Mi?rcoles, 26 de diciembre de 2007
Morisco converso de primera hora y colaboracionista con los conquistadores.

Pol?grafo y traductor andaluz.
Naci? en Granada entre 1520 y 1530 y muri? entre 1607 y 1610
.

Si tuvi?ramos que guiarnos por los c?nones por los que se gu?a la Historia cl?sica, seguramente, la biograf?a de Alonso del Castillo no merecer?a ni media cuartilla. Pero queremos hacer Historia heterodoxa, porque tambi?n existe la Historia heterodoxa. Y pensamos que, en ella, nuestro autor tiene un puesto importante. De cualquier forma, si hasta los historiadores cl?sicos, en ocasiones, hacen depender un gran acontecimiento de la suerte de que aparezca un pastor y ense?e un camino escondido, como arguyen que ocurri? en Las Navas de Tolosa, o de que un caballo pierda la herradura, como le sucedi? a Ricardo III, tiene que ser forzosamente l?cito el presenta la vida de un hombre, de un andaluz, que intent?, por caminos heterodoxos un entendimiento entre dos civilizaciones antag?nicas para que su pueblo no pereciera.

Alonso del Castillo era hijo de un converso, cristianizado, seguramente, en las grandes y forzadas campa?as del Cardenal Cisneros. Estas conversiones fueron consideradas por la mayor?a de los andalus?es como un mero tr?mite, fiados en que los acuerdos que se desprend?an de las capitulaciones les dejar?an continuar en realidad con la pr?ctica de sus costumbres y ritos. Poco tiempo despu?s esos acuerdos ir?an quedando uno a uno en letra muerta hasta llegar a la rebeli?n general contra aquel estado de cosas.

Pero en la ni?ez de Alonso, todav?a se viv?a un clima de relativa tranquilidad, y muchos conversos ocupaban puestos en una administraci?n en la que los castellanos ten?an que echar mano de los andalus?es. Se licenci? en Medicina en la Universidad de su ciudad natal, siguiendo as? una profesi?n de gran tradici?n en Al-Andalus. A juzgar por los testimonios que poseemos tuvo que ser un buen m?dico aunque ejerciera la profesi?n s?lo de modo secundario.

Con mucha mayor intensidad se dedic? al oficio de traductor, empleado primero, por el Consejo de la ciudad, despu?s a las ?rdenes de la Inquisici?n y a las de los jefes militares castellanos durante la guerra de Las Alpujarra y, por ?ltimo, al servicio del propio Felipe II. El mismo encabezaba as? una de sus cartas: <>.

Realmente, nuestro morisco se quedaba corto. Sus escritos demuestran que ten?an un gran conocimiento de historia, no s?lo peninsular, sino de temas tan interesantes como el Imperio turco, las dinast?as magreb?es y todo lo relacionado con Castilla, Arag?n, Portugal y el Norte de Africa. Su actividad como traductor le llevar?a a realizar la versi?n de las inscripciones ?rabes de la Alhambra, los documentos de la sublevaci?n, la catalogaci?n de los manuscritos ?rabes de la biblioteca de El Escorial, la correspondencia entre el Sult?n de Marruecos y Felipe II y la interpretaci?n del pergamino de la Torre Turpiana y los plomo aljamiados del Sacro Monte, en los que nos detendremos.

El personaje de Alonso del Castillo es enigm?tico, como enigm?tico son muchos de los sucesos que tienen lugar en Granada en los a?os en que vive. Por un lado, se muestra cat?lico ferviente, demasiado ferviente, dir?amos, ya que continuamente saca a colaci?n loores en honor de Cristo, la Virgen, etc., y por otro, es indudable que fue uno de los art?fices, si no el principal, de las profec?as y relatos de los plomos del Sacro Monte y el manuscrito de la Torre Turpiana. En el plano pol?tico, ayuda a la administraci?n imperial a llevar la guerra contra sus hermanos de raza, pero, por otro lado, parece como si intentara siempre buscar el camino de una posible conciliaci?n. Si hubiera que encasillarlo en alg?n sitio, dir?amos, con lenguaje hipot?tico que pertenecer?a al partido morisco moderado.

El primer trabajo que le encarga la administraci?n imperial es el de traducir al castellano las inscripciones de la Alhambra, el Generalife, la Casa del Carb?n, y otros lugares. Alonso del Castillo realiz? estos trabajos entre los a?os 1556 y 1564, dej?ndonos un important?simo monumento, gran parte del cual se conserva todav?a. Probablemente, las intenciones del traductor y las de los que le ordenan la traducci?n son muy diversas. Es seguro que el primero quer?a dejar constancia de un pasado muy entra?able, mientras que los motivos de los segundos no est?n del todo claros. Puede ser que pensaran que aquellas inscripciones pod?an recelarles secretos desconocidos; tesoros ocultos, un permanente objetivo de las fuerzas imperiales tanto en la colonizaci?n de Al-Andalus como en la de Am?rica. En a?os siguientes traducir?a tambi?n todos los libros escritos en ?rabe o lengua aljamiada existentes en la Capilla Real o aquellos que hab?an conseguido reunir algunos particulares interesados, como Diego Hurtado de Mendoza.

La ?poca de relativa tranquilidad se terminaba. El d?a 1 de Enero de 1570, aniversario de la entrada en la Alhambra de los ej?rcitos de los Reyes Cat?licos, Felipe II promulgaba una pragm?tica por la que se prohib?an, entre otras cosas, hablar, leer o escribir en ?rabe y en lengua aljamiada, poseer libros con esos caracteres y hacer contratos con los mismos, siendo nulos los que as? estuvieran escritos. Como se desprende de todo esto, tambi?n se prohib?a a los andalus?es granadinos usar sus propios nombres.

La opresi?n llegaba a su paroxismo cuando la Real Chanciller?a, principal baluarte del poder de Felipe II frente a las posibles exigencias y resortes de poder nobiliario, exig?a la legalizaci?n de todas las propiedades a partir de escrituras que confirmaran a sus due?os como tales. Mientras los cristianos viejos y, en realidad, andaluces nuevos que hab?an obtenido sus propiedades gracias a la conquista, no ten?an ninguna dificultad en demostrar ser propietarios, los andaluces nasr?es no ten?an frecuentemente esas pruebas, o, en caso de tenerlas, se encontraban con la prohibici?n anterior de tener escritos ar?bigos, e, incluso, con la posible nulidad de esos contratos, por la misma raz?n.

La monarqu?a espa?ola estaba, pues, decidida a dar el golpe final al problema morisco al que, por otra parte, se le hab?an dado ya otros muchos. Desde la situaci?n actual a la que hab?a encontrado el viajero alem?n Jer?nimo de M?nzer, pocos a?os despu?s de la conquista y en la que nos describe a Sorbas como una ciudad todav?a isl?mica, con sus gentes hablando la aljam?a y sus muacines llamando desde los alminares a la oraci?n, hab?an tenido lugar muchas etapas intermedias. Se hab?an ido limitando el uso de vestidos, las costumbres y ceremonias, los ba?os rituales... pero a cuentagotas, porque las guerras en centro-Europa eran costosas y Carlos I necesitaba mostrarse tolerante, si esa tolerancia posibilitaba la imposici?n de crecidos tributos.

Ahora el duque de Alba manten?a con el terror y las devastaciones la paz en los Pa?ses Bajos y el peligro se cern?a por el sur donde los turcos avanzaban inexorablemente, pasando de ser los due?os de establecimientos comerciales a padrinos de las monarqu?as del Norte de ?frica. En esta situaci?n, el antiguo reino nasr? quedaba siempre como un posible objetivo, mientras que para los andaluces los turcos significaban un poder en el que confiar ante las provocaciones continuas de los espa?oles.

Estas ansias de libertad estaban, sin embargo, condenadas a quedar frustradas, y de ah? que en campo andalus? aparecieran dos opciones claramente diferenciadas, que en nuestros d?as calificar?amos de moderadas y radicales.

El que hasta entonces hubieran triunfado los compromisos, explica que en un primer momento, y a pesar de que la indignaci?n general llegara a sus escalones m?s altos, se decidiera enviar a Francisco N??ez Muley, que ya hab?a hecho de portador de s?plicas y reivindicaciones otras veces, a la Corte de Madrid para tratar de que la pragm?tica no pasara a ejecuci?n. No podemos olvidar tampoco que el reino nasr?, se hab?a formado y hab?a conseguido permanecer inc?lume por espacio de doscientos cincuenta a?os, gracias a una h?bil pol?tica diplom?tica y que muchos granadinos pensar?an que la salvaci?n estribaba en penetrar profundamente en la administraci?n de los invasores y colonizadores. Esta era, sin duda, la opini?n de Alonso del Castillo y lo hab?a sido tambi?n de muchos hasta entonces, por lo que los rebeldes que hab?an existido desde la conquista, los monf?es, hab?an estado bastante aislados.

Ahora la situaci?n era muy distinta. Las disposiciones anteriormente citadas sobre los contratos incid?an directamente en la producci?n, y, sobre todo, en la de seda, cuya situaci?n tampoco era muy brillante al estar obturadas las tradicionales rutas comerciales por los turcos, y tambi?n porque en Europa hab?an comenzado a elaborarse gran cantidad de telas. No es casualidad que mientras los partidarios de la moderaci?n fueran, en su mayor parte, habitantes de la ciudad de Granada o sus alrededores; los partidarios de la acci?n violenta y radical fueran alpujarre?os o gente implicada en el comercio de la seda, que ahora se un?an desesperadamente a los jefes monf?es o a ganaderos de la alta monta?a.

Todos estos, casi sin esperar a ver s? las gestiones de Muley hab?an tenido ?xito, se conjuran y nombran rey a Hernando de Valor que toma el nombre de Aben Humeya para adquirir la legitimidad de ser descendiente de los Califas de C?rdoba.

Los conjurados decidieron enviar a Aben Daud, que hab?a sido jeliz, o jefe de la alcaicer?a de la seda, a Argel para procurarse ayuda para la sublevaci?n, pero la misi?n fracasa y Daud y sus compa?eros tienen que internarse en la Sierra, despu?s de perder una bolsa que conten?a libros y papeles escritos.

Es a partir de este momento cuando Alonso del Castillo va a ir tomando cada vez un papel m?s importante en todas las vicisitudes de la guerra. En esta ocasi?n es encargado de traducir los documentos hallados en la bolsa, encontrando que en uno de ellos se especifican los planes de la conjura que, efectivamente estallar?a el d?a de Navidad de ese a?o, 1568. Hurtado de Mendoza nos ha dejado un entra?able relato de esa reuni?n de la noche de Nochebuena en el Albaic?n y de la arenga de Aben Humeya en la que este repasa, uno por uno, todos los agravios de que los nasr?es hab?an sido objeto.

La insurrecci?n de Navidad no triunf? en la capital, m?s que por la fuerza de la guarnici?n militar, porque la nevada ca?da la noche anterior impidi? el que entraran en la ciudad los contingentes que ten?an que venir de la Sierra. Sea como fuere, el fracaso de este golpe de mano no dej? a los rebeldes otra opci?n que encender la llama de una guerra prolongada que se extender?a hasta la primavera del a?o 1571, aunque, a decir verdad, sin mucha esperanza de vencer por parte del bando andalus?.

Alonso del Castillo, desempe?a en ella el oficio de romanceador, unas veces en Granada y otras sobre el mismo campo de batalla, al servicio del duque de Sesa, sobre todo a partir de Diciembre de 1569, que es cuando sus tropas entran en acci?n desde el valle de Lecr?n para socorrer a la guarnici?n de ?rgiva, cercada por las tropas de Aben Ab?o, el antiguo cuatrero monf? convertido ahora en uno de los jefes de la sublevaci?n.

Aparte de traducir cuantos documentos llegan al Estado Mayor de ese cuerpo de ej?rcito, nuestro protagonista escribi? por orden del duque, dos cartas ap?crifas en las que se hace pasar por un alfaqu? y que dirige ?a los caudillos, ancianos, alcaydes e alguaciles belicosos e otros se?ores e amigos, vecinos e conquistadores de las Alpujarras e sus anexos?. El objeto de tales cartas, escritas en lengua aljamiada, es convencerlos de que no prosigan la lucha porque ?sta no tiene ning?n objeto.

Los argumentos que usa Alonso del Castillo son varios, pero aquellos sobre los que m?s insiste son dos: el de que la ayuda de los turcos va a ser m?nima y el de que los andaluces sublevados no tienen fuerzas comparables a las de los espa?oles. Como debemos pensar que el propio Duque o algunos de sus ayudantes deb?a asesorarlo sobre el esquema de la carta, tenemos que guiarnos, para intentar conocer la opini?n del autor, por aquellos puntos en los que incide de manera especial. Y as?, mientras cuando dice que deben confiar en la magnanimidad de Felipe II, usa frases formularias, cuando se refiere a la capacidad militar de los ej?rcitos reales, se nota palmariamente que quiere convencer a los insurrectos de que sus esfuerzos van a resultar est?riles. ?...Dem?s desto, no se yo quien es el duda que el poder?o del Rey de Espa?a no sea grand?simo, y nosotros, comparados a ?l nos habemos como los mosquitos con el elefante... Pues, ateng?monos a buena raz?n e a buen consejo, e alcemos este juego antes que nos den ?mate?....?

En otra misiva que escribe a Hernando el Farr?x, un jefe de la zona de Berja que, aunque alpujarre?o, era de ideas moderadas, vuelve a insistir en los mismos argumentos: ?No parece que estos insensatos anduvieran ni entraran en los lugares que hay en Castilla la Nueva, e vieron Arag?n, Navarra, Catalu?a, Galicia, Andaluc?a e otros muchos reinos que tiene, donde hay mil millones de pueblos y lugares, de los cuales, si su Majestad hubiera permitido que contra ellos se sacasen de estos pueblos los coxos (cojos), a manera de decir, ya hubiera acabado con las Alpujarras... ?C?mo quieren ahora estos locos perdidos alzarse contra tan gran poder?o con sus hondas e alpargates de esparto??.

Leyendo estos p?rrafos nos hallamos con los mismos planteamientos de Ibn Al-Ahmar ante la potencia de Fernando III. Y, en realidad, en todo este per?odo encontramos las dos mismas actitudes que los andaluces tuvieron entonces: la de Ibn Hud y la de los nasr?es. Alonso del Castillo que, como hemos dicho, era un gran conocedor de la historia, deb?a saber qu? hab?a ocurrido entonces, y tambi?n los esfuerzos que el reino de Granada hab?a tenido que hacer para no perder su independencia a manos de las gentes del Norte de Africa. Dice, refiri?ndose a esto en su carta:

?Ellos ver?n muy presto su perdici?n y quien sin sus turquillos e landroncillos que les vienen a socorrer de Berber?a, qu? socorro les dar?n e que ayuda les har?n, no m?s de aquella que ellos hacen all? unos a otros, que es robar, enga?ar y saltear... porque lo que a esto vienen es la hez de Berber?a, que a otra gente no creais que se arrojar?a al peligro para socorreros, si no fuera por este color?.

Esta segunda carta tuvo que surtir efecto, puesto que al-Farr?x pas? a Africa con su familia y otro jefe, Hernando al-Habaqu? entr? en contactos con Don Juan de Austria. Al esp?a que la llevaba, sin embargo, lo hicieron pedazos cerca de Castel de Ferro y tuvo que ser sustituido por otro, llamado el-Zugr?. A juzgar por la cantidad de cartas encontradas en agujeros en la pared, una de ellas en el propio dormitorio del duque de Sesa y por la profusi?n de esp?as, creemos que estos m?todos y actividades tuvieron que ser usados abundantemente por los dos bandos y que al oficio de romanceador, los rebeldes opusieron el de escriba de cartas falsas.

Ante estos ?xitos relativos, Alonso del Castillo escribi? otra carta a Luis el Hadr?n, asegurando que los que se entregasen no ser?an molestados, con lo que, a decir de ?l mismo, muchos granadinos bajaron a la costa de Adra donde estaba el Duque.

A principios de 1571, Aben Ab?o solo contaba con unos cuatrocientos hombres que se resist?an en la zona m?s honda y abrupta de la Sierra, entre B?rchules y Trev?lez. Uno de sus m?s allegados era Gonzalo al-Xeniz, un antiguo monf? escapado de la c?rcel de la Chanciller?a. Al-Xeniz entr? en contacto con los espa?oles a trav?s de Barredo, un comerciante que, a pesar de la guerra, segu?a intern?ndose en la Sierra para su negocio, comprometi?ndose a matar a Aben Ab?o si se le conced?a el perd?n, pidiendo que para tener la seguridad de que no se trataba de un enga?o, la carta de confirmaci?n fuese escrita por el licenciado castillo. Este escribi? con su letra una traslaci?n de la Providencia Real que le otorgaba el perd?n, pon?an en libertad a su mujer y su hija que se hallaban prisioneras, se les devolv?an sus bienes, se daba la libertad a los cincuenta cautivos que ?l eligiese y se le facilitaba el permiso de poder llevar armas como a los cristianos viejos. El 15 de Marzo de 1571 al-Xeniz matar?a a Aben Ab?o en el barranco que hoy todav?a lleva el nombre de Barranco del Reicillo, dando un golpe mortal a la suerte de la guerra. Igual suerte correr?a unos a?os despu?s en Tetu?n el comerciante Barrado, a manos de exiliados, por haber traicionado con su papel de mediador la confianza de los alpujarre?os.

En el a?o 1573 Alonso del Castillo se traslad? a Madrid, siendo empleado por el monarca Felipe II, en la catalogaci?n de los manuscritos ar?bicos llegados a la biblioteca del Monasterio de el Escorial. Permaneci? all? por espacio de unos meses y luego regres? a Granada, aunque se le siguieron encomendando muchos trabajos para la corona; entre ellos, la traducci?n de las cartas intercambiadas entre Felipe II y el Sult?n de Marrakush a ra?z de la batalla de Alkazarquivir, que con la desesperaci?n del rey Don Sebasti?n, le abr?a el acceso a la corona portuguesa.

El t?tulo oficial de traductor real lo recibir?a en 1581 y con ?l en el bolsillo recorrer?a las ciudades con pasado isl?mico, como Toledo y C?rdoba, en busca de documentos ar?bigos o aljamiados para trasladarlos a la biblioteca de El Escorial. En la mezquita de C?rdoba traduce las inscripciones de un estandarte de modo absolutamente arbitrario. La traducci?n es la siguiente:

?Este es el estandarte que se mand? hacer en la ciudad blanca para el poderoso rey de los creyentes Mahamad, hijo del rey de los creyentes y ensalzador de la Ley, el alto y poderoso rey Aben Yacob Almanzor aben Salom?n (?ensalce Dios sus insignias e haga victoriosa sus banderas!); el cual estandarte se hizo en el a?o de la ?hijra? 255, que hacen de los a?os de nuestra salud 999?.

Es evidente que el a?o 990 no corresponde al 250 de la h?gira ni que existiera ning?n rey con ese nombre. En realidad, tanto las fechas como los nombres corresponden a una fant?stica historia de Miguel de Luna, otro andalus? que desde ahora estar? unido a Alonso. El t?tulo que Luna dio a su libro era el de Historia verdadera del rey Don Rodrigo, en la cual se trata de la causa principal de la p?rdida de Espa?a y la conquista que de ella hizo Miramamol?n Almanzor, rey que fue de Africa y de las Arabias, y vida del rey Yacob Almanzor, compuesta por el sabio alcayde Albucasim Tarif abentarique, de naci?n ?rabe, nuevamente traducida de la lengua arabiga por Miguel de Luna, vecino de Granada, int?rprete del rey Don Felipe nuestro se?or.

?Cu?l es la raz?n de esta traducci?n, es un traductor tan meticuloso como Alfonso del Castillo? No puede darse otra explicaci?n que la de que ya estaba en marcha, lo que podr?amos llamar la conjura de los moderados.

Las sacas indiscriminadas de granadinos hacia distintas zonas de la Pen?nsula y la posibilidad, cada vez m?s real y cercana de otras soluciones de mayor dureza, tuvieron que hacer ver a los que no hab?an sido partidarios de la guerra que su posici?n no hab?a servido de nada. De esta dorma, y como ?ltimo y desesperado recurso, pusieron en marcha una operaci?n destinada a remover las conciencias y las opiniones.

El 18 de Marzo de 1588, cuando se demol?a el antiguo alminar de la mezquita, la Torre Vieja o Torre Turpiana, situada a la izquierda de la puerta principal de la catedral, apareci? una caja de plomo conteniendo varias reliquias y un pergamino ?rabe. Poco menos de un a?o despu?s, cuando dos buscadores de imaginarios tesoros remov?an la tierra de unas ruinas en la colina de Valpara?so, lo que hoy conocemos con el nombre de Sacro Monte, encontraron una tira de plomo enrollada con inscripciones ar?bigas que resultaron ser una cr?nica del martirio de San Mesit?n. El hallazgo hizo que el arzobispo Don Pedro de Castro ordenase una excavaci?n exhaustiva, a lo largo de la cual, se encontraron restos humanos, otra plancha de plomo y posteriormente dos libros.

El hallazgo de todos estos documentos y reliquias provoc? una revoluci?n en los ambientes eclesi?sticos y civiles de la ciudad. Como las traducciones eran dif?ciles no hubo m?s remedio que encarg?rsele a Luna y a Castillo, ya que los doctores cristianos en lenguas sem?ticas se declaraban incompetentes.

El pergamino de la torre Turpiana conten?a una profec?a de San Juan y una inscripci?n latina en la que se dec?a que San Cecilio, obispo de Granada, hab?a entregado aquellas reliquias a un disc?pulo suyo para que las salvara de una posible profanaci?n por parte de los musulmanes. En la profec?a, San Juan anunciaba la venida de Mahoma y tambi?n la de Lutero y finalizaba con diversas consideraciones sobre el fin de los tiempos.

Arias Montano analiz? el documento y su juicio fue categ?rico: hab?a que considerarlo falso no s?lo por lo que dec?a, sino porque los materiales en los que estaban escritos los caracteres no eran antiguos, sino que hab?an sido tratados de forma que lo parecieran. Quiz?s los autores pensar?an que no se iba a formar tal revuelo y que su intento ser?a analizado mucho menos meticulosamente. Los plomos del Sacro Monte fueron preparados, pues, con un mayor detenimiento.

La plancha que los buscadores de tesoros encontraron primero era, un relato del martirio de San Tesif?n, un presunto ?rabe disc?pulo de Santiago, que se llamaba Aben ?Atar antes de su conversi?n al cristianismo. El susodicho San Tesif?n habr?a escrito un libro titulado Fundamento de la Iglesia que fue el que apareci? primero, y otro (el que apareci? en segundo lugar) llamado Libro de la esencia de Dios en el que se anunciaban otros que, efectivamente, como era el prop?sito de Luna y Castillo, sus verdaderos autores, aparecieron despu?s: Se trataba de los Fundamento de la Iglesia y Vida y hechos del Ap?stol Santiago. A estos siguieron varios, como el Libro de los insignes hechos de nuestro Se?or Jesucristo y de Mar?a virgen, su Madre, Del galard?n de los creyentes en la ?Certidumbre del Evangelio?, Oraci?n y defensorio de Santiago ap?stol, hijo de Xameh Zebedeo, contra todo g?nero de adversidades y as? hasta un total de 16, cuyos t?tulos marchan sobre esquemas parecidos a los que hemos citado.

El objeto de todos ellos era demostrar como hab?a existido una tradici?n ?rabe dentro de la iglesia cat?lica, con elementos que iban desde los Santos Padres, disc?pulos de los ap?stoles, hasta ornamentos lit?rgicos y convencer as? (o tratar de hacerlo), a una sociedad cat?lica, de que los conversos no eran algo extra?o a ella ni tampoco cristianos nuevos en el estricto sentido de la palabra. El hecho de que toda esta teor?a se montara sobre los escritos de un disc?pulo de Santiago, siendo ?ste la figura central y el justificador de la conquista cristiana de Al-Andalus, confirma los objetivos de Castillo. En las pretendidas profec?as hab?a, incluso, alusiones al arzobispo Don Pedro de Castro que, como es conocido, favorec?a de alguna manera la causa de los moriscos.

Sabiendo que para los espa?oles representaban los turcos un peligro inmediato, en los libros y, sobre todo, en el titulado Historia de la certidumbre del Santo Evangelio, se intenta argumentar el gran papel de los conversos granadinos en una futura confrontaci?n, y el porvenir de la lengua ?rabe en la predicaci?n del evangelio. El volumen titulado Historia del sello de Salom?n, hijo de David, profeta de Dios, seg?n Santa Mar?a, defiende la necesidad de que el pueblo andalus? sea perdonado como lo fue Salom?n despu?s de haber adorado a los ?dolos.

Alonso del Castillo entr? a trabajar, en relaci?n con estos hallazgos, al servicio del arzobispo de Granada con la autoridad que le prestaba al ser traductor de Felipe II. Encendida la pol?mica y habi?ndose dividido los campos en defensores capitaneados por nuestro protagonista y otros granadinos, y detractores, encabezados por Pedro de Valencia, disc?pulo de arias Montano (aunque ?ste no quiso pronunciarse). Despu?s de una larga pol?mica, los libros acabaron en Roma, donde los granadinos se resist?an a enviarlos presumiendo (como as? fue) que nunca volver?an.

Desde nuestra perspectiva, tenemos que concluir que el sincretismo de Alonso del Castillo y de una gran parte del bando moderado granadino, no es un intento de establecer una nueva religi?n, sino un esfuerzo por dar unas bases a su propia religiosidad cristiana, o mejor, a su inserci?n en una sociedad como la que establecieron los Reyes Cat?licos en el reino nasr?, y de la que, fuera cual fuera su mentalidad, no quer?an salir.

Su esfuerzo no tiene muchas diferencias del que har?an, ya irremisiblemente perdidos, los que ser?an obligados a salir hacia el exilio africano, veinte a?os despu?s.

Y las moriscas mujeres
torciendo las blancas manos
alzano al cielo los ojos
A voces dicen llorando:

?Ay Sevilla, patria m?a!
?Ay iglesia de San Pablo,
San Andr?s, Santa Marina,
San Juli?n y San Marcos!

Otras lloran por los sitios
donde ten?an sus tratos...
... Otros llamaban a voces
a la Virgen del Rosario
y a la Virgen de Bel?n:

Ella sea en nuestro amparo
.


No puede, pues, argumentarse la imposibilidad de que Alonso del Castillo tomara parte en la operaci?n de los libros aljamiados, partiendo de que era un cristiano creyente o de que muri? recibiendo los santos sacramentos. Es necesario partir del lado opuesto para comprender su pensamiento y el de decenas de millares de compatriotas que no quer?an abandonar su tierra: de que por no hacerlo, estaban tan dispuestos unos a luchar encarnizadamente en las frondosidades de la Sierra, y, decididos otros, a sumergirse en la nueva ideolog?a que les hab?a tra?do los invasores, porque quer?an, a pesar de todo, seguir siendo un pueblo.

Como intentaron seguir si?ndolo en Tetu?n, Argel y T?nez, donde todav?a subsisten los barrios andaluces y donde todav?a hoy se perpet?a el linaje de nuestro protagonista, entre los setenta y cinco habitantes de Tetu?n, con el apellido Kastiliu.

Tags: Al-Andaus, Moriscos, Andalucía, nasries, andalusíes

Publicado por NASOINAN @ 18:55  | Aben Humeya y Moriscos
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