Martes, 26 de noviembre de 2013

El 28 de Febrero de 1980 Almería cambió la historia del Estado español. Si no llega a ser por el resultado del referendum por la autonomía que se produjo en esta provincia nada sería hoy como lo conocemos desde el punto de vista de la organización territorial.

Aquel día, después de un larga, dura e intensa batalla política, los andaluces tenían su destino en las manos por primera vez en muchos, muchos años. De los andaluces dependía acceder a la autonomía como vascos y catalanes, o hacerlo con el resto, que en realidad, al menos sobre el papel, lo único que hubiera supuesto es dilatar a lo largo de cinco años el acceso a la llamada "autonomía plena" en vez de asumirla automáticamente.

Después de un 4 de Diciembre en el que los diarios almerienses también reflejaban cómo las calles de la capital se llenaban la grito de "Andalucía Autonomía", llegaba la hora de la verdad. La hora de las urnas.

Si el resultado en Almería hubiera sido similar al del resto de provincias andaluzas, habríamos cumplido la exigencia legal y humillante que nos impusieron, pero no, las cosas dieron un vuelco radical.

Se impuso con la Constitución en la mano, que para acceder a la "autonomía plena", los síes debían suponer mayoría absoluta sobre el censo electoral en todas y cada una de las circunscripciones electorales. 

Con esa condición, por ejemplo, habríamos tenido que salir de la OTAN porque sobre 29 millones de votantes, los síes fueron 9 millones, el referendum de la Constitución Europea tampoco habría pasado ya que de más de 33 millones de llamados a las urnas no llegó a un tercio el voto favorable. Sólo la Constitución de 1978 y la ley para la reforma política hubiera superado ese escollo... y no del todo porque hubo territorios en los que ganó el no al sí.

 Siete de las ocho provincias superaron el trámite, con sangre, sudor y lágrimas... y desgraciadamente las tres palabras están cargadas de realidad y emoción.

En Almería, hubo 119.550 votos a favor de la autonomía plena, y 11.450 en contra, y 12.527 en blanco. El resultado estaba claro. Los síes eran diez veces más que los noes, y eso suponía una muestra inequívoca de lo que querían los almerienses, que no era otra cosa que no perder el tren autonómico.

Pero también es cierto que Almería no había logrado que los votos a favor de la autonomía plena superaran la mitad del censo electoral.

Ahí se reveló como radicalmente injusta la ley, y cuando las leyes con injustas, hay que cambiarlas. Y eso fue lo que se hizo.

No podía ser que siendo tan abrumador el voto autonomista en Almería, la abstención bloqueara no ya lo que la inmensa mayoría de almerienses quería, si no que además bloqueara lo que la inmensa mayoría de los demás andaluces también querían.

El resultado de Almería fue el que le dobló el pulso al Estado, porque obligó a que quienes querían humillarnos imponiéndonos sus condiciones, al final tuvieran que arrodillarse y cambiar su ley para aceptar nuestra realidad. Si en esta provincia los síes hubieran superado más de la mitad del censo electoral como en las demás, hubiéramos ganado, cierto, pero lo habríamos hecho a su manera, a la manera dictada por ellos, pero gracias a Almería, fueron ellos quienes se doblegaron.

 ¿Y la abstención de Almería? ¿qué quería decir? En democracia, quien no vota, no vota y punto. Se pueden hacer interpretaciones, se puede elucubrar, pero la realidad es la que es, no vota quien no quiere o quien no puede.

Hay que recordar que en aquel referendum, Almería era una de las provincias andaluzas en las que sólo había medios de comunicación del Estado, a los que se les prohibió difundir propaganda sobre el referendum, y que era el propio Estado quien estaba en contra de la autonomía andaluza, que el partido del Gobierno estaba tan en contra hasta el extremo de pedir la abstención (¿quien con cierta edad no recuerda el repugnante slogan de ese traidor llamado Lauren Postigo "andaluz, este no es tu referendum" con el logo de la UCD?). 

Pero recordemos también cual era la realidad de esta provincia, abocada a una emigración brutal, que provocaba tener un censo falso, mucho más falso que en otras más urbanas, en el que estaban inscritas miles de personas que no vivían aquí, pero que a los efectos de este referendum-trampa eran votos en contra. Y es que el que quiso y pudo decir no, dijo no.

 

¿Y qué habría pasado si no se cambia la ley tras el resultado de Almería? Lo primero es que se habría condenado a un pueblo a sufrir una injusticia amparada por la Ley. Y lo segundo es que cinco años después hubiéramos tenido autonomía plena. También que aquellos territorios que se vieron beneficiados por esa reforma legal en todo el Estado habrían tenido que esperar como nosotros.

Lo que también es verdad, es que treinta y tantos años después, cabe preguntarse si valió la pena todo aquello. Creo que sí, porque aunque nos hayan secuestrado la ilusión, aún estamos vivos para la rebelión.


Publicado por NASOINAN @ 11:00  | Colaboradores
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