Mi?rcoles, 14 de noviembre de 2007
Ibn al - Arabi es una de esas poderosas y excepcionales individuales que han marcado con su impronta el pensamiento isl?mico, renov?ndolo y marc?ndole derroteros insospechados. Para comprender su ingente obra y situarlo en un marco adecuado, es necesario renunciar a dos repetidas actitudes: por un lado, separar historia de la filosof?a e historia del sufismo suponi?ndolos antag?nicos (realmente es imposible marcar una l?nea divisoria dentro del Islam entre la actitud reflexiva y la experiencia m?stica), por otro lado, renunciar tambi?n al esquema con el que se contentan los manuales de historia de la filosof?a que a?n persisten en confundir la filosof?a o el pensamiento en el Islam, reduciendo a cinco o seis grandes nombres todo su proceso, los conocidos por la escol?stica latina.
Es tambi?n un lugar com?n dentro de este m?sero esquema considerar que la cr?tica de al - Ghazali hab?a asestado el golpe mortal a la filosof?a, y que con Ibn Rushd (Averroes), el gran pensador de C?rdoba, el mismo con el que habr?a de encontrarse un Ibn al - Arabi todav?a adolescente, representa su apogeo y t?rmino. Es irrisorio detener el destino de la reflexi?n filos?fica del Islam en esa pat?tica pugna entre el oriental al - Ghazali y el andaluz Ibn Rushd. Precisamente,es a la muerte de este ?ltimo cuando el pensamiento Isl?mico va a alcanzar alt?simas cotas en Ibn al - Arabi, que deja detr?s una rica escuela que a?n perdura, y en Oriente se asiste a un florecimiento renovado del avicenismo, a la par que se desarrollan nuevas tendencias, descollando la del iran? Sohrawardi, que dar?n sus mejores frutos a lo largo de los siglos XVI y XVII. La vida de Abu Barkr Muhammad Ibn al - Arabi (o Ibn Arabi), comienza en Murcia donde naci? el 17 de Ramad?n del 560 h. (28 de julio de 1.165). Los sobre nombres de nuestro shayj son bien conocidos: Muhyid - din (revivificador del Islam) y Ash - Shayj al - Akbar ( el maestro m?s grande). A los ocho a?os se traslado a Sevilla donde estudia y llega a las adolescencia llevando una vida c?moda y refinada en una ciudad que est? conociendo los mejores momentos de su historia. Contrae matrimonio por primera vez con la joven de la que nos habla en t?rminos de respetuosa devoci?n. Conocemos la biograf?a de Ibn al- Arabi a trav?s de su propia obra. Acorde con su poderosa personalidad, es m?s bien una transhistoria simbolizando acontecimientos interiores. Los datos en los que se subscribe no son m?s que puntos de partida exteriores. As?, lo encontramos en esa primera etapa de su vida sumido de repente en una grave enfermedad, la fiebre le produce un profundo letargo. Se le cree muerto, mientras que en su universo interior se agita en un mundo de im?genes sugestivas. Es su primera penetraci?n en el alamal - Mizal, el mundus imaginalis, fuente apreciada de informaci?n y saber, donde Ibn - Arabi no dejar? de rastrear el resto de su vida. Se trata de imaginaci?n creadora, porque esencialmente es activa. Ibn - Arabi enuncia que la Imaginaci?n (tasawwur o tajayyul), como el amor, la simpat?a, o un sentimiento cualquiera en general, hace conocer, y hace conocer un objeto que le es propio. Los recuerdos de adolescencia de nuestro autor parecen haber estado especialmente marcados por dos amistades femeninas, una doble amistad filial por dos venerables mujeres sufis, dos maestras que le iniciar?n por el sendero de la intimidad con Allah: Yasmina de Marchena y F?tima de C?rdoba. El retrato que nos hace de ambas es una colorista estampa de la ?poca y nos permite conocer la riqueza y variedad intelectual de un al-Andalus inquieto y sin prejuicios.

A sus veinte a?os Ibn al - Arabi ya ha conocido y estudiado a innumerables maestros de diferentes escuelas y corrientes de pensamiento, shayjs y fil?sofos. Nos dice: ? Nunca me he referido a una opini?n o a una doctrina sin fundarme sobre la referencia directa de personas que le eran adeptas?, vi?ndose para ello favorecido por la opulencia intelectual de al-Andalus, viaja repetidas veces al Maghreb con estancias m?s o menos prolongadas, en busca de nuevos maestros. Sus encuentros con grandes shayjs se suceden. Esas migraciones inquietas no son m?s que el preludio de una inclinaci?n imperiosa por viajar que le har? dejar definitivamente al-Andalus y el Maghreb, para hacer de el un peregrino por Oriente. Reencuentros, citas, conferencias, sesiones de ense?anza y discusi?n, jalonan las etapas sucesivas o repetidas de su itinerario: Fes, Tlemcen, Buj?a, T?nez,?

En 1.201, peregrina por primera vez a Meca. Ibn al - Arabi tiene treinta y seis a?os. Su primera estancia en la ciudad le va a comportar una experiencia tan profunda que va a ser la base de toda su dial?ctica del amor. Se enamora de la hija de un reputado shayj de Meca La muchacha conjugaba el doble don de extraordinaria belleza y una sabidur?a turbadora, y le inspirar?a una de sus obras maestras, ?Turyum?n al - Ashwaq?, ? El int?rprete de los Deseos?, que despu?s ?l mismo comentar? en clave sufi.. La frecuentaci?n de la familia del shayj y de los c?rculos sufis, procuran a Ibn al - Arabi una paz ?ntima que ser? el resorte de una extraordinaria productividad. Simult?neamente, su vida interior se intensifica: las circumbalaciones alrededor de la Kaaba, interiorizada como centro c?smico, lo transporta alimentado su esfuerzo y sus percepciones.

En 1.204, est? en el Cairo en compa??a de un grupo de sufis andalus?es, se dedica a la ense?anza y discute y polemiza con los doctores y juristas de la capital egipcia. Retorna a Meca en 1.207 donde revive sus experiencias anteriores. Tres a?os m?s tarde los encontramos en el coraz?n de Anatolia, en la ciudad de Qonya. Precedido por su prestigio es magnificamente recibido por el sult?n selj?cida Kay kaus, al que anima en sus esfuerzos por liberar al - Quds, Jerusal?n, reconquistada por los cruzados.

Contin?a sus viajes hacia el este de Anatolia, llegando hasta Armenia y descendiendo por el Eufrates lo hallamos en 1.214 en Gadad donde conoce a Omar Shorawardi. Peregrina de nuevo a Meca donde contin?a la redacci?n de obras important?simas.

Invitado por el sult?n de Damasco, se dirige hacia la antigua capital Omeya donde llega en 1.223: el pr?ncipe y su hermano y sucesor se hacen disc?pulos y seguir?n sus ense?anzas obteniendo la licencia del shayj que les permitir? ense?ar a su vez sus libros.

En esos momentos, la lista de sus trabajos superaba la cifra de cuatrocientos y a?n estaba lejos de haber concluido el conjunto de su obra. Cansado por sus viajes, rodeado por su familia, amigos e inumerables disc?pulos, decide quedarse en Damasco.

Muri? el 28 de Rabi?II del 638 h. (16 de noviembre de 1.240).

En el siglo XVI, el sult?n de Constantinopla, Selim II, hizo edificar sobre su tumba una c?pula y junto a ella una madrasa. Su mausoleo es a?n hoy visitado por gran cantidad de sufis donde se recogen devotam?nte para aprovechar su presencia.

Durante esta ?ltima etapa de su vida en Damasco acab? dos de sus obras m?s conocidas: ?El libro de los Fusus al - Hikam? (1.230); se trata sin duda del mejor compendio de la reflexi?n de Ibn al - Arabi. La influencia que ejerci? en el desarrollo posterior del pensamiento isl?mico es inapreciable, y fue objeto de grandes comentarios en todas las lenguas del Islam, tanto entre sunnies como shi?es. Tambi?n en Damasco, acab? sus ?Al - Futuhat al Makk?a?, inmensa enciclopedia sufi. La idea primaria de la obra se remonta a su primera estancia en Meca e inspirada en sus circumbalaciones alrededor de la Cava. Esta Summa encierra desarrollos especulativos, a menudo abstrusos, que suponen en el autor una perfecta informaci?n filos?fica, aparte de contener valiosos datos biogr?ficos que permiten perfilar el ambiente cultural que se viv?a en al-Andalus, Africa del Norte y Oriente Medio. A pesar de las bastas proporciones de este original libro (560 cap?tulos), Ibn al - Arabi nos prevee: ?A pesar de la extensi?n de este libro, a pesar del gran n?mero de sus secciones y cap?tulos, no he desarrollado totalmente ni uno s?lo de los pensamientos y ense?anzas que profeso concernientes a la metodolog?a sufi? He limitado mi trabajo a poner brevemente en claro algo de los principales fundamentos en los que se basa el m?todo, de una manera abreviada, situ?ndolo en el justo l?mite entre la vaga alusi?n y la completa y clara explicaci?n?.

Los ?Fusus al - Hikam? (? Los Engarces de la Sabidur?a?) es un sorprendente trabajo en el que Ibn al - Arabi expone con extraordinaria maestr?a el principio de la Unidad de la Existencia, fundamento b?sico de la concepci?n isl?mica de la realidad de a cuerdo al Tawhid, la Unidad de Allah y la trascendencia.

M?S SOBRE ... IBN ARAB?

Ab? Bakr Mwhammad Ibn ?Al? Ibn al-?Arab?. (Conocido como Muhr? al-d?n ?vivificador del Din).

Naci? en Murcia en el a?o 1165. Muri? en Damasco en 1240.

En 1172 se trasladar?a a Sevilla tras la conquista de su ciudad natal por los almohades. Su juventud estuvo rodeada de toda clase de placeres, sintiendo una profunda inclinaci?n por el cultivo de las letras y siendo la caza su ocio preferido. Fue secretario en el gobierno de la ciudad de Sevilla, cas?ndose por estas fechas con Mariam, de la noble familia de los Ban? Abd?n. Al parecer este matrimonio provoc? en ?l un cambio radical de vida; movido por las s?plicas y consejos de su madre y esposa, y sobre todo por los efectos que sobre ?l produjeron la enfermedad y muerte de su padre, se vio abocado al campo del estudio del Din del Islam. Todo ello le indujo a conocer y emprender el camino (tariqah) del coraz?n (Qalb) hacia el Conocimiento (ma?rifah) de Allah, (tariqatul-qalbi ilal-Lahi). Se dedic? con ah?nco al estudio del verdadero conocimiento de Allah, el real, que a su vez implica nuestro sometimiento a El. A esto se llega a trav?s de la raz?n y la voluntad. En el Islam la voluntad no est? separada ni es contraria a la raz?n, en el verdadero significado de esta ?ltima. La voluntad es precisamente lo que hay que someter (Islam) a Allah y la raz?n es el lugar de todo conocimiento proveniente de Allah. Raz?n y voluntad, conocimiento y acci?n, teor?a y practica, todo ello est? presente en una unidad armoniosa, sin contradicciones en el Islam. Desde el punto de vista filos?fico, Ibn ?rab? se orientar?a en la escuela del neoplatonismo, notablemente influenciado por el pensamiento de Ibn Hazm y sobre todo de Ibn Al-Ar?f; no obstante, tambi?n tuvo conocimientos de Arist?teles, Al-Farad? e Ibn Rushd. Sus bi?grafos dicen de ?l que en realidad su principal maestro fue la soledad. Dentro de una profunda ascesis se mantuvo en convivencia con varios maestros suf?es, especialmente con la anciana F?tima (a quien ayud? de por vida), observando los maravillosos fen?menos telep?ticos que realizaba. De igual forma pasaba d?as enteros en los cementerios, seg?n ?l, en comunicaci?n con las de los difuntos.

Probablemente fueron las adversas circunstancias pol?ticas y sociales por las que atravesaba Al-Andalus y el nordeste de Africa, las que le impulsaron a abandonar su patria e iniciar un largo peregrinar, afinc?ndose por ?ltimo en la ciudad de La Meca. Fue un escritor fecundo y buen poeta, siendo uno de sus m?s c?lebres libros, Int?rprete de los amores, que es una colecci?n de cuentos er?ticos en cuanto a formalidad de lenguaje pero que, comprendido en el sentido m?stico, se refiere a la encuentro del alma con Allah y a los deleites ext?ticos; surge de la inspiraci?n que le produjeron unas prendas ?ntimas de Armon?a, la hija de un amigo suyo. Esta narraci?n nos recuerda a la obra er?tico-m?stica del morisco de origen andaluz, San Juan de la Cruz, conocida por el nombre de C?ntico Espiritual, de profundas ra?ces sufis. Ibn ?Arab? fue uno de los grandes, hombres de conocimiento de Al-Andalus que experiment? distintos niveles de conciencia. El conocimiento requieren grandes meditaciones, para alcanzar clarividencia o visi?n espiritual (basira). Los ?ltimos a?os de su vida los pasar?a en la ciudad de Damasco, hasta que en el a?o 1240 le lleg? la muerte.

Autor muy fecundo al que se le atribuyen m?s de 400 obras, entre las que merecen destacarse un op?sculo asc?tico y m?stico conocido por Mawaqui al-nochum, que es una introducci?n a la vida intima para los iniciados. En T?nez compuso la obra titulada Formaci?n de los c?rculos y los cuadros, en la que explica de forma esot?rica mediante figuras geom?tricas su complicada y cabal?stica cosmogon?a. Tambi?n escribi? un Libro comentario a las perlas de la sabidur?a, que es una colecci?n de biograf?as de los suf?es m?s destacados del Magreb. En la Meca (1214) redact? un comentario llamado Tesoro de los amantes, para acallar los rumores de los faqu?es y Imanes mas ortodoxos escandalizados por el tono er?tico de sus composiciones, cuyo significado no alcanzaban a comprender en su conjunto. Se sabe que escribi? tambi?n un D?w?n (obra po?tica) y una carta de Pol?tica divina, en la que arremete contra los cristianos y sus desmanes. Dentro de su extensa obra literaria adquiere especial relevancia el Libro de las Revelaciones de la Meca, donde expone lo m?s denso de su pensamiento.

A lo largo de su obra Ibn ?Arab? nos pone en contacto con el medio pol?tico, cultural, social e ideol?gico del momento hist?rico en que se desarrolla su existencia. Ya en sus memorias, a las que antes nos referimos, Ibn ?Arab?, nos da una descripci?n gr?fica de varios maestros suf?es (la representaci?n m?s cualificada de la m?stica andalus?-islamica) que hab?a conocido en su juventud en Sevilla:

El primero al que encontr? en mi camino hacia la b?squeda del conocimiento fue Ab? Ya?far al-?Uruyn?. Lleg? hacia nosotros a Sevilla, cuando yo acababa de conocer este noble camino; as?, pues, fui uno de los que se apresuraron en ir a escucharle. Entr? junto a ?l y encontr? a un hombre totalmente pose?do por el recuerdo (dikr) de Allah. Despu?s de decirle yo mi nombre y comunicarle mi deseo, me dijo: ?Cierra la puerta, corta las ataduras y persevera junto a Aquel que regala sin l?mites, hasta que te hable sin velo! A continuaci?n me puse a servirle hasta que recib? la iluminaci?n.

Era un beduino inculto, no sab?a ni escribir aritm?tica, pero cuando hablaba de la uni?n con Allah, no se cansaba uno de escucharle. Gracias a su fuerza de voluntad era capaz de atar los pensamientos de los dem?s, de rendir con su palabra la existencia. No se encontraba jam?s en otra actitud que invocando a Allah, en estado de pureza corporal y vuelto hacia La Meca...

Una vez que yo estuve sentado a su lado entr? un hombre acompa?ado de su hijo, le salud? y dijo al muchacho: > -por aquel entonces el maestro ya estaba ciego-. Luego dijo: >: Entonces el rostro del maestro perdi? todo su color; Ab? Ya?far dio un grito y un estado espiritual bajo sobre ?l; entonces dijo: >. Esto se deb?a a su concentraci?n constante en la presencia de Allah... Se entregaba frecuentemente a la reflexi?n y en todos sus estados era feliz con el recuerdo Allah. La ?ltima vez que le visit? fui acompa?ado por un grupo de amigos. Alguno de ellos habr?an querido hacerle preguntas (pero no se atrev?an). Entonces levant? de pronto la cabeza y dijo: > - y me se?alo a m?-: > Nadie de entre el grupo supo contestarle. Entonces se volvi? hacia m?. Probablemente yo ser?a el ?nico de entre todos que sab?a la respuesta correcta a la pregunta y sent? la tentaci?n de pronunciarla. Sin embargo me call?, porque manten?a a mi lengua bajo control sever?simo. El Maestro lo sab?a y por ello no insisti? m?s en que le contestara...

Nuestro maestro Ab?-l-Hayyaay ten?a un rango espiritual elevad?simo. A pesar de ello no ces? nunca de vivir del trabajo de sus manos, hasta cuando estaba ya demasiado d?bil para ejercer cualquier actividad. A partir de entonces se alimentaba de lo que le llevaba la gente... Rebosaba de bondad para con todos los hombres... Nunca entr? nadie en su casa sin que le hubiera ofrecido algo de comer, mientras pose?a alguna cosa, y esto sin preocuparle para nada si eran muchos o pocos los visitantes o si hab?a muchos o pocos alimentos en su casa, nunca guardaba nada aparte. Una vez cuando yo estaba con ?l, lleg? todo un grupo de hombres a visitarle. >, me dijo, >. Yo fui a buscarla y s?lo encontr? en ella un pu?ado de guisantes, los puse delante de los hu?spedes y ellos se sirvieron...

En el patio de la casa rural que habitaba, hab?a un pozo con garrucha, del que sacaba el agua para sus abluciones (prescritas). Al borde de este pozo crec?a un olivo que llevaba hojas y frutos y ten?a un tronco voluminoso. Una vez mi amigo le dijo al maestro: > Entonces el anciano se volvi? y mir? ?por esa ?poca su espalda estaba ya encorvada por los a?os-, luego dijo: >. Esto se deb?a a que estaba siempre concentrado en su coraz?n. Ni yo, ni otro cualquiera lo hemos visitado jam?s sin encontrarle leyendo el Cor?n; nunca cog?a otro libro hasta que muri?.

Pose?a una gata negra a la que nadie pod?a prender o tocar con la mano y que sol?a dormir en su regazo. Me dec?a: >. En efecto, he podido observar c?mo a veces, cuando ven?an determinados visitantes, se restregaba las mejillas en sus piernas y se pegaba a ellos mientras hu?a ante otros. Un d?a entr? nuestro maestro Ab? Ya?far, del que hemos hablado anteriormente. Fue la primera vez que ?ste visitaba a Abul-l-Hayyay. La gata estaba en la ?ltima habitaci?n y sali? de ah? y mir? al maestro Ab? Ya?far cuando todav?a no hab?a tomado asiento y nuestro maestro Ab?-l-Hayyay le estaba diciendo en ese preciso momento: > A continuaci?n peg? un salto hacia el pecho del hu?sped, ech? sus brazos alrededor de su cuello, restreg?ndose la cara en su barba. Entonces se levant? Ab?-l-Hayyay e invit? al hu?sped sin decir una palabra, a que se sentara en su propio sitio. M?s tarde me dijo: >. La gata permaneci? al lado del hu?sped hasta que ?ste abandon? la casa.

Un d?a, cuando yo estaba con ?l en una reuni?n, entr? un hombre que ten?a en sus ojos un dolor tan violento que gritaba como una mujer con dolores de parto; la gente apenas pudo resistir sus gritos. Cuando el maestro lo vio, empalideci? y empez? a temblar. Luego alarg? su mano bendita y la impuso a los ojos del hombre; al momento ces? el dolor de ?ste, que cay? al suelo yaciendo all? como si estuviera muerto. Despu?s se levant? y sali? con toda la multitud libre de dolores...

Tras seguir un concienzudo aprendizaje en las escuelas isl?micas Z?hir? y B?tin?, se dedic? a una fecunda labor literaria, siendo los m?s famosos sus escritos de conocimiento del Islam en prosa, entre los que podemos se?alar Fusus al-hikam, al-Futuh?t al-Makiyyah, adem?s de otros tratados de importancia como el Insh? ?al-daw?ir, ?Uqlat al-mustawfiz y al-Tadb?r?t al-il?hiyyah todos ellos editados por H. S. Nyberg con el t?tulo de Kleiner Schriften des Ibn al-?Arab?, Leiden, 1919. Las dos primeras obras mencionadas presentan la filosof?a m?stica de Ibn ?Arab?: con toda suerte de detalles enciclop?dicos acepta los diversos aspectos del sufismo, se?alando sus etapas y estados en el camino de iniciaci?n suf?; su lenguaje esot?rico y herm?tico, la categor?as de la perfecci?n m?stica, la uni?n de las almas con Allah y el estado final del ?xtasis. La ense?anza del conocimiento de Ibn ?Arab? tiene la impronta de una gran personalidad, haciendo una interpretaci?n particular, y muy al estilo de los sufis andaluces, acerca de la del Din del isl?m. De acuerdo con el talento del autor, tanto a nivel conceptual como formal, presenta el goce m?stico como un aut?ntico deleite sexual y er?tico; podr?amos se?alar que es la misma experiencia del zejelero Ibn Kuzm?n en lo profano, la que ?l experimenta en el campo de la m?stica.

Para Ibn ?Arab?, Allah ser?a el Ser Absoluto que lo abarca todo, fuente de toda hermosura, de toda existencia, trascendente e inmanente, Unica Realidad como Amor y comunicaci?n entre el hombre y todo. Para nuestro sufi el universo del primer intelecto es la realidad de Muhammad (s.a.s), que es el Hombre Perfecto, el Logos (pero no en el sentido exclusivamente racionalista griego, es mucho m?s), el m?s grande de los sabios, siendo considerado El Sello de los sufis.

Bien, pues este Hombre Perfecto ser?a una miniatura de la Realidad Unica, una especie de microcosmos que ser?a puro reflejo de la totalidad de los perfectos atributos del macrocosmos que ser?a puro reflejo de la totalidad de los perfectos atributos del macrocosmos. Todo ello le conduce hacia el conocimiento, que da en llamar Wahdat al-wuch?d. Su teor?a se fundamenta en Allah (s.w.t) como Unica Realidad, y todas las cosas ser?an manifestaciones de esa Realidad. Unico y Muchos son s?lo nombres de dos aspectos subjetivos de la Realidad Unica.

Desde esta perspectiva Ibn ?Arab? considera los divinos atributos como subjetivos y relativos. Manifiesta de esta forma la incapacidad del intelecto humano, exclusivamente racionalista para conocer el Absoluto; dice, incluso, que la teolog?a tampoco sirve para llegar a este conocimiento, entre tanto el camino del tasawwuf, que recorre el sufi, investido de luz divina, conducir?a a conocerle. A trav?s de la experiencia ext?tica y el estado de Fan? (auto-anulaci?n) encuentra el individuo su propia y absoluta comunicaci?n con el Ser Supremo. Se?ala que este logro, o llegar a esta etapa final, s?lo es posible alcanzarlo a trav?s de dos tipos de conocimiento: al-ma?r?fah o conocimiento por relaci?n, adquirido por el alma, e ?ilm o conocimiento intelectual y reflexivo que llegar?a a trav?s de la raz?n. Es pues Ibn Arab? el mejor representante de la mistica andaluza, caracterizada por la integralidad. Los sufis andaluces nunca desde?aron ni los sentimientos ni el intelecto, por el contrario, entend?an que todo conocimiento se adquiere a trav?s de los cinco sentidos y la reflexi?n, destacando acto seguido la existencia de un sexto conocimiento intuitivo y esot?rico, nacido como resultado de la experiencia ?ntima y m?stica. A esta forma de conocimiento se conoce en el sufismo con el nombre de sabor dhawq), o conocimiento de la ciencia secreta (?ilm al-asr?r) y conocimiento de lo invisible (?ilm al-gayb). Estas formas de conocimiento, por un lado son innatas, no resultando de la comprensi?n de disciplina alguna; sobrepasa la raz?n y se encuentra en lo m?s ?ntimo del coraz?n humano. Este sabor ?ntimo se manifiesta en forma de una luz, que inunda la totalidad del suf? y se materializa y aparece en hombres muy contados. La percepci?n de este conocimiento se alcanza por medio del fan? (auto-anulaci?n), que no obstante para Ibn ?Arab? tiene un significado distinto de este concepto, en su acepci?n tradicional, refiri?ndose a la superaci?n total de cualquier forma de dependencia, de acciones, atributos, la totalidad del cosmos, e incluso de los atributos divinos; es decir, la superaci?n de la ignorancia y las apariencias hasta alcanzar la verdadera sabidur?a. En sus diferentes etapas de iniciaci?n a trav?s de la fana?, ?sta se complementa por la cualidad de la Baq? (permanencia o continuidad).

Ibn ?Arab? entiende que no hay nada en la vida que pueda sustituir el placer del camino interior; ni la filosof?a, ni la teolog?a, ni ninguna religi?n concreta son un buen sustitutivo de este camino, describiendo el viaje de un iniciado un suf? y un fil?sofo a los siete a la imagen de la ascensi?n (mi?r?ch) de Muhammad (s.a.s). Con esta descripci?n, muestra el suf? andaluz las desventajas del fil?sofo obstaculizado por su propia parcialidad, convertida en escepticismo y confusi?n, siendo incapaz de llegar a la integralidad humana y por lo mismo a la integralidad divina. Remacha que cuando el hombre se ha iniciado por el camino de la filosof?a y decide abandonar sus especulaciones parciales y pasar al camino integral del m?stico, dif?cilmente puede salir de la percepci?n aparente y fenom?nica de las cosas, mientras que el hombre que desde un principio se inici? por el camino del suf?, alcanza la integralidad de lo espiritual y lo real. Aunque el fil?sofo, el te?logo y el m?stico persiguen el mismo objetivo, sus m?todos son diferentes y los resultados desiguales. Se?ala adem?s Ibn ?Arab? que el conocimiento filos?fico y teol?gico no logra pensar m?s all? de las siete esferas, mientras que el intimo del suf? contin?a sus ascensi?n de sabidur?a integral, penetrando en el mundo singular de lo escatol?gico y los conocimientos herm?ticos.

Ibn ?Arab? tuvo una gran influencia entre musulmanes y cristianos. Sin ir m?s lejos, As?n Palacios comenta la deuda que Dante tiene con Ibn ?Arab?, por su obra La Divina Comedia. De igual forma nosotros se?alamos la deuda contra?da con muestro suf? andaluz por parte de otros m?sticos moriscos de origen andalus?, como son Santa Teresa de jes?s y San Juan de la Cruz, fundamentalmente. Uno de los disc?pulos m?s destacados de Ibn ?Arab? fue Ibn Sap??n, que se educ? en estos conocimientos del sufismo y que en Ceuta atrajo a numerosos seguidores.

Ni las ciencias Din del Islam (shar?ah), ni la especulaci?n sobre el Islam (ichtih?d), ni el racionalismo filos?fico, ni la mera observaci?n emp?rica, satisfacieron las ansias de integralidad de los suf?es. Los suf?es andaluces se preocupan de vivir el Islam con tal intensidad y libertad, que hicieron de su conocimiento y su conducta un instrumento universal, con la pretensi?n de obtener el bienestar personal y de la comunidad, lo mismo en este mundo como en el cielo, apoy?ndose en la emotividad y en todo lo que ellos llamaron globalidad y percepci?n ?ntima, sabor esot?rico. Investigaron el significado mas intimo de los textos revelados, dando a menudo una interpretaci?n que en absoluto concordaba con la ortodoxia de las escuelas oficiales. La esencia consist?a en descubrir cu?l era el problema de la relaci?n del hombre con los otros hombres, con el mundo y el cosmos, y con el Absoluto. Mientras que para el ?mbito ortodoxo la metodolog?a consist?a en t?rminos de adorador y adorado, para los suf?es andaluces esta relaci?n prefer?an que fuese la de un amante y su amada, base de la vida para llegar a todo conocimiento (G. Chejne, Anwar Historia de Espa?a Musulmana, pp.297-299).

En cuanto al contexto hist?rico del que nos habla Muhy? al-D?n ibn al-?Arab?, hacemos especial referencia a un relato que sobre el califa ?Abd al-Rahm?n III, apodado al-N?sir (el vencedor), por ser explicativo tanto del talante del califa como de la corte cordobesa y la sociedad andalus?.

En primer lugar nos refiere que los primeros califas del Islam, los llamados ortodoxos , sirvieron inicialmente de ejemplo a los omeyas andaluces en oposici?n a los fatim?es, que hab?an vivido con una sencillez que lindaba con la pobreza, mientras los ?abb?s?es, que en otro sentido serv?an de norte a los califas andaluces, se rodearon de gran magnificencia y solemnidad, derivadas directamente de la realeza teocr?tica de los antiguos persas, de los sas?nidas y de sus precursores orientales. ?Abd al-Rahm?n III hizo construir al norte de C?rdoba, la ciudad real de Madinat Al-Zahr?, con sus cuatro mil trescientas columnas de m?rmol, sus paredes incrustadas de piedras preciosas, sus salas arcadas, fuentes y jardines con terrazas superpuestas, reuniendo en s? los diferentes estilos. Dec?a de s? mismo: Ante m?, como lugarteniente del Profeta, todos sois peque?os, pero ante Allah, yo mismo soy nada.

Cuenta Ibn ?Arab? que un d?a fueron a ver al Califa los embajadores francos, y las muestras que vieron de la grandeza de su poder los dej? espantados. Hab?a hecho alfombrar el camino desde la puerta de C?rdoba a la de (Mad?nat) al-Zahr?, a una parasanga (aproximadamente 5,5 kil?metros) de distancia, y colocando hombres a derecha e izquierda del camino con las espadas, largas y anchas, desnudas en la mano, de manera que las del lado izquierdo se juntaban con las del derecho, formando como nervios de b?vedas, y dio orden de que los embajadores anduvieran entre aquellas espadas, bajo su sombra, como si fuera una galer?a cubierta. S?lo Allah sabe el miedo que les entr?. Llagados a la puerta de (Mad?nat) al-Zahr?, el suelo estaba alfombrado con brocado, desde la puerta de la ciudad hasta el trono, de la misma impresionante manera. Hab?a colocado en sitios especiales chambelanes, que parec?an reyes, con vestidos de brocado y seda, sentados en sillones ornados. Cuando ve?an a un chambel?n no dejaban de prosternarse ante ?l, creyendo que se trataba del Califa. Pero les dec?an: >. Hasta que llegaron a un patio sembrado de arena, en cuyo centro estaba sentado el Califa, con vestidos ra?dos y que le quedaban peque?os: todo lo que llevaba puesto no valdr?a cuatro dirhemes. Permanec?a sentado en el suelo, con la cabeza baja, y ten?a delante un Cor?n, una espada y una hoguera. Dijeron a los embajadores: >. Entonces se prosternaron ante ?l, que levant? la cabeza hac?a ellos y antes de que pudieran hablar, les dijo: >. Ante aquello se llenaron de terror; les orden? salir sin que hubieran dicho una sola palabra y fijaron la paz con ?l en las condiciones que quiso imponerles.

De este comentario no puede deducirse la conclusi?n de que los emires y califas andaluces hubieran oprimido a los cristianos de su propio pa?s, y que les hubieran obligado a convertirse por la fuerza al Islam. El comportamiento descrito s?lo era aplicado a los cristianos extranjeros, es decir a los no andaluces, que luchaban contra la soberan?a nacional de Andaluc?a y contra el Islam. Los andaluces cristianos que viv?an en la sociedad andalus? gozaban de los mismos derechos que cualquier otro ciudadano andaluz judio o ismusulm?n, formando incluso parte de la guardia personal del Califa. Por lo dem?s, los gobernantes Omeyas andaluces no fueron nunca dogm?ticos y fan?ticos, y sab?an apreciar las cualidades personales de los que profesaban otro credo, como lo demuestran las relaciones amistosas que mantuvo ?Abd al-Rahm?n III con el valiente monje Juan de Gorze. Cuentan las cr?nicas que ?Abd al-Rahm?n III hab?a enviado una embajada al gran soberano de Alamaniya, Ot?n I, portadora de un mensaje que, entre otros asuntos, conten?a ?como era obligado para el califa- la invitaci?n de aceptar el Islam. El caso es que Ot?n I consider? el mensaje inaceptable e hizo esperar a los emisarios, en Alemania, tres a?os antes de recibirlos. No obstante decidi? enviar, a su vez, un embajador a ?Abd al-Rahm?n, portador de una carta escrita en griego, destinada a pagar aquellas palabras intolerables para los cristianos con la misma moneda o, si cab?a de un modo m?s ofensivo, es decir, insultando al Profeta. Para ello fue preciso encontrar un emisario dispuesto a sufrir martirio. Un monje benedictino de Gorze, de nombre Juan, que m?s tarde ser?a abad de su monasterio y morir?a santo, se ofreci? para este servicio. Lleg? a C?rdoba en el a?o 957, y fue recibido con gran hospitalidad, pero no presentado al califa. Se le hizo saber que, en pago de la humillaci?n sufrida por los embajadores musulmanes en Alemania, habr?a que esperar nueve a?os antes de ser recibido. En realidad el califa quer?a evitar tener que contestar al mensaje del soberano cristiano, cuyo contenido conoc?a o sospechaba, con otra provocaci?n. Para no alargar el asunto infinitamente, envi? al monje Juan y a su acompa?ante, Garamannus, un intermediario jud?o, con el fin de persuadirlos para que se presentaran al califa sin la carta peligrosa. Juan rehus? hacer tal cosa. Despu?s de unos cuantos meses recibi? la visita del obispo de C?rdoba que convers? con ?l en lat?n y le aconsejo encarecidamente prescindir de la carta, para que la ira de los musulmanes no se derramara sobre la comunidad cristiana de C?rdoba. Juan ech? en cara al obispo que ?l y sus correliginarios andaluces se callaran la verdad por miedo a los musulmanes, mientras el obispo intent? infructuosamente explicar al benedictino que los cristianos bajo dominio musulm?n se ve?an forzados a cumplir determinadas formas para poder sobrevivir. Juan no dio su brazo a torcer. Los propios legos cristianos de C?rdoba empezaron a visitarlo y a solicitar que cediese, a fin de que su obstinaci?n, que termin? por divulgarse entre el pueblo musulm?n, no desencadenara una persecuci?n de los cristianos andaluces. Finalmente, se encontr? una soluci?n aceptable para todas las partes: un funcionario cristiano del palacio califal llamado Recemundo, que fue promovido a la dignidad de obispo, fue enviado con el permiso del califa y la recomendaci?n de Juan de Gorze a Ot?n I, para pedirle una misiva nueva y modificarla para ser presentada a ?Abd al-Rahm?n. Ot?n I asinti? y, en el mes de Junio de 959, Recemundo y su s?quito estuvieron de vuelta en C?rdoba, acompa?ados de un nuevo embajador imperial llamado Dud?n. Este tra?a, en lugar de la carta anterior, la propuesta de un tratado de paz entre el Imperio alem?n y el Califato occidental, que inclu?a la reclamaci?n de que el califa llamara al orden a las bandas ?rabes que en aquella ?poca hostigaban el sur de Francia y los puertos alpinos, a lo largo del valle del R?dano. Cuando el nuevo embajador quiso presentarse en la corte de C?rdoba, dijo ?Abd al-Rahm?n: No por mi alma, haced venir primero al emisario anterior. Nadie ha de ver mi rostro antes que aquel monje valiente, que se resisti? a mi voluntad durante tanto tiempo. Pero cuando algunos altos dignatarios fueron a buscar al monje, lo encontraron con el cabello y la barba despeinados, vestido s?lo de un h?bito tosco. As? no pod?a presentarse a la recepci?n del califa, y ?Abd al-Rahm?n le envi? diez libras de plata para que se comprara un vestido de corte. Juan se lo agradeci? y reparti? el dinero entre los pobres. No desprecio los dones de los reyes, dijo, pero s?lo puedo llevar el h?bito de mi orden. Que venga entonces como ?l quiera, exclam? el califa, por m? que vista un saco, por ello no habr? de recibirlo peor.

Los dos monjes, Juan y Garamannus, fueron conducidos a Mad?nat al-Zahr? con gran ostentaci?n, atravesando una serie de salas cada vez m?s bellas y lujosas hasta llegar a la habitaci?n donde el califa, que en su vejez se mostraba raras veces en p?blico, estaba sentado en un div?n. Honr? al monje ofreci?ndole su mano a besar. Se le orden? a Juan que tomara asiento en un sill?n que s?lo usaban los cristianos y, despu?s de un largo silencio, ?Abd al-Rahm?n empez? a hablar y a explicar su conducta. Juan le contest?, y, a lo largo de la conversaci?n, que se desarroll? con la m?xima cortes?a, el monje agrad? tanto al califa como el califa al monje. ?Abd al-Rahm?n no quiso que Juan se marchara sin haberle visitado unas cuantas veces m?s. En las conversaciones sucesivas que se celebraron sin solemnidad alguna, el califa pidi? informaci?n acerca de la situaci?n del Imperio alem?n, censur? la pol?tica de Ot?n I por no haber sometido totalmente a la nobleza, y mostr? tener tal conocimiento de la naturaleza humana que Juan de Gorze volvi? a su tierra sintiendo el m?ximo respeto ante su sabidur?a y cultura (Burckhardt, Titus. La civilizaci?n hispano-?rabe, pp. 48-52).

Sevilla, 2002

ABDERRAM?N MOHAMED MAAN?N

Biografias del Foro Aben Humeya

Tags: Arabí, andalusíes

Publicado por NASOINAN @ 19:27  | Biografias
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