S?bado, 06 de junio de 2009

 El Emperador negro “visita” Córdoba, la ciudad blanqueada.

La deuda de Andalucía con la Civilización Andalusí


Ya se acerca el Air Force One, avión presidencial norteamericano, a la Roma de la Edad Media, la antaño populosa capital de Al-Andalus, hoy provinciano barrio del extrarradio de Madrizzz gracias al AVE.


Los asesores del Excmo. Sr. Obama le van documentando en el mismo moderno aeroplano, tratando de hacerle entender que inquisición y tolerancia, nazional-catolicismo e Islam se parecen muchísimo menos que un huevo y una ostia. Además trata de rastrear información por su cuenta vía internet. Se da cuenta, perplejo, que tanto por los datos socioeconómicos como por el índice de paro real, esta ciudad no debería estar en Europa, sino en la India; pero al informarse más en profundidad repara en que hasta el último arrabal de Calcuta es mucho más industrioso y mejor administrado.


Le indican, por si fuera poco, que el actual alcalde del municipio lo ha sido a dedo por la anterior titular electa, una tal Srta. Aguilar, la cual se ha mudado ha Sevilla porque el partido de la oposición le ha ofrecido allí mejor carguito, burlando a sus electores y a toda la ciudadanía con dos palmos de narices. Analiza en el dossier que las cuentas de la alcaldía y de las finanzas de estamentos educativos, universidad, culturales...; todo pasa por las manos de un banco, Cajasur, cuya titularidad detenta la misma secta que antaño quemaba vivos a los cordobeses, apostólica, romana y vaticana. Por lo tanto un estado extranjero (donado por el dictador fascista Benito Mussolini).

 

Le parecen incomprensibles tales muestras de "patriotismo" español. El nuevo amo de la OTAN ordena a sus subalternos que quiere aterrizar directamente en Córdoba, evocando una paloma que descenciese en el faro de las tres culturas; pero le dicen que el antiguo emporio comercial occidental de la Ruta de la Seda carece de aeropuerto internacional, tan solo tiene un polvoriento cuchitril con una pista en desuso. No importa, cual un símbolo celestial a lo "Angeles y demonios" se lanzará con sus guardespaldas de élite a la altura del mal llamado "puente romano", en realidad del emir Hixem I. Los naturales habrán de pensar que se trata de una exhibición aérea, algo así como un fin de feria...


¡Alehop! El barrio de la Medina, llamado de la "judería" no por la sentida vocación marrana de las vecindonas y vecindones, se cerca por tropecientos policías y los F-18 del ejército español transforman la zona en una de exclusión aérea.

Con la fresca de la mañana, el atlético héroe Barack Hussein, campeón de la tolerancia a todas las minorías y culturas del orbe se lanza sobre el río Guadalquivir, el Gran Río de Andalusía, donde por su contaminado como escaso caudal de agua resulta tan difícil ahogarse como pescar. Al fin ha llegado planeando en los paracaídas de la nueva América, fortísimamente escoltado, mas con absoluta sorpresa de la ciudadanía, por motivos de seguridad.

Mr. Marshall ya está aquí, justo al lado de la torre-baluarte andalusí, devenido museo de las tres culturas, el mismo que hace mil años vio pasar prosperos comerciantes de todas las naciones con sus caravanas repletas de refinados productos y ahora contempla a parados aburridos, artistas del "chapú" y eventuales tironeros de bolsos. Le da por preguntar al Mr. Obama qué puede ser una cochina rueda enorme que se divisa a lo lejos, arrumbada junto al río, entre arbustos y jaramagos, Su cualificado experto le apunta que la excrecencia forma parte del escudo actual de Córdoba, triste y paupérrima reproducción de la en su tiempo mayor noria del mundo, orgullo de ingenieros hidraúlicos y maestros carpinteros, hoy refugio de yonkis y desharrapados, como el resto de los molinos del río, testigos de la antes hacendosa ciudad, convertidos en despojos malolientes.

Pregunta qué es ese viejo arco del triunfo que hay más allá del puente. Le explican que se trata de un sentido homenaje de los naturales, descendientes todos de los vencidos, a Felipe II, príncipe de las tinieblas del Santo Oficio y gran matarife de los musulmanes "moriscos" andaluces.


Después le da por inquirir al nuevo emperador como se llama la calle que da al muro de la alquibla, frente al que se postraron el califa de Medina Azahara y el mayor sabio en su tiempo de todo occidente, Averroes. Su especialista saca el "net-book" e ilustrándose por conexión vía satélite le dice el nombre que le han puesto a esa calle, muestra del exquisito buen gusto local: "Corregidor Luís de la Cerda", muy conocido en su casa a la hora de atiborrarse de tocinetas, como su porcino nombre indica. Se asombra y pregunta si no debería ponerse mascarilla para evitar algún virus.


Al fin llega al ángulo suroccidental del inmenso templo de la cuarta capital de la Civilización Islámica, tras Medina, La Meca y Damasco; más de una decena años antes de que se fundase la de los sultanes abasidas, aquella Bagdad de las Mil y una Noches. Se pregunta qué significa la preciosa caligrafía árabe adornando la muralla, a pesar de que lo estudió en la escuela no consigue entenderlo. Estupefacto consigue leer lo siguiente: "Kuca-Kula" (coca-cola en la caligrafía del Corán) y la leyenda "hecho en época de Paco I", un par de gracietas a lo borrachuzo degenerado, obsequio para la posteridad del restaurador en uno de los lugares más sagrados de todo el Islam, justo en el mismo muro por donde entraban a la Gran Aljama de occidente los más grandes sabios.


Mira hacia atrás asqueado y se pregunta qué es esa explanada al otro lado del río y qué raro que no esté urbanizada. Le informan que para especular llegaron a coaccionaron (olé los valientes) a un indefenso pastor que tenía allí su ganado derribando su casa con total impunidad. En ese lugar, el Campo de la Verdad, cementerio musulmán donde se enterraron descendientes de reyes y los familiares de los emires, tenían previsto hacer, imitando a Sevilla allá por los noventa, una disneylandia cateta o isla mágica del baratillo, empezando en su día a meter la pala excavadora, merendándose muchas lápidas de mármol con caracteres árabes y latinos.


Sigue subiendo la calle observando como la mayor parte de los muros de la Gran Mezquita, la alhaha única, se encuentran afeitados y encalados color albero, de arena de plaza de toros, acorde con la sensibilidad frailuna: sabido es que donde ahora desangran toros, sobre la arena en la postguerra finiquitaban rojos, dándoles la vil clericalla el tiro de gracia, con extremaunción o sin ella.


Al fin ha llegado Barack Hussein a la misma Puerta Principal del sagrado edificio, asombro del mundo; no la primera por su grandeza arquitectónica, sino por su humanidad. La puerta del Emir Muhammed I, hizo pasar a los mayores potentados, humildes, por una angosta puerta; pero la cual ostenta la epigrafía en lengua coránica más antigua de Europa (según el arabista Levy-Provenzal) flanqueada por dos bajorrelieves esculpidos del Arbol de la Vida, símbolo sagrado hasta en Persia y la India. Y se da cuenta, indignado, que tan preciosos elementos culturales se hallan difuminados, sometidos con total desaprensión a las inclemencias del tiempo, sin protección alguna, con absoluto desprecio de los miserables responsables y la atroz ignorancia de los lugareños hacia tales joyas únicas, de valor universal e incalculable.
Ya se han informado de la augusta visita oficiosa varios canónigos y salen de su chiringuito vaticano eclesiástico cagando leches, pidiendo a los guardaespaldas que les dejen postrarse a los pies de su excelencia, frente a la barra de "El bandolero" para, según ellos, "llevarlo en volandas como un ángel del Señor". La respuesta de los corpulentos ex-marines del presidente no se hace esperar, no sólo declinan tal invitación, les apartan con brusquedad, barruntando que tras sus afeminados ademanes y verbo florido, lo que estén buscando sea darle un achuchón al "boss", pues todos conocen la fama de pederastas, mediando indemnizaciones a sus víctimas, que gozan en toda América tipos de la misma calaña que ciertos directores espirituales del españolismo más militante.


Recorre su majestad imperial el flanco norte para ver la "Calleja de las Flores", la cual uno de los paseantes, con pinta de navajero del Bronx, le ha dicho que es muy bonita. Penetra en la estrecha calle, llena de geranios y desde allí se recrea con la visión de la torre del campanario de la hoy catedral romana, símbolo de sus "tres culturas": clerical, beata y fascistoide.


Entonces repara en que en toda Mezquita debe haber un alminar... ¿Qué fué de él?. Un vendedor de "souvenirs" horteras le aclara que el antiguo  alminar se halla oculto dentro de la torre-campanario, encondonado por los cínicos si escrúpulos que al mismo tiempo desaconsejan el preservativo a los negros, tomando el sida por un reconfortante via crucis más en el camino hacia la salvación eterna.

 

Por vez primera ha sentido el número uno del Imperio profunda nausea.

 

Se dirige ya el todopoderoso señor del planeta, con su guardia pretoriana, decidido a entrar como un feligrés más para orar en un milenario templo: la mayor mezquita toda la tierra en su tiempo. Acercándose a una gitana que lee el porvenir en las rayas de la mano y ofrece romero, quiere saber como se llama el soberbio pórtico por el que se dispone a entrar, confundiéndola por la tez cobriza con alguien de origen árabe, educadamente saluda: "Salam A'leykum", a lo que responde la buena señora: "Ay, paaayo, que no t'entieeendo..."; pero un cordobés que pasa por allí, a la salutación responde sin dudarlo: "¡Poh Selah Malicón!", irradiando, derrochando esa soberbia "curtura", viviendo de las rentas, que nos da fama en todas partes. Unas cuantas llaves de judo de un vigoroso escolta al fulano, le hacen ver la misma "luz" que le arrastra, arrobado, detrás de los palios de la SS (Semana Santa), acompañados por la legión o la guardia civil (a costa de todos los contribuyentes "aconfesionales"), en traje de gala y con flores a María. Se entera por un asesor que la espléndida puerta mora por la que entrarán se llama del "Perdón", construida por cordobeses mudéjares-"domesticados", en árabe-: extraño mundo donde se piden disculpas por sus creencias a los implacables verdugos que les colonizan.


Al dueño del maletín nuclear, Excmo.Sr. Obama, tratan de interceptarlo cuatro vigilatas chulos del obispo: "¿Dónde vas, negrito, sin soltar la pasta pa pasar?", le vacilan. Antes de que vuelvan a gallear ya se encuentran con la boca besando el suelo y las rodillas de los vigorosos escoltas en sus lomos, con tres cuerpos de armario del "farwest" y un fuerte acento gringo que les frena en seco: "Stop cucaraichas!". A pesar de que viene a realizar tan sólo una sencilla oración pretenden hacerle pagar un dineral "voluntario", por toda la serena faz de los sotanudos chupones para cebar, aún más, al purpurado estado de Roma. Toma redoma.
No entiende que deban endosarle por la jeta un "impuesto revolucionario" a la salud del Vaticano, Estado que por el tiempo del cardenal Marzinkus y el banco Ambrosiano perpetró contra los EEUU la mayor estafa de la historia. Sin inmutarse, reducidas ya las ratas de sacristía, contempla al atravesar el Patio de los Naranjos que los esbeltos y armoniosos arcos que llenaban de Luz el bosque de columnas de la Aljama, maravilla del arte universal, se hayan tapiados burdamente, como si se dispusiese un paredón frente a un pelotón de ejecución.

Sigue avanzado el sultán del terrenal poder y descubre estupefacto que el templo máximo de la Civilización suprema de la Luz y del agua en movimiento, Al-Andalus, ahora parece el castillo de Drácula: oscurantismo y ominosas sombras le reciben amenazantes. Unas lámparas tenebreras de iluminación "gore" se alinean entre capillitas, muñequitos sacralizados y retablillos cutres.


Continúa perplejo nuestro primer héroe americano y al circunvalar la diadema única de todas las mezquitas del mundo, repara en que en el suelo pisa las tumbas de criminales inquisidores del pasado. Sacude las suelas de su calzado, sin saber que sobre su cabeza se alzan las que fueron artesonados y vigas de madera de cedro con preciosas inscripciones de ebanistería, sin preguntarse siquiera porque ahora son de cemento y si no terminarían hechas tablones en los almacenes de madera, junto a la torre de la Malmuerta, de el prócer don Baldomero-apodado "bandolero"-Moreno, durante el franquismo.


Entonces ve algo similar a un quiosco; le explican qué es un "confesionario", penoso lugar de delaciones para que los envidiosos y los cobardes se chivateasen a placer de sus vecinos, condenándoles a las cámaras de las torturas y a la hoguera, abrasándoles en medio del jolgorio popular.


No puede reprimir una arcada; pero el supermán estadounidense recibe el impacto final al ver, sin dar crédito, una catedral en medio de una mezquita, destruído ya para siempre su cuerpo central. No hay estómago que pueda resistir más y se pone a vomitar bajo un púlpito en el que está esculpido a tamaño natural un toro aplastado, agonizante. Aquí no tienen bastante con alancear, banderillear, estoquear y apuntillar a tan noble ser vivo en la plaza. Además hay que reventarlo para mayor gloria de su dios de la guerra y de la muerte.
Apenas repuesto tras vaciar su vientre por tanta ignominia, cuando ve el Mihrab, prodigio del Arte de todos los tiempos; sin embargo, al acercarse, clavadas en las columnas del mármol más preciado, por algún artistazo cordobita, se ha metido la piqueta hasta el corvejón y los barrotes de una mazmorra le separan de esta belleza sin par frente a la que inclinaron su orgullosa cerviz Abderrahman III o el invicto Almanzor...

No puede soportar tanta arbitrariedad y estupidez ni un segundo más y se postra de rodillas, con la cabeza algo inclinada, habiéndose descalzado como signo de veneración, en una postura que bien podría recordar el rito cristiano mozárabe.
En ese preciso instante sale el jefe de los seguratas, de improviso, sin haberse apercibido del repaso a sus subordinados a la entrada. "¡Moros de mier..., negratas asquerosos, os váis a enterar!", vocifera mientras da una patada a los zapatos, artesanía fina hecha a mano, del ciudadano norteamericano Nº 1; pero antes de que termine de escupir el vigilante sus exabruptos, un gigante afroamericano de 160 kilos de puro músculo le alza y hace patalear en el aire como un guiñol, arrojando al pelele a un par de metros de distancia sin despeinarse. Acto seguido, con la suela de la zapatilla del titán de ébano puesta en su racista cara, pasó por vez primera en su vida de entender el significado de "tolerancia" a comprender el de "respeto".


Mientras tanto el obispo de Córdoba no da señales de vida. Viperinas lenguas afirman que se suele perder en sus momentos sublimes de enclaustramiento, cuando sus dos novicios preferidos -los más aniñados-, le afilan y limpian el sable, regalo de un amigo suyo general, mientras con fruición en una cámara contigua se flagela, entre agudos chillidos de placer, en íntima manifestación de penitencia. Su nuevo títere en la alcaldía, un tal De la Caña, tampoco se ha enterado de los sucesos: ¿se encontraría tal vez en Sevilla pescando a ver si le pueden colocar en otro pesebre burrócrata?.


Al darse cuenta,  el señor del mundo mundial de Washington, la mezquindad que pueden alcanzar los seres humanos en su máximo estado de degradación, ha solicitado de inmediato un helicóptero para largarse de tan funesto y espantoso lugar, la portentosa ciudad de hace mil años, con sus incontables manuscritos y sabios; "Córdoba, ciudad bravía, que entre antigüas y modernas, tiene más de cien tabernas y una sola librería".


Ya se escuchan los rotores del moderno autogiro en el techo de la Gran Mezquita Aljama de Occidente. Mientras asciende observa que también huyen de allí despavoridas las palomas, roto su sepulcral silencio de siglos. Fluyen sus pensamientos al mirarlas absorto... Sí, a las que representan la paz debe repugnarles tanta vileza e ignorancia y se marchan para no volver. No se conoce un Pueblo hasta ver como trata a sus animales, toros u ovejas; o a sus cuidadores, los pastores: Pastores al igual que Abraham o Moisés. Sí, en la carne que ellos producen y nos alimenta podemos llegar a percibir un regusto amargo, del cruel desprecio de tantas generaciones. Pensó que igual que esos camareros de Córdoba o de cualquier otro sitio, amargados por la explotación hasta la médula, sin sonreir nunca, también la vid y el olivo conducen hasta el paladar el agridulce sudor, la sangre de los que han sido fustigados por el látigo inhumano del patrón o el cacique sin entrañas, justificado siempre por la cínica e hipócrita clericalla...
"Sr. Obama, Sr. Obama, por favor despierte...", dice la azafata del Air Force O­ne. "Vamos a aterrizar en suelo americano".


Por suerte, todo lo acontecido había sido una atroz pesadilla: de esas que parecen tan tan reales que se levanta uno con la boca seca y una profunda sensación de asco, mezclada con la esperanza de que al pasar la noche, despunte radiante el alba.


El alba anhelado, el alba... ¿Quizá no llegará jamás?. Mas la misma Aurora Roja renace, siempre.

La Aurora Roja...

Libre.

 

Córdoba a 6 de junio de 2009

Al-Hakam Morilla Rodríguez

FORO ABEN HUMEYA

 

 


Tags: Al-Andalus, Andalucía, Historia, Identidad, Soberanía, Córdoba Musulmana, Tolerancia

Publicado por NASOINAN @ 20:51
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