Mi?rcoles, 14 de noviembre de 2007
Coet?neo de los grandes sabios y maestros del Islam.

Abu l-Hasan ash-Sh?dil?, ?Abd as-Sal?m Ibn Mash?sh, Ab? Madyan de Cantillana y de Ibn 'Arabi el murciano, no consta, sin embargo, que conociese y tratase a este ?ltimo, ni tampoco qui?nes fueran los maestros de esp?ritu que contribuyeron a su iniciaci?n asc?tica y m?stica dentro de su patria antes de trasladarse a T?nez. De su infancia y adolescencia se conocen dos fugaces episodios autobiogr?ficos, en uno de los cuales Ab? 1-?Abb?s atribu?a, a?os despu?s, su vocaci?n por la v?a m?stica del Islam, a un profundo pensamiento asc?tico que le sugiri? su maestro de primeras letras.

Dice as?:

?Hab?ase armado cerca de nuestra casa un espect?culo de sombras chinescas, y como yo era entonces un ni?o, asist? maravillado al espect?culo. Al d?a siguiente fui de ma?ana a la escuela, y el maestro, que era un wali (sufi que ha intimado en el conocimiento de Allah), me recit? este verso nada m?s verme: ?Ay de aquel que, lleno de admiraci?n, contempla las im?genes de las sombras chinescas, siendo ?l mismo una sombra, si bien lo mira!".
Esta idea de la vanidad y la nada de las criaturas, tan fundamental en la cosmovisi?n sufi, debi? desde entonces orientar el alma del muchacho hacia las verdades eternas, pues no mucho despu?s y en la misma escuela de primeras letras se sabe que replicaba con seriedad precoz, impropia de su edad, a un maestro de esp?ritu que le reprend?a por dedicar su tiempo al ejercicio de la caligraf?a:?Siendo yo muchacho, estaba en casa de mi maestro de primeras letras ejercit?ndome en escribir sobre una tablilla, cuando se me acerc? un hombre que, al verme escribiendo, me dijo: ?El s?fi no ennegrece lo blanco?. Pero yo le repliqu?: ?No es la cosa como t? pretendes; sino de este modo: el sufi no ennegrece el blanco de la p?gina de su alma con el negro de las trasgresiones?.

Los avances de la conquista cristiana por el levante de Al-Andalus, entre 1241, en la que Alfonso X, infante todav?a, someti? a Castilla el reino de Murcia, hasta 1269 en que con la ayuda de Jaime I de Arag?n lo conquist? definitivamente, debieron mover a Ab? 1-?Abb?s, como a muchos musulmanes, a abandonar Al-Andalus y pasar al ?frica.

Aunque ignoramos la fecha de su nacimiento, sin em?bargo los treinta y seis a?os de su larga residencia posterior en Alejandr?a y la fecha de su muerte en esta ciudad, a?o 1287, confirman la edad juvenil, constatada por su testimonio, en la que pas? a T?nez y entr? en relaci?n con el fundador de la escuela sufi, Ab? l-Hasan al-S?dil?. Su primer encuentro con ?ste aparece nimbado con una aureola prodigiosa de visiones previas en sue?os: ?Cuando llegu? a T?nez desde Murcia, era yo un muchacho joven. O? hablar del maestro Ab? l-Hasan al-S?dil?, y un hombre me dijo que me llevar?a a ?l... Aquella noche vi en sue?os como si yo ascendiese a la cumbre de un monte, y una vez arriba vi all? a un hombre, vestido con una capa verde, sentado, y teniendo a derecha e izquierda dos personas. Al mirarle yo, d?jome: ?Topaste con el califa de Allah en esta ?poca?. Despert? entonces, y despu?s del salat del alba, vino a m? el hombre que me hab?a invitado a visitar al maestro y march? en su compa??a. As? que entramos a donde estaba, lo vi en la misma forma que lo hab?a visto en sue?os en la cumbre del monte, y me qued? at?nito. El me dijo: ?Topaste con el califa de Allah en esta ?poca. ?Cu?l es tu nombre y tu linaje?? Se lo dije, y ?l a?adi? entonces: ?Desde hace diez a?os te tengo ante mis ojos?.

Tan prodigiosa previsi?n justifica seg?n los suf?es de la tariqa sh?dil?, como predestinaci?n sobrenatural, la elecci?n de Ab? 1-?Abb?s por el maestro para sucesor suyo al morir.

El relato anterior aparece confirmado por otro, en el cual consta asimismo que el maestro Ab? l-Hasan encarg? a uno de sus disc?pulos visitase en Al-Andalus al joven Ab? 1-?Abb?s para aprovecharse de sus ense?anzas. Ab?-Zakariyya Yahya al-Bilbisi (de Egipto], disc?pulo de Ab? l-Hasan, refiere que, despu?s de estudiar con ?ste, emprendi? un viaje a Al-Andalus. Al despedirse de su maestro, d?jole ?ste: ?Cuando llegues a Al-Andalus, j?ntate con el maestro Ab? 1-?Abb?s de Murcia, pues ?l conoce el encuentro (al-wuy?d) con Allah y sabe a fondo d?nde est?. Las gentes no conocen a Ab? 1-?Abb?s, pero saben d?nde para?. Cuando llegu? a Al-Andalus, me fui a verlo, y as? que ?l me ech? la vista encima, aunque no me conoc?a de antes, me dijo: ?Ya has venido, Yahya. ?Loado sea Allah por tu reuni?n conmigo, el qutb de esta ?poca! ?Oh Yahy?! No cuentes a nadie lo que te cont? el maestro Ab? l-Hasan?.

De todos modos, ambos relatos, eran prenuncios palmarios de la predilecci?n de Ab? l-Hasan respecto de Ab? 1-?Abb?s y del amor filial de ?ste para con su maestro, de quien, a?os despu?s, dec?a en una de sus cartas: ?Me he hecho disc?pulo de Ab? l-Hasan ash-S?dil?, uno de los pr?ncipes de los sinceros amigos de Allah, del cual he aprendido misterios espirituales que muy pocos conocen y de cuyo magisterio me enorgullezco. No sigue uno sus ense?anzas, sin que en dos o tres d?as deje Allah de revel?rsele, y si a los tres d?as no se le revela, es que se trata de un falso disc?pulo, y si lo es sincero, ser? porque ha errado el camino que el maestro le dict?".

Esta predilecci?n del fundador de la tariqa sh?dil?a para con Ab? 1-?Abb?s de Murcia hizo de ?ste su heredero y el portavoz de la escuela. El fue, efectivamente, quien divulg? de palabra el ideario de ?ste entre los adeptos que de todas partes concurrieron a escuchar sus lecciones. Y decimos ?de palabra?, porque as? ?l como su maestro no mostraron por escrito la doctrina de la escuela: ninguno de los dos escribi? libro alguno, porque dec?an que sus obras eran sus disc?pulos. Y efectivamente, ?stos fueron quienes de generaci?n en generaci?n han ido trasmitiendo hasta nuestros d?as las ideas y pr?c?ticas del fundador y de su heredero en multitud de libros y folletos, singularmente en las obras de Ibn 'Ata Allah de Alejandr?a, disc?pulo de Ab? 1-?Abb?s de Murcia, y en las de Ibn ?Abb?d de Ronda, que est?n repletas, todas ellas, de sentencias y consejos espirituales de ?ste y de su maestro. Para sus bi?grafos, las ideas antes que los hechos tienen la primac?a, y aun de estos ?ltimos los hechos portentosos predominan sobre los normales de la vida diaria: Adivinaci?n del pensamiento ajeno, profec?as, andar o volar por los aires, recorrer grandes distancias en brev?simo tiempo, el don de lenguas que seg?n cuenta el mismo dijo: ?cuando el hombre llega la perfecci?n espiritual, habla y entiende todos los idiomas por inspiraci?n de Allah?.

Con el fundador sabemos que pas? Ab? 1-?Abb?s desde T?nez, en compa??a de los primeros disc?pulos de aqu?l, a Egipto, y que en Alejandr?a vivi? ya hasta la muerte de Ab? l-Hasan en 1258, y posteriormente hasta la suya en 1287, o sea, durante veintinueve a?os todav?a.

De su austeridad asc?tica, tres rasgos caracter?sticos nos pintan hasta qu? punto su doctrina del dejamiento rimaba con su conducta, tanto en la renuncia voluntaria a los honores y alabanzas, como en el no pedir y ni siquiera aceptar los bienes terrenales. Se refiere muchos casos en los que Ab? 1-?Abb?s rehuy? el trato de las autoridades de Alejandr?a, viviendo durante treinta y seis a?os en ella sin conocer de vista al gobernador, ni enviarle recados, ni aceptar sus invitaciones de ser por ?l recibido en visita, y ni siquiera para admitirlo por disc?pulo suyo. Si al llegar a un pueblo, en sus peregrinaciones, mostraban las autoridades deseo de ir a verlo, hu?a a otro pueblo para no admitir los honores de que quer?an colmarle. Rehus? asimismo siempre pedir cosa alguna para s? y aun para los disc?pulos que le acompa?aban, y, al morir, no dej? cosa de este mundo, porque de todas se hab?a desprendido. Dec?a, adem?s, que el signo m?s seguro de la renuncia asc?tica est? en no amar el ser alabado y en amar el ser despreciado de todos. No pienso - dec?a en otra ocasi?n - que la nobleza del alma consista sino en elevar sus aspiraciones por encima de todas las cosas creadas. Cierto d?a vi a un perro y le ech? un pedazo de pan que conmigo llevaba; pero el perro no hizo caso alguno del pan; se lo acerqu? despu?s a la boca y ni siquiera tampoco se volvi? a mirarlo. Entonces o? una voz que me dec?a: ??Uf, cu?n despreciable es aquel cuya austera renuncia es menor que la de un perro!.

A su maestro Ab? l-Hasan imitaba en esta doctrina y pr?ctica del dejamiento como en otros puntos, seg?n contaba: Mi maestro Ab? l-Hasan me dijo: ?Si quieres ser de mis disc?pulos, no le pidas a nadie cosa alguna?. Y as? lo hice durante un a?o. Despu?s me dijo: ?Si quieres ser de mis disc?pulos no aceptes de nadie cosa alguna?. Y as?, cuando me ve?a en grande apuro (por faltarme qu? comer), sal?a a la orilla del mar de Alejandr?a para recoger los granos de trigo que el mar arrojaba a la orilla, de las cargas desembarcadas de los nav?os.

Sin menoscabo de su adhesi?n en todo a las ense?anzas del fundador, alguna vez dej? escapar frases que parec?an recabar para s? cierta originalidad en su m?todo espiritual, aunque ?ste, coincid?a con el de su maestro. De ambos ponderan igualmente sus bi?grafos la s?lida y extensa cultura isl?mica, as? en la en el derecho (fiqh), que se inspiraba en la escuela sunni de los ash-sharies, como en la ex?gesis del Alcor?n (tafsir y en las tradiciones prof?ticas (sunna), aparte de la doctrina asc?tica y m?stica de los s?fies. Como su maestro, tambi?n Ab? 1-?Abb?s fundaba en sus lecciones todo el edificio de la espiritualidad sobre el cimiento del ?aprieto?, es decir, sobre la importancia que para lograr la perfecci?n m?stica tienen las tribulaciones espirituales y temporales a que Allah somete a las almas para limpiarlas de todo lo que no es ?l. Y por lo que ata?e a las temporales, pod?a, en verdad, saberlo por personal experiencia, ya que sus bi?grafos nos lo pintan aquejado como el fundador por muchas enfermedades, especialmente el mal de piedra, el dolor de ri?ones y las hemorroides.

Su m?todo espiritual se basaba en la pr?ctica del recogimiento para con Allah, en la fuga de toda disipaci?n del esp?ritu, en el constante ejercicio del dzikr mental en soledad. Para con cada principiante en el sufismo empleaba, sin embargo, el m?todo particular que era m?s propio y conveniente a su estado. No gustaba de los aprendices que careciesen de medios de subsistencia (sin duda porque la sinceridad de su renuncia al mundo le era dudosa).

No ten?a celos de otros maestros de esp?ritu que pudiesen captar a sus propios aprendices, sino que, antes bien, nunca les prohib?a a ?stos que siguiesen a otros. En esto observaba la misma norma de su maestro Ab? l-Hasan, que dec?a a los suyos:?Seguidme a m?; pero yo no os impido que sig?is a otro. Si encontr?is un manantial de agua m?s dulce que el m?o, volveos...?

Amaba a los iniciados que pose?an ya formaci?n en las diferentes ciencias del Islam; pero jam?s alababa sus conocimientos en presencia de los dem?s, para evitar as? envidias y celos.

En su trato con ellos el rasgo dominante era una amplia misericordia y compasi?n, si bien trataba a cada uno seg?n el rango que cre?a ocupase a los ojos de Allah. Por eso, a veces, hac?a poco caso del bueno y culto, y en cambio trataba con honor al trasgresor, porque sab?a que aqu?l estaba orgulloso de su saber y virtud, y en cambio ?ste se hallaba arrepentido de sus errores.

Lo que m?s le molestaba en sus disc?pulos eran los escr?pulos de tentaciones sobre defectos en la abluci?n ritual (wudu) y en la pr?ctica del salat. Estando yo presente (afirma un disc?pulo), le dijeron: ?Fulano, tan sabio y tan bueno, tiene, sin embargo, muchas tentaciones?. A lo cual respondi?: ??D?nde est? su saber? La verdadera ciencia ha de estar impresa en el coraz?n, como la blancura en lo blanco y la negrura en lo negro?.

Dec?a tambi?n: ?Cuando viene a nosotros un disc?pulo que posee bienes mundanos, no le decimos que se desprenda de ellos antes de venir con nosotros, sino que lo dejamos con ellos, hasta que en su coraz?n se hayan filtrado las luces de la gracia, y sea ?l mismo quien espont?neamente abandone los bienes mundanos?. Esto se parece mucho a lo que pasar?a con los viajeros que, yendo en un barco, el capit?n les dijera: ?Ma?ana soplar? un fuerte hurac?n y de la tempestad no podr?is libraros m?s que arrojando al mar algunos bultos de vuestros equipajes. ?Arrojadlos, pues, ya ahora mismo!?. Nadie casi le escuchar?a, naturalmente, entonces, a?n m?s cuando al siguiente d?a se desataran los huracanes, s?lo aquel que espont?neamente hubiese tirado al mar cuanto pose?a, merecer?a ser calificado de inteligente. As? tambi?n, cuando los vientos de la certidumbre soplen, ser? el iniciado mismo quien espont?neamente se desprender? de las cosas todas del mundo que posea?.

Refer?a, adem?s, a este prop?sito, el siguiente caso del gran sufi y maestro ?Abd al-Razz?q: ?Se le present? para ser un disc?pulo suyo una personalidad de Mahdiyya, hombre muy rico y noble, que anteriormente se hab?a puesto bajo la direcci?n espiritual de otro maestro, el cual le hab?a prescrito, como primer requisito para su iniciaci?n, desprenderse de todas sus riquezas, separarse de sus mujeres y cambiar de traje; pero el disc?pulo, aunque cumpli? todo esto, no encontr? en s? mismo al hacerlo, m?s que mayor dureza de coraz?n, angustia y dudas sobre su vocaci?n. No pudiendo, pues, seguir ya en Mahdiyya privado de todo cuanto pose?a y sin lograr a cambio ning?n provecho espiritual, se present? al maestro ?Abd al-Razz?q, el cual, dej?ndolo en el estado de alma en que se hallaba, le aconsej? siguiese des?de Alejandr?a con otros peregrinos que iban a la Meca, y as? que regres? a Alejandr?a, le dijo que se volviese a Mahdiyya y recobrase su anterior posici?n y rango social y econ?mico, pues le asegur? que Allah har?a que sus conciudadanos le devolviesen cuanto hab?a abandonado, y aun se lo aumentar?a. Lo hizo as? y, en efecto, el pron?stico se cumpli? a la letra; y una vez que hubo entrado de nuevo en posesi?n de toda su fortuna, mujeres, etc., fue cuando Allah le abri? los ojos y se convirti? por fin a ?l. ?Abd al-Razz?q fue disc?pulo del sevillano Ab? Madyan.

Uno de sus disc?pulos cont? que era muy a menudo molestado por tentaciones de escr?pulo acerca de las abluciones diarias (wudu). Se enter? el maestro y, despu?s de preguntarle sobre ello, le dijo: ?Los suf?es juegan con shayt?n y no a la viceversa?. Pasados unos d?as le pregunt? el maestro c?mo le iba con aquella tentaci?n, y al responderle que igual, le dijo: ?Si no dejas la tentaci?n, no vuelvas ya a venir a m?. Y la angustia que le produjo esta respuesta alej? ya de su alma la tentaci?n para siempre.

No abundan las an?cdotas particulares sobre el magisterio y la vida de Ab? 1-?Abb?s en T?nez y Alejandr?a, fuera de las normas generales que acabamos de recoger. La m?s interesante es la relativa a la conversi?n de su disc?pulo y sucesor en la direcci?n de la escuela, Ibn ?At? Allah de Alejandr?a. Otra conversi?n relatan sus bi?grafos, ata?e a la personalidad del convertido, el tercer sult?n almohade, al-Mans?r Ya'q?b, hijo y sucesor de Y?suf, el vencedor de Alfonso VIII en la batalla de Alarcos. Es sabido que Ya'q?b dio muerte a sus dos hermanos, Abu Yahya y `Umar, y a su t?o Ab? Rabi'a, por haber tramado, durante la ausencia del sult?n en Al-Andalus, una conspiraci?n para desposeerlo del trono. Lo que no dicen ya los historiadores es que Ya'q?b, arrepentido de su crimen, abandonase el poder y acabase sus d?as consagrado a la vida peregrinante para borrar su culpa, si bien todos coinciden en afirmar que, despu?s de la victoria de Alarcos (1195), regres? a Marruecos desde Sevilla, dejando al frente del ej?rcito a su hijo Muhammad al-N?sir y nombrando a ?ste su heredero y sucesor. Varios a?os antes de su muerte, acaecida el 23 de enero de 1199. No es improbable, que en los ?ltimos a?os de su vida se realizase aquel cambio de vida que nos cuentan, ya que entre el 1199 en que muri? Ya'q?b, y el 1197 en que el maestro Ab? Madyan muere cerca de Tremec?n, ?ste le recomend?, que se sometiera a la direcci?n espiritual de Ab? 1-?Abb?s, y media suficiente tiempo para que este hecho se realizase con los efectos que ambos relatos consignan: El sult?n del Magrib, llamado Ya'q?b, dio muerte a su hermano por razones pol?ticas y luego se arrepinti? y anduvo buscando alg?n maestro espiritual, bajo cuya direcci?n hacer penitencia y que le guiase para lograr de Allah el perd?n de aquel acto trasgresor. Indic?ronle al maestro Ab? Madyan de Cantillana, que estaba entonces en Buj?a, mientras el sult?n estaba en Tremec?n. Envi?, pues, sus misivas a Buj?a para que se lo trajesen. Ab? Madyan accedi?, diciendo: ?Dispuesto estoy a obedecer al Jefe del Estado; pero no llegar? a realizarse mi encuentro con ?l, porque morir? en Tremec?n en el momento mismo en que all? llegue yo?. As? que hubo llegado a Tremec?n, dijo a los enviados de Ya'q?b: ?Saludadle de mi parte y decidle: Tu curaci?n est? en las manos de Ab? 1-?Abb?s el Murciano. Su direcci?n te ser? provechosa?. Refirieron esto al sult?n los mensajeros, y muri? Ab? Madyan de Cantillana, en Tremec?n. Mand? entonces el sult?n a buscar al maestro Ab? 1-?Abb?s con toda prisa, enviando mensajeros por todas partes, hasta que lo encontraron. Ab? 1-?Abb?s pidi? a Allah licencia para ir a juntarse con el sult?n y la obtuvo. March?, pues, contento a verlo, y el Sult?n se alegr? de ello grandemente. Orden? que degollasen una gallina y ahogasen otra, y, cocidas ambas, se las presentaron al sult?n, que se sent? a comer con el maestro. Pero as? que ?ste las vio, mand? al criado que retirase la ahogada, diciendo que era carne mortecina y, por tanto, prohibida, y a?adi?: ?Si la otra no se hubiese impurificado por guisarla junta con aqu?lla, la habr?a comido?. En vista de ello (es decir, de su prodigiosa adivinaci?n), se entreg? el sult?n en sus manos y se hizo disc?pulo suyo, y bajo su direcci?n emprendi? la marcha por el camino espiritual. Despu?s abandon? el reino del Magrib y se entreg? a la vida errante. Se vio, pues, que si el maestro no hubiese recibido de Allah la revelaci?n de que aquella gallina hab?a sido ahogada, no habr?a cre?do en ?l el sult?n ni se habr?a hecho disc?pulo suyo.

En la biograf?a de Ab? l-Hasan, el fundador de la escuela sh?dil?, ya vimos c?mo ?ste design? a Ab? 1-?Abb?s de Murcia para heredero suyo, poco antes de morir. Todos sus disc?pulos, africanos y andalus?es, que acompa?aron a aqu?l desde T?nez a Alejandr?a y en todas sus peregrinaciones, quedaron, pues, bajo la direcci?n espiritual de Ab? 1-?Abb?s durante el resto de la vida de este ?ltimo. Entre ellos (aparte de Ibn 'At? Allah de Alejandr?a) es digno de citarse un coterr?neo suyo, natural de X?tiva, Ab? ?Abd Allah Muhammad ibn Sulaym?n, m?s conocido por ?el hijo de Ab? l-Rabi'a?, el cual pas? de Al-Andalus a Oriente por los mismos a?os que Ab? 1-?Abb?s de Murcia, y, despu?s de estudiar en Damasco, se consagr? al servicio de Allah en la zawiya as-Saw?r de Alejandr?a, pr?xima al lugar donde viv?a Ab? 1-?Abb?s y a la tumba en que a su muerte fue ?ste sepultado. Sus dotes de ciencia y virtud, y su extraordinaria fama de realizar prodigios, atrajeron hacia ?l a los disc?pulos de Ab? 1-?Abb?s, que lo fueron tambi?n suyos, muriendo y siendo enterrado all? mismo en el a?o 672 (1273), dejando escritas varias obras de asc?tica y m?stica.

Aunque, Ab? 1-?Abb?s de Murcia al igual que el fundador de la escuela sufi sh?dil?, no consignaran por escrito sus ideas espirituales, fueron ?stas conservadas tan celosamente por sus disc?pulos, que los libros redactados por Ibn 'At? Allah de Alejandr?a e Ibn ?Abb?d de Ronda, est?n repletos de citas textuales del fundador y de su heredero.

Muri? Ab? 1-?Abb?s de Murcia el a?o 686 (1287) en Alejandr?a, y su tumba, en la zawiya al-Saw?r, que todav?a se conserva, se hizo un lugar de veneraci?n. Maqqari, que a mediados del siglo XVII de j.. c. la visit?, atestigua la devoci?n de la que era objeto.

Tags: Al-Andalus, andalusí

Publicado por NASOINAN @ 20:26  | Biografias
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