Mi?rcoles, 14 de noviembre de 2007
"El pr?ncipe de los estrelleros de al-?ndalus".


Los cronistas ?rabes, con voz un?nime, nos presentan al emir `Abd al-Rahm?n II como uno de los monarcas m?s cultos que ocuparon el trono de C?rdoba. Desde muy joven, en efecto, demostr? una decidida inclinaci?n a las letras y, cuando m?s tarde subi? al poder, se convirti? en protector de literatos y hombres de ciencia, rode?ndose de un s?quito de fil?sofos y poetas que eran casi todos, al mismo tiempo, astr?logos. Porque ?l mismo, adem?s de estudiar con provecho en principio la tradici?n y la poes?a ?rabe, se hab?a interesado igualmente por las ciencias, y era muy aficionado a levantar hor?scopos y a interpretar los sue?os; no es, pues, extra?o que en torno suyo se congregara ese nutrido c?rculo de poetas-astr?logos que dieron una t?nica especial a las relaciones cortesanas de la ?poca.


Es interesante conocer c?mo se conduc?an estos curiosos personajes en presencia del emir, dentro de palacio y fuera de ?l, y tambi?n en qu? t?rminos se manifestaban en su trato privado, as? como las circunstancias que concurr?an en su trabajo po?tico. En general, los versos que han llegado hasta nosotros son escasos y, salvando notables excepciones, no suelen ser de muy positivo valor est?tico; pero casi todos sus autores tienen una biograf?a pintoresca y los retazos anecd?ticos recogidos por los cronistas nos suministran curiosos pormenores que casi siempre rebasan el marco de la actividad literaria propiamente dicha. Algunos de estos relatos son luminosamente representativos; otros, en cambio, le?dos hoy - cuando ya no vemos con suficiente claridad su adecuaci?n a los hechos contempor?neos -, pierden buena parte de su fuerza inicial; pero todos ellos son valiosos para la referencia hist?rica y social pues nos ilustran ampliamente sobre el car?cter de la ?poca y aun de la propia realeza.

Examinaremos hoy el caso de Ibn Ash-Shamir, poeta que disfrut? de gran privanza e intimidad con el emir cordob?s. Sobre sus or?genes tenemos datos imprecisos, y esta imprecisi?n comienza ya en la persona de su padre, Ash-Shamir ibn Numayr: unos bi?grafos nos dicen que era mawl? de los omeyas en Oriente y vino a establecerse en Al-Andalus donde permaneci? hasta su muerte; pero otros aseguran que, despu?s de haber estudiado en C?rdoba, march? a Oriente, se estableci? en Egipto y all? muri?. Por lo que respecta a nuestro poeta Ibn Ash-Shamir, tropezamos inicialmente con cierta confusi?n en su propio nombre, pues mientras unos autores le llaman 'Abdull?h, otros lo nombran `Abd ar-Rahm?n, y aun en el apellido hay diferencias de vocalizaci?n, pues al lado de Ibn al-Shamir encontramos tambi?n Ibn Ash-Shimr; finalmente, lbn al-Faradi le hace natural de Huesca, mientras Ibn Sa'id en el Mugrib le llama ?al-Qurtubi?, ?el cordob?s?. Ahora bien, todas estas diferencias no afectan a la identidad del poeta, pues las alusiones cotejadas en fuentes dispares se refieren evidentemente a un ?nico personaje.

Este, en los comienzos de su vida profesional parece que fue preceptor de la poderosa familia de los Ban? Abi 'Abda, pero su vida toda est? ligada a la del emir `Abd ar-Rahm?n II con quien le un?a una amistad que databa desde la infancia. Seg?n advierten sus bi?grafos, Ibn Ash-Shamir ten?a un car?cter tan agradable y dulce que ganaba el coraz?n de quien le trataba. Esto ser?a lo que le granje? la simpat?a del pr?ncipe ya en su tierna edad; pero despu?s, siendo a?n adolescentes, cuando todav?a no hab?a indicios materiales de que `Abd ar-Rahm?n ser?a jurado heredero, se dice que su amigo Ibn Ash-Shamir le anunci?, por v?a de astrolog?a, que hab?a de obtener el trono. Y cuando efectivamente sucedi? esto, el emir le colm? de favores y le asign? un doble estipendio: como poeta y como estrellero.

Alcanz? altos cargos en palacio y fue tan ?ntima su uni?n con el emir que se permit?a con ?l confianzas extraordinarias. As? se refleja en la mayor parte de los relatos conservados. Puede servir de ejemplo aqu?l que nos refiere como Ibn Ash-Shamir se present? un d?a en palacio ataviado, seg?n la moda iraqu? adoptada entonces en al??ndalus, con una vistosa t?nica del Iraq y una capa tambi?n del Iraq; comenzaron a beber y queriendo el emir chancearse de su poeta, record?ndole los tiempos de estrechez pasados en su juventud, le dijo:

- ?Hola, Ibn Ash-Shamir! Te has puesto una pieza del Iraq sobre otra; ?qu? has hecho de aquella capita rapada, tejida con hilos tan bastos que parec?an ra?ces, y que te pon?as para venir a verme cuando yo era ni?o?.

- La he cortado - contest? r?pido el poeta -, y he hecho con ella una albarda y unas cinchas para tu mulo tordillo.

Quer?a dar a entender con esto que tambi?n 'Abd ar-Rahm?n II hab?a atravesado d?as dif?ciles en sus primeros tiempos, ya que, siendo infante, no pose?a m?s que aquel mulo tordillo, pues en realidad s?lo mejor? su suerte cuando muri? un hermano suyo presunto heredero del trono.

En otra reuni?n cortesana el emir `Abd ar-Rahm?n, que era muy cr?dulo en lo que se refiere a la astrolog?a, hablaba sin embargo desde?osamente de ella. Ibn Ash-Shamir, que estaba presente y era el mejor de sus astr?logos seg?n Ibn Hayy?n, salt? al punto y quiso demostrarle la verdad de sus predicciones, pidi?ndole que le pusiera a prueba del modo que quisiera.

- Bien - le dijo el emir -, si adivinas por cu?l de las puertas de este sal?n he de salir cuando me levante de aqu?, entonces dar? cr?dito a tu ciencia.

Ibn Ash-Shamir levant? r?pidamente un hor?scopo y escribi? sus deducciones en un pliego que despu?s sell? cuidadosamente. El emir a su vez, mand? abrir una puerta nueva en la pared occidental del aposento, junto al sitio donde se hallaba sentado, y sali? inmediatamente por ella; de esta manera no efectu? la salida por ninguna de las cuatro puertas que ya exist?an antes. Pero cuando abri? el pliego cu?l no ser?a su asombro al encontrar consignado en ?l todo lo que hab?a hecho.

Ibn 'Abd Rabbihi, en al-`Iqd al-farid, nos describe una escena de tono distinto a las anteriores pero tambi?n. muy caracter?stica; aqu? ya se percibe la solemnidad, el ceremonial, el protocolo que el emir hab?a introducido en las formas palatinas: el monarca habla a trav?s de su valido, el eunuco Nasr, y sobre los poetas gravita el respeto que les infunde el soberano. Dice as?:

El emir `Abd ar-Rahm?n ibn al-Hakam se irrit? cierta vez con sus comensales y orden? al fat? Nasr que los borrara del ?registro de las d?divas? (d?w?n al-'at?'), y que no los reemplazara con otros. Pero al cabo de unos d?as, se acord? con a?oranza de ellos y dijo a Nasr:

- Siento nostalgia de aquellos amigos
- Ya han sufrido un buen correctivo de la c?lera del emir
- respondi? Nasr -; ahora, si el emir quiere que mande a buscarlos, as? lo har?.
- Env?a, pues, por ellos - orden? `Abd ar-Rahm?n.

Vinieron los poetas y en todos se notaba la tristeza en que les hab?a sumido la ira del emir; organizaron la tertulia pero sin demostrar tanta alegr?a ni tanta viveza en las conversaciones como otras veces sol?an. Entonces el monarca omeya dijo a Nasr:

- ?Qu? es lo que les ha quitado a estos la alegr?a?
- ?Allah guarde al emir! - contest? el eunuco;
- es que en ellos pesa la c?lera que t? les has manifestado.
- Diles que les perdono - repuso `Abd ar-Rahm?n
-, y que pongan cara alegre.

Entonces se levant? el poeta y astr?logo Ibn Ash-Shamir y, arrodill?ndose ante el monarca, recit? un poema reprendiendo a sus compa?eros que cerr? con estos dos versos de extraordinaria agudeza dirigidos al emir:

?Oh t?, que eres la clemencia de Allah sobre sus criaturas,
y cuya generosidad se desborda en todo instante!.
?Si rechazas la compa??a de los pecadores,
muy pocos ser?n los hombres que puedan gozar de compa??a!.

Anotemos de pasada que este relato es particularmente valioso porque en ?l vemos declarada expl?citamente la existencia c?e esa oficina o ?registro? (diw?n al-`at?') que el emir ten?a organizado para pagar al coro de poetas que le rodeaban. Por lo dem?s, comprobamos como siempre que nuestro poeta llevaba la voz cantante en las tertulias palatinas. Como tambi?n, a trav?s de sucesivas alusiones de los cronistas ?rabes, veremos a Ibn Ash-Shamir moverse de continuo al lado del emir, interviniendo en delicados e ?ntimos asuntos de palacio. E1 fue quien dict? la inscripci?n que llevaba el sello oficial de 'Abd al-Rahm?n II. Se dice que ?ste ten?a en un principio un sello propio que se extravi?, y por m?s que lo buscaron no pudieron encontrarlo. Entonces orden? que se volviera a grabar el de su abuelo `Abd ar-Rahm?n I. El ministro Nasr sali? para cumplir esta orden y mand? llamar a Ibn Ash-Shamir, pregunt?ndole qu? inscripci?n deber?a emplear, a lo que el poeta respondi?:

El sello del nuevo reinado
que refrendar? las ?rdenes ante el pueblo,
ser?: ?'Abd ar-Rahm?n est? satisfecho
con el decreto de Allah?.

Y estos versos agradaron tanto al emir que, efectivamente, los hizo grabar en su sello.

El monarca omeya estimaba mucho las dotes de improvisaci?n, po?tica que pudieran tener los hombres que le rodeaban, y estaba encantado con Ibn Ash-Shamir y su facilidad para repentizar versos. Se cuenta que cuando el soberano cordob?s regal? a una de sus esclavas un collar que le hab?a costado 10.000 dinares, uno de sus visires se atrevi? a hacerle algunas consideraciones sobre la enorme suma gastada, cosa que no agrad? mucho al emir, quien le replic?:

- ?Ay de ti!; la que ha de lucir esa alhaja es otra joya m?s preciosa que ella, m?s estimable, m?s digna. Si con estas piedras brilla su rostro y es su hermosura m?s grata a los ojos, tambi?n Allah cre? joyas que brillan y cautivan los corazones. ?Es que hay entre las joyas de la tierra, entre sus m?s estimadas preseas, entre las dulzuras de sus mayores placeres y goces, cosa m?s agradable a los ojos, conjunto tal de perfecciones como un rostro en el que Allah acumul? todas las bellezas y que dot? con todos los atractivos de la hermosura?

Despu?s, volvi?ndose hacia Ibn Ash-Shamir que estaba presente, le dijo:

- ?Qu? se te ocurre a ti sobre este asunto?. Y nuestro poeta le contest?:

?Acaso se pueden comparar los rub?es y las perlas
a aqu?lla que aventaja en esplendor al sol y a la luna?.
?A aqu?lla cuya forma cre? en el principio la mano de Allah,
pues nadie sino El hubiera podido crearla?.
?Honra, pues, en ella a una joya fabricada por Allah,
ante la cual son despreciables las del mar y de la tierra!.
Para ella cre? Allah cuanto hay en cielos y tierra
poni?ndolo bajo su dominio.

Entonces el emir, continuando en el mismo metro y en la misma rima, declam? a su vez:

Tus versos ?oh Ibn ash-Shamir! aventajan a toda poes?a,
y exceden a cuanto puede concebir la mente y la raz?n.
Cuando los o?dos los perciben, llevan su magia al coraz?n
con abundancia tal que excede a la misma arte m?gica.
?Cre? acaso Allah, entre todas sus obras,
cosa m?s grata a los ojos que una hermosa virgen,
en cuya mejilla ves la rosa sobre el jazm?n
como vergel quo, brilla engalanado con sus flores?.
Si me fuera dado, prender?a mi coraz?n y mis ojos
como un collar en su cuello y en su pecho.

Y en seguida mand? que le dieran una bolsa con 500 dinares. Sali? el poeta con un esclavo que llevaba el dinero y cuando se alejaron del emir, el esclavo le pregunt?:

- ?D?nde est? situada la luna esta noche?.

- Bajo tu brazo, amigo m?o - le contest? Ibn Ash-Shamir -.

Tanta afici?n ten?a el emir 'Abd ar-Rahman II a su poeta, que le cursaba invitaciones personales en verso para organizar partidas literarias o para beber. Una de estas invitaciones que se ha conservado, puede contarse entre las primeras poes?as b?quicas que se compusieron en Al-?ndalus, y en ella aparece ya el tema del vino asociado al del jard?n, lugar ?ste muy grato para beber en los d?as de verano, seg?n apuntan los preceptistas ?rabes del g?nero". Otras veces sal?an de cacer?a, sobre todo a la caza de grullas por la que el emir sent?a verdadera pasi?n. Un d?a muy fr?o de invierno fueron a ella, como, otras veces, pero pasaron tanto fr?o que Ibn Ash-Shamir, aterido, clam?:

Por ventura, ?estamos hechos c?e hierro o tallados en dura roca?.
Todos los veranos salimos a invadir tierra enemiga,
pero todos les inviernos nos invaden a nosotros las grullas.
Cuando vemos la tierra cubierta por la nieve
que se extiende sobre ella como una alfombra blanca,
y sentimos las narices cortadas
por las navajas del viento,
pedimos con ansia la muerte, la desaparici?n;
anhelamos el momento de la aniquilaci?n.

En fin, tales cosas dijo en este poema que consider?ndose ofendido `Abd ar-Rahm?n no tuvo m?s remedio que encarcelarlo. Desde la prisi?n pidi? entonces clemencia al emir con los siguientes versos:

Dile a aqu?l que en las tierras de Occidente
es para las criaturas una eterna primavera:
?que no se me niegue de ti
lo que alcanza a todas las gentes?.

Se refer?a claro est?, a la clemencia del monarca.

Tambi?n el emir omeya lo sol?a llevar consigo en sus expediciones militares. A este respecto tenemos varios testimonios. Uno de ellos, en el que se insiste sobre la sabidur?a astrol?gica de Ibn Ash?-Shamir, nos refiere c?mo, al volver de una de sus campa?as, 'Abd ar?Rahm?n mand? plantar las tiendas en el Fahs al-Suradiq, a la vista de C?rdoba, aplazando la entrada en la ciudad hasta la ma?ana siguiente, con objeto de entrar en perfecto orden militar. Ibn Ash-Shamir que le acompa?aba, le dijo:

- Esto no ha de suceder como t? pretendes. Esta noche has de pasarla en tu alc?zar - - ?Por Allah! - contest? el emir irritado -, ?esta noche no entrar? en ?l!
- ?Por Allah! -replic? el poeta-, ?entrar?s en ?l quieras o no quieras!.adem?s te digo
que yo ir? en el camino con un atuendo parecido al tuyo. ?Ya lo ver?s!.

Era aqu?l un d?a de verano, de sol claro, pero al caer la tarde se desencaden? un violento aguacero acompa?ado de un ventarr?n de tal fuerza, que la tropa, a punto de amotinarse, exigi? marchar a guarecerse en C?rdoba. El emir no tuvo m?s remedio que acceder y se puso en camino al frente de su Estado Mayor. Ibn Ash-Shamir cabalgaba a su lado, y a los pocos pasos su montura pis? un clavo quedando sin poder andar. El emir orden? darle uno de sus caballos de reserva, con su silla y frenos, en el que mont? el astr?logo. Siguieron as? la marcha, pero la violencia del agua inutiliz? el cobertor que ?ste llevaba y mand? nuevamente el emir darle uno de sus capotes de seda impermeable y una de sus caperuzas. Con esto, qued? Ibn Ash-Shamir igualado al emir en su atuendo, y as? siguieron todo el camino. Al llegar a Palacio, dijo el estrellero:

-Se?or, ?qu? te ha parecido mi predicci?n?.
- M?rchate - contest? el emir - con todo lo que llevas encima y debajo. Yo te lo regalo.

Inmediatamente Ibn Ash-Shamir cogi? un pliego y escribi? en ?l:

Se puso, en marcha cuando lo movi? el Destino,
por haber llegado la hora de su retorno.
?T? te consideras protegido
por muros espesos y estancias rec?nditas!.
?Pero aunque eres un hombre cuya ira
teme, todo el g?nero humano,
a ti no te temen ni Marte ni Saturno ni la Luna!.

Como vamos viendo repetidamente, Ibn Ash-Shamir no se recataba de dar rienda suelta a sus palabras aun cuando ?stas pudieran herir la susceptibilidad del emir, usando expresiones que eran evidente?mente atrevidas si tenemos en cuenta el natural respeto que impone el monarca a sus s?bditos, y mucho m?s entonces que, en virtud del solemne ceremonial iraqu? recientemente adoptado por 'Abd ar?Rahm?n II, hab?a ?ste revestido a su persona de toda majestad y pompa, apareciendo ante su pueblo como un ser augusto e infalible. Pero el poeta arrostraba audazmente la eventual c?lera del emir, valido sin duda del notable ascendiente que hab?a adquirido sobre ?l,algunas de cuyas causas han quedado apuntadas m?s arriba. Puede a?adirse a?n a ?stas el hecho de que Ibn Ash-Shamir llegaba hasta el extremo de componer versos que pon?a en boca de su soberano, y ?ste apasionado por todo lo que tocaba a la poes?a, los aceptaba, podemos suponer que con entusiasmo, haci?ndolos pasar por suyos propios. A este respecto es revelador el siguiente relato.

En el a?o 225 (839-40), 'Abd ar-Rahm?n II emprendi? una campa?a, mandada por ?l en persona, contra los cristianos de Yilliqiya (Galicia), campa?a que fue dura y prolongada seg?n parece. A la vuelta, cuando ya el ej?rcito se encontraba por tierras de Guadalajara, el emir so?? una noche con su favorita Tar?b - que fue, como se sabe, la que m?s le cautiv? siempre -, y al despertarse mand? llamar a Ibn Ash-Shamir que le acompa?aba en la expedici?n. Cuando ?ste se present? ante ?l, le dijo el emir:

Ha excitado mis deseos una viajera nocturna
que ha llegado desde C?rdoba sin que nadie sepa c?mo.

Y entonces Ibn Ash-Shamir, para completar la poes?a, improvis? este verso:

?Se present? salud?ndote entre las tinieblas de la noche?.
?Bienvenida sea la que vino en la oscuridad a visitarte!.

Aquello aviv? tanto en el emir los deseos de ver a su favorita que dej? inmediatamente el ej?rcito, confi?ndolo al mando de su hijo al-Hakam, y se adelant? r?pidamente a C?rdoba. En este camino, y con motivo de aquel suceso, Ibn Ash-Shamir compuso una qasida de la cual son estos versos que el poeta pone en boca de 'Abd ar-Rahm?n II:

Perd? el gozo del amor desde que dej? a mi amante,
y s?lo paso las noches suspirando.
Cuando surge ante m? el sol naciente del d?a
me recuerda a Tar?b,
muchacha adornada con las galas de la hermosura:
los ojos al verla la creen una mansa gacela.
?C?mo a?oro su rostro!.
?Qu? heridas ha dejado en mis entra?as!.
?Oh la m?s bella de las criaturas a mis ojos,
la que m?s plaza tiene en mi coraz?n!.
El amor ha extenuado mi cuerpo,
prendiendo llamas en mi alma.
Yo no puedo pasar sin ti, privado de visitarte,
despu?s de haberte tenido tan cerca de m?.
S?lo me apart? de tu lado para visitar al enemigo
y acaudillar contra ?l un ej?rcito formidable.
?En cu?ntas llanuras me he aventurado!.
?C?mo he franqueado monta?as y monta?as!.
Me he revestido de una coraza de polvo;
mi rostro, antes lozano, est? ahora relajado de fatiga,
pues en ?l he sufrido el viento abrasador del mediod?a
que hac?a casi derretirse a los guijarros.
Con esto espero la recompensa de Allah:
?en qui?n, sino en ?l, hallar? mi recompensa?.
?Yo soy el hijo victorioso de los dos Hish?m,
yo enciendo la guerra y apago la guerra!.
Conmigo ha conservado Allah la recta senda;
yo la vivifiqu? y arroj? al fuego la cruz.
Yo march? contra los infieles al frente de un ej?rcito numeroso,
con el que he cubierto monta?as y llanuras.

Se puede apreciar en este poema la estructura de la qasida tradicional ?rabe, con el nasib y el rahil adaptados a la circunstancia del emir de C?rdoba, y con el fajr final adecuado a lo mismo, puesto todo ello en boca de `Abd al-Rahm?n. De aqu? no habr?a que dar m?s que un paso para hacerlo pasar por obra del propio emir. Con todo esto, Ibn Ash-Shamir gozaba del favor real y, sin duda alguna, triunfaba en la corte; dentro de los c?rculos palatinos, era muy admirador del cantor `Ali ibn N?fi`, m?s conocido por su apodo de Zir??b, el gran favorito de la corte cordobesa, al que dedic? estos versos:


?Oh `Ali ibn N?fi`! ?Oh `Ali!.
?T?! ?T? eres el insigne, el ilustre!.
Para que todos lo sepan, fue tu origen h?shimi,
pero en el amor eres 'abshami '.

En cambio, la lengua suelta de Ibn Ash-shamir se ensa?? con otros encumbrados personajes. Uno de ?stos fue Yuj?mir ibn `Uzm?n al?Sab'?ni, juez supremo de C?rdoba pero hombre incapaz, que por sus actuaciones insoportables fue blanco de las s?tiras y las hablillas de todo el pueblo hasta que acab? por ser destituido de su alto cargo. Nuestro poeta le hizo objeto de una travesura que debi? dejar le amargo recuerdo para toda su vida. Estando el juez un d?a en su tribunal, en pleno ejercicio de su funci?n, lleg? Ibn Ash-Shamir y, tomando una de las c?dulas en las que se inscrib?an los litigantes para ser llamados por turno, no se le ocurri? otra cosa que escribir en ella el nombre del profeta Jon?s y el del Mes?as hijo de Mar?a. Le presentaron esta c?dula al juez Yuj?mir, el cual, irreflexivamente, orden? que se llamara a juicio a estos dos personajes; efectivamente, el ujier llam? en alta voz:

- ?Que pasen Jon?s hijo de Matt? y el Mes?as hijo de Mar?a! Al o?r la llamada, Ibn Ash-Shamir desde el p?blico grit? tambi?n:
- ?La aparici?n de estos dos personajes es uno de los signos que anuncian el fin del mundo!. Inmediatamente cogi? el poeta otra c?dula y escribi? siguientes versos:

Yuj?mir, no cesas de cometer torpezas afrentosas.
Has citado al profeta Jon?s y al Mes?as hijo de Mar?a.
Como t? has hecho ahora, pronto te citar? a ti otro pregonero
pues has de saber que esas dos personas son las que han de sobrevivir en la tierra.
Tu cabeza es ti?osa, tu cara es odiosa,
tu cerebro no vale un adarme de bo?igos.
?Que vivas odiado! ?Que no tengas salud!.
?Que al morir nadie te llore!.
?Que no mueras musulm?n!.

Con quien parece que tampoco tuvo buena armon?a nuestro poeta, por lo menos en sus ?ltimos tiempos, fue con el eunuco Nasr, el poderoso valido de palacio. Antes lo hemos visto mantener buenas relaciones con ?l. Pero m?s tarde, Nasr, de acuerdo con Tar?b, trato de envenenar al emir con objeto de poner en el trono al hijo de la favorita, en contra de los deseos del soberano que se mostraba m?s inclinado a su otro hijo Muhammad. Ya sabemos c?mo acab? todo y c?mo el eunuco fue v?ctima de su propio veneno. Entretanto, Ibn Ash?-Shamir, por miedo a Nasr, hab?a dejado de frecuentar el trato del pr?ncipe Muhammad; pero cuando el eunuco muri?, escribi? nuestro poeta al pr?ncipe:

Aunque mi rostro ha estado ausente de ti,
mi cari?o ha estado presente, salud?ndote todos los d?as.
Me arredr? un enemigo poderoso
que humillaba y afrentaba a quien quer?a.
?l se engrandeci? s?lo por vosotros, por vuestro poder,
pero un malvado no debe nunca gozar del poder.
Le disteis vuestro apoyo y se elev? sobre vosotros,
y estuvimos iodos a punto de arder en sus fuegos.
Tal como el perro ingrato que despu?s de harto
se revuelve furioso contra el que le da de comer.
Reuni? una cuadrilla de ladrones y perversos
incit?ndolos a expoliarnos y matarnos.
Ide? una maldad, ?oh amigo de Allah!, pero se enga??,
pues no sab?a que ?l ir?a por delante.
Loemos a Allah que nos dio la alegr?a de su muerte;
que El no cese de prodigarnos sus mercedes.
Nasr tendi? una trampa a Allah, pero ?l le tendi? otra:
?bendita trampa, tan bien urdida que venci? a la trampa!.
Lloran y gimen por Nasr los imp?os y Sat?n,
pero tambi?n r?e el infierno, deseoso de verle.
?Puede acaso el para?so del Islam acogerlo
despu?s de haber cometido tantos cr?menes?.
Todos los meses cobraba su tributo, tributo
de miles, contados y sellados.
El, malhechor, nos expoliaba en su propio beneficio,
pero ahora veo que el mundo se r?e de ?l.
?Escuchad, oh gentes, la palabra de quien bien os quiere
y os desea la dicha! ?Entended!:
?Muhammad es una luz! ?Su rostro alumbra!.
?Es una espada ?6lada en la mano de Allah!.
Sed para ?l como hijos; ?l ser? para vosotros
un padre bondadoso; ?el m?s bondadoso!.
?Oh hijo del amigo de Allah! ?S? por siempre feliz y salvo!,
porque mientras sea as?, nosotros seremos salvos.
?No eres t? el Deseado entre todos los Omeyas,
el que les ha dado la gloria, el mejor nacido, el m?s insigne?.
T? para los buenos eres alma y clemencia, s?;
mas para los malos eres amarga coloqu?ntida.

Y esto es, en sustancia, todo lo que sabemos de Ibn Ash-Shamir. Por la fecha en que compuso la qasida anterior, a ra?z de la muerte de Nasr, es decir, un a?o antes de la de `Abd ar-Rahm?n II (m. 852), podemos suponer que el poeta llegar?a a conocer el reinado del emir Muhammad, aunque de esto nada nos dicen sus bi?grafos. S? nos dicen, en cambio, que tuvo siempre un gran amor al estudio, que realiz? un viaje a Oriente, y que lleg? a poseer profundos conocimientos en todas las ramas del saber. Ya hemos ido viendo, a lo largo de este trabajo, finas muestras de su t?cnica y de su vena po?tica que revelan una s?lida formaci?n, la cual era a todas luces necesaria para mantenerse en un alto puesto junto a un cr?tico tan capaz como `Abd ar-Rahm?n II. Claro es que por la escasez de los fragmentos conservados no podemos hacer hoy un juicio exacto sobre el valor real de su poes?a, pero los historiadores nos advierten que fue poeta excelente (mufliq), que alcanz? mucha fama y que las gentes acud?an a ?l para aprender sus versos. Por otra parte, nos lo presentan como inseparable del emir `Abd ar-Rahm?n II, y le llaman ?su poeta?, ?su comensal? y ?su estrellero?.

En cuanto a su calidad de astr?logo, una autoridad como Ibn Hayy?n, nos dice que junto a `Abd ar-Rahm?n II no hab?a otro tan notable como Ibn Ash-Shamir; y al-Hiy?ri le llama, por las dotes de penetraci?n que Allah le hab?a dado, ra'?s al-muna??im?n bi-l-Andalus, ?el pr?ncipe de los estrelleros de al-Andalus?.

Tags: Al-Andalus, andalusíes

Publicado por NASOINAN @ 20:23  | Biografias
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