegio de Santa María de Jesús, recién fundado por Maese Rodrigo Fernández de Santaella, cursando en el mismo Humanidades. Y es también probable que recibiera una educación esmerada por parte de su madre en todo lo referente a las tradiciones poéticas y musicales y en la asimilación del alma popular andaluza, que mantendría en el ánimo del poeta, durante toda su vida, un amor por Andalucía y una conciencia de la opresión y las desigualdades:
¿Por qué hizo Fortuna desiguales
sus leyes ¿Por qué es rico un avariento?.
¿Por qué mendigan tantos liberales?.
...¿Para qué es ocupar la fantasía
en desear mandar, y en grandes cargos
andar embebidos noche y día?
Los años de los ricos, ¿son más largos,
Por aventura, o viven más quietos,
O muertos no han de dar de sí descargos?
…¿Cuál rico hay que no tenga mil cuidados
más que yo, que el temor de caso adverso
no interrumpe mis sueños reposados?
Después de realizar estos estudios, Cetina comienza a dedicarse a las dos aficiones que cubrirían su vida, aunque parezcan difícilmente compatibles: el amor y la guerra. Pacheco nos dice de él, “diose después de sus estudios el arte militar, en que fue no menos valiente Soldado que extremado Poeta, siéndole tan agradable la caxa de Marte como la viguela de Apolo”. Sin embargo, hay que constatar que el amor es el protagonista principalísimo de su poesía, aunque los objetivos de ese deseo cambien.
Ando siempre, señor, de pena en pena
de llanto en llanto y de no en otro fuego:
ni por andar, ni por tener sosiego
dolor afloja o mi fortuna es buena.
Es por estos años cuando se enamora de su primera señora, la que nombra en sus composiciones como Dórida, un amor que durará hasta que el poeta, ya metido en la maquinaria de la administración de Carlos I, marche a la Corte de Valladolid y su amor tornadizo encuentre una nueva mujer a quien amar: Amarílida.
Dórida, hermosísima pastora
cortés, sabia, gentil, blanda y piadosa
¿cuál suerte desigual, fiera, rabiosa,
pone a mi libertad nueva señora?
El corazón que te ama y que te adora
¿quién lo puede forzar que ame otra cosa?
¿Amarílida es más sabia o hermosa
que tú? No se. Contempla esta alma ahora?
Gutierre se aburre mortalmente en la corte de Valladolid y recuerda constantemente a Andalucía, imponiéndole él mismo el nombre poético de Vandalio. Con ocasión del viaje de su gran amigo, el Duque de Sessa a Sevilla, el poeta escribe:
Selenio, pues que vas do vengo agora,
antes do siempre estoy, do ir quisiera
cuando a ver llegarás la gran ribera
del Betis que por tanto se honora…
La estancia en Valladolid sólo dura un año y al siguiente lo encontramos en Italia, sirviendo de ayudante a Fernando Gozaga y Francisco Duarte, su paisano. Su viaje a aquellas tierras se debería, probablemente, a la creación de la Liga contra los turcos formada por los venecianos, la Santa Sede, y el Imperio español. En ella, Andrea Doria era el almirante de la escuadra y Fernando Gonzaga el general en jefe de los ejércitos en tierra. La Liga comenzó y terminó mal porque el Emperador Carlos no puso mucho ímpetu en la empresa, considerándola, y quizás no sin razón, una trampa que le tendía Francisco I a través del papado para que desguarneciera sus posiciones en Centro Europa.
En todo el período, Gutierre de Cetina hace varias veces de correo entre Italia y Valladolid, trabando en estos viajes amistad con distintos círculos literarios, especialmente con los de Barcelona, donde, para no variar, se enamora de una dama que había visto asomada a una ventana.
Parece como si en Cetina se reviviera la imagen del moro Muza.
…
dejando en cada balcón
mil damas amarteladas.
En 1543, Cetina cambia el mediterráneo por el Rhin: el Emperador comenzaba su cuarta guerra contra el rey de Francia, Fernando Gonzaga era nombrado capitán de los ejércitos y nuestro poeta marcha tras él en la campaña que acabará en la Paz de Crepy, una vez derrotado Francisco I. Su lira deja el amor por una temporada y se dedica a cantar la guerra, aunque a pesar suyo.
Gran tiempo ha procurado
de no contar en verso los loores,
aquel pecho esforzado,
aquellos guerreadores,
que de Alemania triunfan vencedores.
Regresa a Italia dos años después, en 1545, y su musa vuelve a ser la de siempre. Entra en relación con los círculos poéticos de Palermo, en Sicilia, que animan los príncipes de Ascoli, Luis de Leiva, al que dedica ocho sonetos y una epístola, y lleva adelante una estrecha relación poética con Jerónimo de Urrea a quien llama Iberio en sus composiciones. Como siempre, una nueva dama aparece en su horizonte: Laura.
En grande ociosidad, en gran sosiego
mi vida tal cual es pasar solía
envuelta en su suave antiguo fuego,
cuando por ocupar la fantasía
en ejercicio honesto y virtuoso
y para divertir el alma mía,
propuse, de atrevido y de curioso,
un lauro cultivar que había plantado,
casi a la par cruel cuanto hermoso…
Es casi seguro que Laura fuera, en realidad, la Condesa Laura Gonzaga, un objetivo demasiado alto para sus posibilidades y después de un viaje –probablemente su primer viaje a México- encuentra que la dama lo ha olvidado.
Hallé el jardín do lo dejé plantado,
Solo, estéril, sin él, inculto, extraño,
¡como si allí jamás hubiera estado!
Para ir a México en este primer viaje, Cetina tuvo que pasar por Sevilla, y aunque su permanencia en la ciudad fuese corta hizo su amistad con Baltasar de Alcázar y Jorge de Montemayor. Es posible que en esta ocasión decidiera volver a su patria cuando se le presentara la primera oportunidad, cosa que hizo después del regreso de América y de terminar sus asuntos en Italia. “I llamandole su Divino Ingenio se volvió a su Patria a
la quietud de las Musas, estuvo retirado gran tiempo en su Aldea fuera de Sevilla, a dôde hizo gran parte de las obras que oi parecen suyas…”, dice Pacheco en su libro.
Parece como si nuestro poeta, después de tantos años de aventuras y de continua movilidad, necesitara un reencuentro con sus raíces, con su tierra. Frecuentemente, en los libros clásicos de la literatura, se describe a Cetina como uno de los prototipos del hombre renacentista: poeta, soldado, músico…, con un sentido tópico de la realidad y del arte. Este concepto tiene en Andalucía un sentido distinto porque el renacimiento andaluz es un renacimiento distinto, y de este sentido distinto si que pensamos que es Cetina un abanderado.
Es necesario partir de la realidad de una cultura andaluza truncada en los años de la conquista y la colonización de Al-Andalus Nort, Occidental y Nort oriental, con el éxodo de gran parte de la población culta y yugulada definitivamente con la conquista del reino nasrí de Granada y la proscripción de toda su civilización. En el campo de la literatura y de la poesía –como en el de la música-, existía una profunda contradicción entre lo que los andaluces sabían que habían tenido y lo que podía hacerse a partir de la situación colonial, puesto que si el pasado había sido grandioso, los medios de la época eran ínfimos.
Por eso, cuando tiene lugar el resurgir cultural del Renacimiento, se produce, de forma relativamente masiva, el fenómeno de las escuelas andaluzas en todos los terrenos artísticos. No se trata solamente de que el genio andaluz resplandezca al entrar en contacto en Italia con una cultura floreciente; es que florece de nuevo la vieja cultura andaluza al contacto con los medios que tomados de Al-Andalus siglos antes pone Italia a disposición de estos artistas. Creemos que Cetina, por ejemplo, encontró en Palermo o Milán la manera de poner en pie su propia estética, más que la estética italiana. Estas características se notan, incluso más, en el terreno de la música, a la que era también muy aficionado nuestro autor y que practicaba en la academia que se había formado bajo la dirección del pintor Pacheco, suegro de Velazquez, y de la que formaban parte además, Baltasar del Alcázar, Fernando de Herrera, Cristóbal de Mosquera y Figueroa, Cristóbal de Sayas y Alfaro, Manuel Rodríguez, Antonio de Vera Bustos, el ciego Pedro de Madrid, Luis de Vargas, Bernal, Juan Vasquez, Alonso de Mudarra, Navarro, Ceballos, Jerónimo Peraxa, Francisco Guerrero…
La música que realizan todos ellos se distingue por su misticismo y a la vez, por su sencillez impregnada de esencias populares, de gracia, luminosidad y dulzura andaluzas, sin dejarse impresionar por las corrientes extranjeras, particularmente por la italiana, aunque eran ampliamente conocidas por todos ellos.
Por otra parte, es evidente que muchos críticos y autores de literatura, han usado y abusado en demasía de las influencias italianizantes de los poetas andaluces del Renacimiento, olvidando –o no sabiendo-, que la propia literatura italiana y el mismo dolce stil nouvo estaban impregnados del ritmo y la cadencia de la poesía andalusí; ignoran –quizás- que por debajo del tronco italiano están las raíces del zejel y que sólo la escuela andaluza y Fernado de Herrera tendrían la osadía de criticar al intocable Gracilazo, porque fue en Andalucía donde nació el verso endecasílabo, los tercetos, los versos de pié quebrado… la métrica aunque muchos andaluces, cuatro siglos después, no lo supieran.
Gutierre de Cetina reencuentra de nuevo a Andalucía en su retiro de Castilleja de la Cuesta o Los Molares. Y cuando Baltasar del Alcázar se queja de lo aburrido que es la vida en el campo.
De alli me vo otro rato, con el peso
de la ballesta al hombro, procurando
porque quede el zorzal herido o preso
Al fin, sin saber nada, voy pisando
el enojoso surco del arado,
que es causa de ir un hombre tropezando
Nuestro poeta le contesta contándole la vida de una Sevilla convertida por el Imperio en centro del mundo y de la corrupción.
…Los que gobiernan son los gobernados,
y, si no de sobornos, de interese,
de amigos, de parientes, de privados…
¿Qué diré, pues, Señor de los cohechos,
los robos y maldades de escribanos,
sus hurtos, son diabólicos provechos…
Sabios llaman aquí los cautelosos;
el fraude se bautiza con prudencia;
los que traidores se llaman mañosos…
En una ciudad que comienza a ser la nueva Babilonia, Gutierre de Cetina no tiene mucho que hacer. Le sobra la Casa de Contratación que es, precisamente, donde su padre trabaja y le sobra, por lo tanto, todo. Para encontrar nueva razones de ser y de vivir marcha por segunda –y definitiva- vez a México. Debió seguir escribiendo en Nueva España porque son muchas las alusiones a una obra dramática suya, que, desgraciadamente, se ha perdido, con lo cual nosotros nos perdemos a otro autor dramático.
En México encuentra de forma casual la muerte, a manos de un tal Hernando de Nava que quería agredir a Francisco de Peraza, acompañante de Gutierre y que hirió al poeta por equivocación. A Navas le cortaron una mano, después de haberle conmutado la pena de muerte, pero Gutierre de Cetina quedó allí en México sin haber podido volver a ver el Guadalquivir y sin posibilidad ninguna de ser envuelto en su seno paterno, como quería en una de sus composiciones cuando penaba por un amor no correspondido.
De la incierta salud desconfiado
mirando como va, turbio y furioso
Betis, corriendo al mar, dijo lloroso
Vandalio, del vivir desesperado:
Recibe ¡oh caro padre! este cansado
cuerpo de un hijo tuyo, deseoso
de hallar en tus ondas el reposo
que negó la fortuna a mi cuidado.Tags: Andalucia, Historia, andaluces