Martes, 13 de noviembre de 2007
Al-Mu'tamid, rey y poeta

Antes de nosotros, pasaron reyes que fueron tan famosos como el sol que brilla en el horizonte. (Al-Mu'tamid)i>

Si los andalus?es hubiesen compuesto cantares de gesta, su h?roe indiscutible hubiese sido el rey al-Mu'tamid de Sevilla.Vamos a bosquejar brevemente la vida de al-Mu'tamid, este enfoque se fundamenta en la convicci?n de que debemos decir: "adem?s de poeta, fue rey"', y no viceversa.Por otra parte, no es de extra?ar, encontrar a un rey-poeta en el mundo isl?mico y mucho menos en al-Andalus, donde casi todos los soberanos versificaron. No obstante, la calidad literaria de las composiciones de al-Mu'tamid sobrepasa vertiginosamente la de otros, como se podr? comprobar.

De las numeros?simas an?cdotas sobre la vida de al-Mu'tamid, rey-poeta de Sevilla, con las que se podr?a presentar al lector, se ha escogido la m?s conocida, por lo menos entre los estudiantes y aficionados a la literatura andalus?, porque da ejemplo perfecto de dos de sus cualidades m?s caracter?sticas como rey, como hombre y como poeta: la sensibilidad y la espontaneidad.

El pr?ncipe Muhammad ibn 'Abbad encontr? en Silves a sus dos amores: a Ibn 'Ammar y a Rumaykiyya. El encuentro con la mujer fue recreado por alg?n autor desconocido en una peque?a pieza literaria, que forma parte de la leyenda de al-Mu'tamid y que recordaremos aqu?: el pr?ncipe e Ibn 'Ammar salieron un d?a disfrazados a pasear junto al r?o -nunca se dice que fuese el Guadalquivir-, a un lugar llamado la pradera de plata. La brisa rizaba el agua y al-Mu'tamid improvis? un verso:
La brisa ha hecho del agua una cota de mallas.

Seg?n la costumbre Ibn 'Ammar deb?a continuar el poema, en el mismo metro y con id?ntica rima, pero en aquel momento no le lleg? la inspiraci?n, pero una voz femenina recit?:
?Qu? loriga para el combate si se solidificase!.

Sorprendido al-Mu'tamid se volvi? hacia la mujer, que seg?n una de las versiones estaba lavando en el r?o, y se encontr? con un rostro bell?simo que le enamor?; le pregunt? qui?n era y si estaba casada, y la muchacha contest? que era Rumaykiyya, que su oficio era ocuparse de las ac?milas de su amo Rumayk ibn al-Ha???? y que era soltera. Al-Mu'tamid se la llev? a su palacio y la despos?.

La historia es una creaci?n literaria: los versos pertenecen a Ibn Wahb?n de Murcia y a Ibn Hamd?s de Siracusa, que los dijeron junto al Guadalquivir, pero el relato recrea un hecho hist?rico: el enamoramiento del pr?ncipe 'abbad? de una esclava llamada Rumaykiyya, a las orillad del r?o Silves, a?orado en los versos de al-Mu'tamid, y en donde, tal vez, podamos identificar con Rumaykiyya, a la muchacha del brazalete curvado, cuyo recuerdo destacaba entre las dem?s.
Rumaykiyya se convertir?a en la ?nica esposa leg?tima del numeroso har?n de al-Mu'tamid, con el t?tulo de as-Sayyida al-Kubr?, o gran se?ora y con el nombre de Umm Rab?' I'tim?d, de cuyas letras formar?a al-Mu'tamid su propio nombre real.

El amor entre la pareja dur? durante toda la vida de ambos. Al-Mu'tamid olvida su personalidad dominante y se vuelve sumiso ante el amor femenino, como perfecto enamorado cort?s. El mismo se lo dice a I'tim?d:
Me dominas, objetivo dif?cil de alcanzar:has encontrado que mi amor, es f?cil de llevar.

Y Rumaykiyya supo someter el coraz?n de su amante, mostr?ndose unas veces esquiva y otras veces entregada, en un juego que permiti? que persistiese la llama juvenil encendida en Silves. As? al-Mu'tamid se queja de su desv?o en este bello poema:

El coraz?n persiste y no cesa;
la pasi?n es grande y no se oculta;
las l?grimas corren como las gotas de lluvia,
el cuerpo se agosta con su color amarillo;
y esto sucede cuando la que amo, a m? me est? unida:
?Qu? ser?a, si de m? se apartase?.

Jam?s en la historia de al-Andalus floreci? tan brillante y genialmente la poes?a como durante el reinado del tercer y ?ltimo rey 'abb?d? de Sevilla, al-Mu'tamid ibn 'Abb?d.

La anterior an?cdota, adem?s de su fuerte sabor rom?ntico, demuestra a cu?ntos niveles sociales penetr? el sentimiento po?tico entre los sevillanos de la pen?ltima etapa de desarrollo cultural de lo andalus?, en suelo tambi?n andalus?. Ya constituye casi un lugar com?n hablar de la vida de al-Mu'tamid como "pura poes?a en acci?n", como dijo Emilio Garc?a G?mez. Desde luego, esa afirmaci?n es cierta, pero no lo es menos el que el Reino de Sevilla y sus habitantes aportaran el ambiente fundamental para que la poes?a floreciera de modo tan generalizado, desde la m?s humilde esclava hasta el mismo rey.

Fue una feliz y afortunada mezcla vital de poes?a y pueblo, pueblo y poes?a, que permiti? una actuaci?n de ambos tan compenetrada que apenas se distingu?an. Todo esto carg? el mundo sevillano de dulce ensue?o y un sentido, no siempre falso, de bienestar.

Cuando I'tim?d ar-Rumaykiyya ya llevaba varios a?os como favorita de al-Mu'tamid, quien no s?lo la amaba, sino que se dejaba arrastrar por su desenfrenada pasi?n hacia ella, se asom? un d?a por una ventana del palacio real y vio a algunas mujeres pisando barro para preparar ladrillos. Esto le record? sus d?as de mozuela cuando sol?a hacer lo mismo y quebr? en sollozos nost?lgicos. Pidi? a su marido, con gran demostraci?n de enfado, que le dejara hacer lo mismo. Al-Mu'tamid hizo llenar una alberca, seg?n D. Ju?n Manuel, de "azucar, canela, jenjibre, ?mbar y algalia con otras especies y perfumes". Luego dio orden que se mezclara todo con agua de rosas. En este barro permiti? a I'tim?d pisar alegremente en compa??a de sus amigas e hijitas.

La pasi?n juvenil se convertir?a con los a?os en un amor sereno, s?lo perturbado por las obligadas ausencias de al-Mu'tamid que se desped?a con bellos versos de amor. El famoso acr?stico en el que cada verso comienza con una letra del nombre de I'tim?d, es una de estas despedidas:
Invisible tu persona a mis ojos,
est? presente en mi coraz?n;
Te env?o mi adi?s con la fuerza de la pasi?n,
con l?grimas de pena, con insomnio;
Indomable soy, y t? me dominas,
y encuentras la tarea f?cil;
Mi deseo es estar contigo siempre!
Ojal? pueda concederme ese deseo!
?Aseg?rame que el juramento que nos une,
no se romper? con la lejan?a;
Dentro de los pliegues de este poema,
escond? tu dulce nombre I'tim?d.

El Islam no condena el placer, p?lido reflejo de las delicias del para?so (?anna), pero s? su exceso. Este fue el error de al-Mu'tamid: su desmedida sensualidad. Ibn al-Abb?r, por ejemplo, alaba su car?cter generoso e indulgente y poco proclive a derramar sangre, al contrario de su padre, el sanguinario al-Mu'tadid, pero afirma que la causa de su perdici?n, fue su excesiva entrega a los placeres, al vino y a la poltroner?a.

Las fuentes tard?as, influidas por la historiograf?a literaria que rodea a al-Mu'tamid y a I'tim?d, acusan a esta ?ltima de ser la causa de la decadencia moral del reino de Sevilla, por boca de los alfaqu?es se dice que ella era la causa de la debilidad de las pr?cticas isl?micas de la poblaci?n. Este importante papel de corruptora de los sevillano, dif?cilmente pod?a ser desempe?ado por I'tim?d, a la que las fuentes contempor?neas a los hechos, no destacan de las otras concubinas que acompa?an a al-Mu'tamid en el destierro, como madres de sus hijos. Es interesante se?alar, por el contrario, que la ?nica huella arqueol?gica que dej? la existencia de I'tim?d, es una l?pida que conmemora la construcci?n de un alminar de una mezquita en Sevilla, y que ella coste?, acto muy alejado de esa imagen anacr?nica de corruptora del pueblo.

Lo cierto es que I'tim?d sigui? siempre a su esposo, tanto en los placeres como en sus desgracias. Con ?l fue al destierro y su presencia, como madre doliente, a?n aparece en los versos del exilado.

La persona y el reinado de al-Mu'tamid aportaron mucho a la definitiva forja de algunos rasgos que hoy se identifican con "lo andaluz". Por ejemplo, lo que podr?amos llamar el "fatalismo feliz" en la siguiente historia:

"Despu?s de largo tiempo de estar aterrorizando los caminos de Sevilla, las autoridades lograron capturar al famoso bandido apodado "El Halc?n Gris"', -y lo crucificaron en los alrededores de la ciudad. Mientras esperaba as? la muerte, con su mujer e hijos al pie de la cruz, dando grandes lamentaciones, un mercader de trajes pas? por el camino. El Halc?n Gris implor? al hombre que se acercase. Le explic? c?mo hab?a llegado a esa lastimosa situaci?n y que quer?a terminar su vida con una obra en beneficio de los que estaban a punto de convertirse en viuda y hu?rfanos. Hac?a poco, dijo, hab?a robado una gran cantidad de dinero y, antes de su arresto, lo arroj? a un pozo que se encontraba a dos pasos de aquel sitio. Le indic? el camino rog?ndole recoger el dinero y entregarlo a su mujer. En cuanto el avaricioso mercader baj? al pozo por una soga el ladr?n mand? a su mujer que la cortara. Siguiendo sus instrucciones llev? el burro del mercader y todos sus bultos al mercado de Sevilla y lo vendi? todo por una importante suma de dinares. Cuando por fin los gritos lanzados desde el fondo seco del pozo fueron o?dos y el hombre sacado de all?, las noticias de lo sucedido corrieron por Sevilla. Al-Mu'tamid, maravillado, mand? bajar al ladr?n de la cruz y traerle a su presencia. Le pregunt? c?mo era posible que, balance?ndose entre el Para?so y el Infierno, se le hubiera ocurrido cometer un crimen m?s. El Halc?n Gris le contest? que si el rey supiera lo delicioso que es enga?ar a la gente, dejar?a su trono para dedicar su vida al bandidaje. Al-Mu'tamid le perdon? la vida y le dio un puesto en la guardia real".

Este cuento demuestra no s?lo la generosidad de al-Mu'tamid y la astucia del ladr?n sino, y esto es m?s importante, el aprecio que tuvieron los sevillanos por estas dos cualidades.

El tema de la generosidad en la poes?a de al-Mu'tamid es una constante muy destacable a lo largo de su desarrollo po?tico. Le gustaba que el pueblo lo conociera as?.Incluso financi? una especie de academia de poetas, fundada por su padre, en que los mejores versos fueron espl?ndidamente recompensados. Otros monarcas de estos tiempos, tambi?n dedicados a la poes?a, reun?an en sus cortes a poetas de menor talla ya que, como observaba Abu-1-'Arab Mus'ab as-Siyilli, "(al-Mu'tamid) era uno de los maestros del arte (de la poes?a), y muchas veces los poetas lo evitaban por eso, salvo que conoc?an su superioridad y ten?an confianza en ella".

En una ocasi?n 'Abd al-Yalil ben Wahb?n de Murcia expresaba en verso su duda acerca de un rey fabuloso que regal? mil pesos (mizq?l) a un poeta cuyos versos fueron de su agrado. A1 o?r esto al-Mu'tamid mand? darle en seguida dicha cantidad.

Ser?a interesante calcular en t?rminos generales el dinero que al-Mu'tamid regal? a sus poetas y s?bditos. Hay un sinf?n de cuentos sobre esta prodigiosa generosidad del ?ltimo rey 'abbad?, algunos veraces, otros no tanto. Adem?s de estos regalos ten?a que abonar dinero, de "protecci?n'" como dir?amos ahora, a Alfonso VI, igual que hac?a su padre a Fernando I. Incluso una vez pag? 30.000 pesos a Ram?n Berenguer II para rescatar a su hijo torpemente entregado por Ibn 'Ammar. E1 tesoro del reino sevillano parec?a un pozo sin fondo. Sobre todo, a al-Mu'tamid le gustaban sus brillantes tertulias (ma?lis) entre amigos poetas, esbeltos coperos y coquetonas esclavas cantoras. Para entrar en su c?rculo ?ntimo de confidentes hab?a que mostrar no s?lo una gran capacidad versificadora, sino tambi?n de improvisaci?n. Despu?s de la toma de Sicilia por los normandos en 1078 el poeta de Siracusa llamado Ibn Hamdis pas? a al-Andalus tras una corta estancia en T?nez. Intent? granjearse el favor de al-Mu'tamid, pero durante mucho tiempo ?ste no le hizo caso. Por fin, una noche el monarca 'abb?d? le llam? al palacio para poner a prueba su habilidad po?tica. Por una ventana se ve?a a lo lejos una f?brica de vidrio en la cual se observaban dos luces procedentes de sendos hornos. Al-Mu'tamid improvis?:
M?ralos, como dos estrellas en la oscuridad.
Ibn Hamdis respondi?:
Como la ronda entre sombras del le?n.
Dijo al-Mu'tamid cuando las puertas de los hornos se cerraban:
Abre los ojos, luego los cierra.
Ibn Hamdis:Como los p?rpados de ojos inflamados.
Dijo al-Mu'tamid cuando vio que las puertas se abrieron de nuevo y entonces se cerr? s?lo una:

Mas el Destino vence la lumbre de uno.
Ilm Hamdis termin? as?:
?Qui?n se salva de sus garras?.

En otra ocasi?n, le llam? la atenci?n a al-Mu'tamid el paso sensual de una bella muchacha vestida con un traje tan ligero que casi era transparente. Llam? a la chica y le verti? un gran frasco de agua de rosas encima. Compuso entonces este verso:
Me enamor? de su fina cintura y paso seductor entre lanzas y espadas.

Lo mand? a Abu Walid al-Batalyausi, llamado al-Nahli, para que lo terminara. ?ste le envi? r?pidamente unos hermosos versos que empiezan as?:
Su belleza es seductora
y su piel tan delicad?sima que casi,
se ve su interior por fuera.
Est? mojada de agua rosal;
de su hermoso cabello caen gotitas
como el roc?o del ala de un p?jaro.

Sin embargo, no todos los poetas estaban satisfechos con la vida en la corte de al-Mu'tamid. Abu-l-Muzarrif ben al-Dabbag, por ejemplo hab?a sido acusado de pintarse los dedos, cosa permitida ?nicamente a las mujeres. Compuso entonces estos versos:
Sevilla desde?a a los nobles,
acus?ndoles de actos reprochables,
mientras alaba a los imb?ciles insulta a los de valor.

A esto respondi? Ilm 'Amm?r:
Tu poema es rid?culo,
y tus acciones fr?volas.
?Cu?ndo Sevilla no honr? a los nobles,
o despreci? m?s que viles criminales?.
Pero el poeta con quien m?s contacto tuvo, y quien cambi? su vida y la historia del reino, fue el poeta-aventurero Ibn 'Amm?r.
Un d?a mientras paseaban juntos oyeron la lejana llamada de un almu?dano. Al-Mu'tamid improvis?
:El almu?dano comenz? su llamada.
A esto le respondi? Ibn 'Ammar:
Suplicando as? el perd?n de Allah.A
l-Mu'tamid: Bendito sea el que da testimonio de la verdad.
Ibn 'Amm?r:S?lo si su intenci?n es tan veraz como su lengua.

Ni siquiera los contratiempos militares, que claramente pregonaban la inminente ca?da, pod?an refrenar la b?squeda de la perfecta met?fora o la m?s elegante y refinada expresi?n. M?s bien al contrario, como suele ocurrir en el arte cuando las circunstancias parecen desesperadas.

A?n cuando sobrevino el desastre de 1091, sigui? funcionando la m?gica compenetraci?n entre el rey y su reino. Al-Mu'tamid, desde su penoso destierro en el Norte de ?frica, compuso los mejores poemas de su diw?n utilizando con gran efecto uno de los elementos sentimentales m?s inherentes en la poes?a ?rabe: la a?oranza por el campamento abandonado.

De todos los poetas de la corte de al-Mu'tamid el m?s fiel fue sin duda, Ibn al-Labb?na. Compuso un largo poema lamentando la ca?da del poder de los 'Abbad?es. Al final del mismo describ?a la ?ltima despedida de Sevilla de al-Mu'tamid, su querida I'tim?d y algunos hijos que a?n quedaban con vida, cuando se dirig?an a su destierro africano:
Jam?s olvidar? la amanecida
junto al Guadalquivir, cuando en las naves,
estaban como muertos en sus fosas.
La gente se apretaba en las riberas
mirando aquellas que flotaban
sobre los blancos lechos de la espuma.
Descuidadas las v?rgenes,
los velosdestapaban los rostros, que, cruelmente,
m?s que los mantos, el dolor rasgaba.
Cuando lleg? el momento
?Qu? tumultode adioses!.
?Qu? clamor el que a porf?a
las doncellas lanzaban y galanes!.
Partieron, con sollozos, los bajeles,
como la caravana perezosa
que arrea con su canto el camellero.
?Ay, cu?nto llanto se llevaba el agua!.
?Ay, cu?ntos corazones se iban rotos
en aquellas galeras insensibles!.

Al-Mu'tamid vio morir a sus hijos m?s queridos, a los hijos nacidos de Rumaykiyya, y los llor? en su destierro. Llor? a al-Ma'm?n y ar-R?d? en el siguiente poema:
La t?rtola llora al ver dos enamorados juntos en el nido,
al atardecer, porque ella ha perdido a su amado;
Llora sin l?grimas, mientras las m?asson m?s abundantes que las gotas de lluvia;
su zureo, la descubre y prefiere guardar susecreto, sin emitir gemido;
m?s ?por qu? no voy a llorar yo?.
?Mi coraz?n es depiedra?,
pues a?n de las piedras brotan los r?os.
Ella llora a un solo ser amado que ha perdido,
?Yo lloro a muchos de los m?os!,
a mi hijito peque?o, a mi amigo fiel,
a aqu?l le desgarra la miseria, a ?ste le ahog? el mar;
y a aquellas dos estrellas, ornato del mundo,
que reposan en sus tumbas,
uno en C?rdoba, el otro en Ronda.
Ser?a culpable si impidiese llorar a mis p?rpados,
pues s?lo se cura el alma con la resignaci?n;
Di a las brillantes estrellas que lloren conmigo
por ellos dos, que eran como estrellas, rutilantes astros.

La enfermedad de su esposa, aument? la desesperaci?n de al-Mu'tamid. El que amaba tanto la vida, dice al m?dico que cuidaba de I'tim?d:
?Acaso la muerte no es preferible a la vida,
para un desgraciado de desdicha larga?.
Si cada uno desea encontrar su amor
yo no deseo sino hallar la muerte.

Muertas la esperanza e I'tim?d, el prisionero languidece r?pidamente. Sinti?ndose morir, compones su propio epitafio en que describe, si no lo que fue, lo que quiso ser:

Mullan las nubes con perenne llanto
tu blanda tierra, oh tumba del exilio
que del rey Ibn 'Abbad cubres los restos.
Guardas con ?l tres ?nclitas virtudes:
ciencia, merced, clemencia, congregadas;
la f?rtil abundancia que las hambres
vino a extirpar, y el agua en la sequ?a.
Cobijas al que lides ri?? invicto
con la espada, la lanza, y con el arco;
el que al fiero le?n fue dura muerte;
?mulo del destino en las venganzas;
del oc?ano en derramar favores;
de la luna en brillar entre sombras;
la cabecera del sal?n.
Si cierto:
no sin justicia, con rigor exacto,
un designio celeste vino a herirme.
Pero, hasta este cad?ver, nunca supe
que una monta?a alt?sima pudiese
caber en temblorosas parihuelas.
?Qu? quieres m?s, oh tumba?.
S? piadosa
con tanto honor que a tu custodia f?an.
El rugidor rel?mpago ce?udo,
cuando cruce veloz estos contornos,
por m?, su hermano -cuya eterna lluvia
de mercedes refrenas con tu laud-
llorar? sin consuelo.
Y las escarchasen ti l?grimas suaves, gota a gota,
destilaran los ojos de los astros,
que darme no supieron mejor suerte.
?Las bendiciones del Se?or desciendan,
insumisas a n?mero, incesantes,
sobre quien pudre tu caliente seno!.


Tras el fallecimiento de I'tim?d, al-Mu'tamid no tard? sino unos meses en seguirla (1095/488).

Su mejor epitafio fue sin duda las palabras de Ibn al-Abb?r, tomadas seguramente de Ibn al-Labb?na:Se gan? el amor y la compasi?n de las gentes: a?n hoy le lloran.

LOS ?ABB?D?ES, REYES DE SEVILLA

?Abb?d?es (Ban? ?Abb?d, en ?rabe) es el nombre de una dinast?a que rein? durante la mayor parte del siglo XI en la parte sudoeste de al-?ndalus, con Sevilla como capital. Sevilla, que comenz? siendo uno m?s de los peque?os reinos en que se dividi? al-?ndalus con la desintegraci?n del califato omeya de C?rdoba, pas? a convertirse en el centro de un intento, consciente o inconsciente, de reunificaci?n.
El desmembramiento del califato cordob?s y la fragmentaci?n pol?tica del pa?s en beneficio de los reyes de taifas (mul?k at-taw?if) -?poca de aventureros y de indudable esplendor cultural a pesar de las divisiones-, fueron aprovechados por el cadi (juez) de Sevilla Ab? l-Q?sim Muhammad ibn ?Abb?d para proclamarse en 1023 como m?xima autoridad en la ciudad. Era hijo de un ilustre jurista andaluz, Ism??l ibn ?Abb?d. Cuando se arrog? el poder, comenz? por reconocer la soberan?a del rey hamm?di Yahy? ibn ?Ali de M?laga, pero pronto desech? esta marca de sujeci?n, que de todas maneras era meramente nominal. Hay poca informaci?n sobre su reino, que estuvo consagrado sobre todo a dirimir diferencias con la dinast?a de los ?ahwar?es de C?rdoba y otros peque?os se?ores del sur de Andaluc?a. Muri? el a?o 1042.

Su hijo, Ab? ?Amr ?Abb?d ibn Muhammad, fue, en el curso de su reinado de casi treinta a?os (1042-1069), quien agrand? considerablemente el territorio del principado de Sevilla, convirti?ndose en el campe?n de la causa andaluza contra la influencia de los bereberes cuyo n?mero hab?a aumentado considerablemente en la ?poca de al-Mans?r (Almanzor) y sus descendientes, quienes se hab?an apoyado en los africanos para sus campa?as contra los cristianos y para mantenerse en el poder en C?rdoba antes de la disoluci?n del califato.

Cuando sucedi? a su padre, el nuevo rey de Sevilla, que contaba entonces veintis?is a?os, tom? el t?tulo honor?fico (l?qab) de al-Mu?tadid bill?h, bajo el que es m?s conocido. Dotado de aut?nticas cualidades pol?ticas, al-Mu?tadid se propuso reunificar al-?ndalus. Desde su advenimiento, al-Mu?tadid continu? la lucha empezada por su padre contra la peque?a dinast?a bereber de Carmona. Al mismo tiempo, se preocup? por extender su reino hacia el oeste, entre Sevilla y el oc?ano Atl?ntico: con este objetivo desafi? y atac? a los se?ores de M?rtola y Niebla. Ante los ?xitos del rey de Sevilla, los otros mul?k at-taw?if formaron contra ?l una especie de liga enla que entraron los pr?ncipes de Badajoz, Algeciras, Granada y M?laga. Se inici? as? una guerra entre la dinast?a ?abb?d? de Sevilla y la dinast?a aftas? de Badajoz, que dur? varios a?os a pesar de los intentos de mediaci?n del pr?ncipe ?ahwar? de C?rdoba. Manteniendo su hostigamiento sobre las fronteras de Badajoz, al-Mu?tadid desafi? al se?or de Huelva, de Saltes, de Silves y de Santa Mar?a del Algarbe, y acab? anexion?ndose sus principados.

Para justificar sus agresiones, al-Mu?tadid afirm? estar defendiendo la causa del califa omeya Hish?m II, al que pretend?a haber encontrado tras su oscura desaparici?n a?os antes. Pretend?a restituir a ese pseudo-Hish?m el califato cordob?s, reunificado y pacificado. Para no atraerse la ira del rey sevillano, la mayor parte los jefes bereberes establecidos en las monta?as del sur de Andaluc?a consintieron esa puesta en escena de un pretendido omeya y prestaron homenaje tanto al rey ?abb?d? como al emir sacado a la luz por las necesidades de la causa de al-Mu?tadid, pero al mismo tiempo cuidadosamente secuestrado por ?l. Pero la aceptaci?n formal del pr?ncipe omeya no bastaba a al-Mu?tadid, que reuni? en su palacio de Sevilla a los jefes bereberes y los hizo morir asfixiados en las termas cuyas oberturas hizo tapar. As? fue como se apropi? de Arcos, Mor?n y Ronda.

Eso fue bastante para desatar el furor del m?s poderoso pr?ncipe bereber de al-?ndalus, el zir? B?dis ibn Hab?s, rey de Granada, y que parec?a el ?nico capaz de hacer frente a al-Mu?tadid. Abierta la guerra, la fortuna continu? favoreciendo al sevillano, que conquist? Algeciras a los hamm?d?es de M?laga. Intent? apropiarse C?rdoba y envi? con ese objetivo una expedici?n confiada a su hijo Ism??l: ?ste quiso aprovecharse de la circunstancia para rebelarse y crear en su provecho un reino del que Algeciras ser?a la capital. Ese proyecto temerario le cost? la vida. Y ese fue el comienzo de la carrera pol?tica de otro de los hijos de al-Mu?tadid, Muhammad al-Mu?tamid, que lo suceder?a a su muerte: bajo las ?rdenes de su padre fue a prestar ayuda a los malague?os contra el rey de Granada, pero B?dis derrot? al ej?rcito sevillano y al-Mu?tamid tuvo que refugiarse en Ronda desde la que solicit? y obtuvo el perd?n de su padre. Hac?a ya tiempo, el rey de Sevilla hab?a repudiado la f?bula del pseudo-Hish?m, de la que ya no ten?a necesidad: ?l era el rey m?s poderoso e incontestable de Andaluc?a. No ten?a m?s enemigos que los reyezuelos que imped?an la reunificaci?n de al-?ndalus, que. si bien eran musulmanes como ?l, estaban tan alejados de su ideal como los cristianos del norte de la Pen?nsula.

Cuando el poderoso soberano de Sevilla muri? el a?o 1069, su hijo Muhammad ibn ?Abb?d, m?s conocido bajo el l?qab honor?fico de al-Mu?tamid bill?h tom? posesi?n de un reino considerablemente engrandecido y que englobaba la mayor parte del sudoeste de la Pen?nsula ib?rica.

En el segundo a?o de su reino, al-Mu?tamid pudo anexionar a su reino el principado de C?rdoba sobre la que hab?an reinado los ?ahwar?es. Ello supuso un agravio para el rey de Toledo, al-Ma?m?n. Un joven pr?ncipe, hijo de al-Mu?tamid, fue nombrado gobernador de la antigua capital de los omeyas. Pero, a instigaci?n del rey de Toledo, un aventurero, de nombre Ibn ?Ukk?sha, pudo, en el 1075, apoderarse por sorpresa de C?rdoba, donde dio muerte al pr?ncipe ?abb?d? y a su general Muhammad ibn Mart?n. Al-Ma?m?n tom? posesi?n de la ciudad, en la que muri? seis meses despu?s. A la vez herido en su amor de padre y en su orgullo de soberano, durante tres a?os al-Mu?tamid despleg? vanos esfuerzos por recuperar C?rdoba. Lo logr? en 1078, dando muerte a Ibn ?Ukk?sha y consigui? que toda la parte del reino de Toledo situada entre el Guadalquivir y el Guadiana pasara a formar parte del reino de Sevilla. Pero hizo falta toda la habilidad de su visir Ibn ?Amm?r (el Abenamar de las cr?nicas cristianas) para que una expedici?n de Alfonso VI de Castilla contra Sevilla acabase pac?ficamente mediante la aceptaci?n del pago de un doble tributo.

Los pr?ncipes cristianos supieron sacar provecho de las luchas sangrantes que divid?an a los musulmanes en t?ifas -peque?os reinos independientes en continua pugna-, y la ofensiva contra Andaluc?a avanz? tras el retroceso que le hab?a impuesto el califato omeya y la dictadura de al-Mans?r y sus descendientes (los ??mir?es). A mediados del siglo XI, muchas de las peque?as dinast?as que reinaban en al-?ndalus -enfrascadas en rivalidades- se vieron obligadas a a buscar, mediante el pago de pesados tributos, la neutralidad temporal de sus vecinos cristianos, que, parad?jicamente, eran la verdadera amenaza para su supervivencia. Los cristianos supieron aprovechar la debilidad pol?tica de los musulmanes y sacarle beneficio econ?mico a la vez que progresaban hacia el sur. Poco tiempo antes de la sonada conquista de Toledo por Alfonso VI, en el 1085, al-Mu?tamid comenz? a debatirse en las peores dificultades. Bajo los consejos imprudentes de su visir Ibn ?Amm?r, al-Mu?tamid intent? anexionar a su reino, despu?s de C?rdoba, tambi?n Murcia donde reinaba Muhammad ibn Ahmad ibn T?hir. En 1078, Ibn ?Amm?r se present? ante el conde de Barcelona -Ram?n Berenguer II- y le pidi? su ayuda para conquistar Murcia mediante el pago de miez mil dinares; a la espera del pago de esta suma, un hijo de al-Mu?tamid, ar-Rash?d, servir?a de reh?n Despu?s de movidas peripecias que acabaron con el pago de una suma tres veces m?s importante, Ibn ?Amm?r retom? su proyecto de conquista de Murcia y lo consigui? pronto gracias a la ayuda del se?or del castillo de Bil? (la actual Vilches), Ibn Rash?d. Pero una vez en Murcia, Ibn ?Amm?r, de personalidad exc?ntrica, no tard? en hacerse intolerable para el rey de Sevilla. Tuvo que huir de Murcia, y se refugi? sucesivamente en Le?n, Zaragoza y L?rida. De vuelta a Zaragoza, intent? ayudar al pr?ncipe de la ciudad, al-M?tamin ibn H?d en su expedici?n contra Segura, pero finalmente fue hecho prisionero y entregado a al-Mu?tamid, quien, a pesar de los lazos de amistad que durante mucho tiempo los hab?an unido, lo mat? con sus propias manos. Mientras tanto, Alfonso VI ya no ocultaba su intenci?n de conquistar Toledo, que hab?a comenzado a bloquear desde el a?o 1080. Por desacuerdos en torno al tributo que deb?a pagar anualmente al-Mu?tamid, Alfonso Vi hizo una incursi?n contra el reino de Sevilla, destruy? las florecientes aldeas del Aljarafe y avanz?, por el distrito de Sidona hasta Tarifa, donde se glorific? de haber alcanzado el l?mite de al-Andalus.

La conquista final de Toledo por Alfonso Vi fue un duro golpe para el Islam en Andaluc?a, ya que habr?a las puertas para un avance efectivo de los cristianos hacia el sur de la pen?nsula. El rey de Castilla no tard? en exigir a al-Mu?tamid la devoluci?n de las posesiones que hab?an formado parte del reino de Toledo: una parte de las provincias de la actual Ciudad Real y Cuenca. Simult?neamente, aumentaba su presi?n sobre los dem?s reinos musulmanes de al-?ndalus. En todas partes, el pueblo andalus? exig?a a sus pr?ncipes que demandaran la ayuda del sult?n almor?vide Y?suf ibn T?shf?n que, en una progresi?n irresistible, se hab?a ido adue?ando del Magreb reunific?ndolo y fortaleci?ndolo. Se decidi? enviarle una embajada compuesta por delegados de Sevilla, Badajoz, C?rdoba y Granada. Y?suf ibn T?shf?n decidi? ayudar a los andaluces y atraves? el Estrecho de Gibraltar. Inflingi? a los ej?rcitos cristianos aliados contra ?l una gran derrota en octubre de 1086 en Zall?qa, no lejos de Badajoz. Requerido en ?frica, Y?suf volvi? a su poderoso reino. Los pr?ncipes andaluces, que segu?an envueltos en sus querellas, no supieron sacar provecho a la victoria del almor?vide. Su incapacidad aument? su desprestigio.

Tras la partida de Y?suf ibn T?shf?n, las tropas cristianas comenzaron de nuevo a hostigar las fronteras de al-?ndalus, y los alfaqu?es presionaron de nuevo para que se volviera a requerir el auxilio de los almor?vides. Al-Mu?tamid en persona se dirigi? a Marrakech para pedir a Y?suf que acudiera en ayuda de los musulmanes en Andaluc?a. El sult?n almor?vide cruz? por segunda vez el Estrecho en primavera del 1088 y comenz? el asedio de Aledo. Constat? que la situaci?n en Andaluc?a era irresoluble debido al ego?smo y avidez de sus pr?ncipes. Estimulado por el sentimiento popular y los consejos de los alfaqu?es, decidi? reunificar al-?ndalus bajo su autoridad. En poco tiempo, consigui? decisivas y f?ciles victorias en Tarifa, C?rdoba, Carmona y Sevilla, que permitieron acabar con los reinos de taifas. Al-Mu?tamid, hecho prisionero con sus mujeres e hijos, fue enviado primero a T?nger, despu?s a Mekn?s y, por ?ltimo, a Agm?t, no lejos de Marrakech, donde llev? una existencia miserable durante varios a?os hasta que muri? a la edad de cincuenta y cinco a?os, en el 1095. Con ?l acab? de la dinast?a ?abb?d?, que puede ser considerada, a pesar de las circunstancias de la ?poca, como la m?s brillante del periodo de taifas y bajo la que las artes y las letras brillaron con un esplendor incluso superior a la de la Andaluc?a del siglo XI.

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Publicado por NASOINAN @ 12:32  | Biografias
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