Mi?rcoles, 26 de diciembre de 2007
Cantaor flamenco.

Naci? en Sevilla el 10 de Junio de 1831 y muri? en esta misma ciudad a finales del siglo.

Cuando algunos estudiosos del flamenco califican, sin m?s, a Silverio como el primer cantaor payo y se quedan ah?, tan tranquilos, le est?n haciendo un flaco favor a Silverio y al cante: el de introducir o arraigar esta dicotom?a de cante gitano y cante payo que a mi modo de ver no ha tenido una existencia real en lo que se refiere al cante jondo
.


El error proviene, quiz?s, de querer analizar una manifestaci?n cultural tan profunda como es el flamenco, deslig?ndola de todo contexto, como si en este mundo los fen?menos no tuvieran multitud de ra?ces y de causas, enormes conexiones con su entorno y desarrollos polivalentes.

S?lo muy poca gente se ha puesto a pensar en la coincidencia que existe entre la aparici?n p?blica del cante jondo y la abolici?n del Tribunal de la Inquisici?n. ?Coincidencia, o de hecho l?gico? Cada cual puede pensar lo que quiera, pero, de todas formas, es un mal m?todo separar conceptos. El concepto, por ejemplo, de cante flamenco como canto de proscritos est? muy aceptado, en primer lugar, porque sigue siendo as?, en parte, todav?a hoy, pero raramente se lo coloca en concordancia con las vicisitudes por las que pasa Andaluc?a en esos mismos siglos, ni con las que pasan en ella las minor?as o mayor?as marginadas.

Felipe III expuls? a los moriscos, los andalus?es demostrables, y su hijo, Felipe IV, persigui? a los gitanos, y prohibi? a los de Andaluc?a cantar sus cantes bajo pena de apaleamiento, mutilaci?n y destierro. ?Qu? si existe una interconexi?n entre los dos hechos? ?Vaya Vd. a saber! La Historia de Andaluc?a no oficial de todos esos a?os es una enorme laguna que s?lo hoy comienza a desentra?arse. Y, para intentar encontrar algo, tenemos que agarrarnos muchas veces a eso que se llama tradici?n oral, que es lo ?nico que le queda a los vencidos, porque ya ser?a pasarse el haberles cortado tambi?n la lengua.

Antonio Mairena, en una entrevista en el suplemento dominical de El Pa?s de hace unos a?os dec?a a este respecto: ?El cante o la gitaner?a est? ah?, en el espacio, en la tradici?n, y todav?a no sabemos mucho de ?l. Ahora conocemos algo m?s porque sabemos que los gitanos estuvieron pr?ximos a los moriscos, que eran otro pueblo perseguido. Sabemos que se casaron entre ellos. Y mire Vd., esto se ve. Porque el cante gitano, aunque a los occidentales no les guste, es un cante oriental, de ra?ces orientales. Y para demostrarlo no tiene Vd. m?s que ver una fiesta gitana, gitana de verdad. Mire Vd., cuando los gitanos est?n bien entre ellos, y tienen tres copas encima, lo primero que hacen es buscar un s?bana y pon?rsela. Les encanta vestirse de ?rabes. Y las gitanas, todo ese adorno que llevan, las monedas, todo eso es ?rabe. De esa mezcla sale el cante gitano, y del trato con los jud?os y los bandoleros, con los que tambi?n estaban muy unidos; se proteg?an unos a otros, y se reun?an en las sierras huyendo de la justicia?.

Los a?os del nacimiento y la ni?ez de Silverio son los del fin de ese antiguo r?gimen, de sus leyes de apaleamiento y mutilaci?n, y los de la instauraci?n de la burgues?a en el poder, lo que, en Andaluc?a, significa, m?s que el relevo de una clase por otra, el cambio de papeles que hac?a una clase y una modificaci?n del modificaci?n del m?todo de opresi?n institucional. Es precisamente en estos a?os cuando se crea la Guardia Civil, como garante de la tranquilidad y prosperidad de la gran burgues?a agraria, antes gran nobleza feudal, y que iba a ser la pesadilla del gitano-andaluz, n?mada y fuera de la ley por nacimiento, y del jornalero andaluz, nacido con la misma estrella.

Silverio Franconetti y Aguilar naci? en Sevilla, aunque algunos bi?grafos o ensayistas hayan optado por colocar su aparici?n a este mundo en Mor?n de la Frontera. Era hijo de Nicol?s Franconetti que hab?a nacido en Roma y venido a Andaluc?a como integrante de las Guardias Walonas; y de Concepci?n Aguilar, natural de Alcal? de Guadaira. Desde que el matrimonio se traslad? a Mor?n, a los pocos a?os de edad de nuestro autor, la vida de ?ste transcurre en esta villa. All? aprende las letras elementales y all? se revela como un ni?o de car?cter independiente.

Los padres intentaron que aprendiera el oficio de sastre con un hermano mayor que se defend?a bastante bien en la profesi?n y que hab?a llegado, incluso, a abrir tienda propia. Pero el chaval prefer?a la fragua a la casa de modas. Y no porque le gustara atizar el carb?n del horno ?que algo de eso har?a tambi?n de vez en cuando- , para que el hierro se pusiera incandescente, sino porque se embeb?a oyendo cantar a los gitanos.

La muerte del padre, cuando Silverio no hab?a cumplido todav?a los diez a?os, hizo a?n m?s f?cil que esta querencia tomara los derroteros de lo irreversible. Aunque sigue siendo, te?ricamente, un aprendiz de sastre, su verdadera afici?n es el cante. Es en este momento cuando aparece por la villa de Mor?n. El Fillo, un cantaor asombroso, que se da cuenta de la disposici?n del muchacho para el cante y lo anima a seguir adelante a pesar de todas las dificultades. Incluso es probable que ?l mismo fuera quien le buscara la manera de trasladarse a Sevilla con un trabajo ?que era m?s bien una excusa- y el runruneo constante de que pod?a hacerse c?lebre en la capital.

El Fillo era bastante conocido en aquella ?poca. Pertenece, en palabras de F?lix Grande, a los inolvidables, junto con Manuel Torre, Manuel Caganyo, Curro Durse, Juan Breva? Gustavo Adolfo B?cquer hace de ?l esta referencia en una de sus escenas sevillanas:
?S?lo all?, lejos, se oyen el ruido lento y acompasado de unas palmas y una voz quejumbrosa y doliente que entona las coplas tristes o las siguiriyas de Fillo. Es un grupo de gente flamenca y de pura raza ca?? que canta lo jondo sin acompa?amiento de guitarra, graves y extasiados sacerdotes de un culto abolido, que se re?nen en el silencio de la noche a recordar las glorias de otros d?as y cantar llorando como los jud?os?.
Pero habr?a que preguntarse si habr?a habido inolvidables sin que hubiera habido un Silverio.

Diego (o ?Antonio? o ?Francisco?) Ortega Vargas, El Fillo, quiz?s naciera en Puerto Real y su voz era lo suficientemente portentosa como para que, a partir de ?l, las que hirieran y besaran al mismo tiempo, las que llevaran lo dram?tico hasta su cumbre, se llamaran voces afil?s. Con ella tuvo que llorar la muerte de su hermano, Juan Encueros.

Mataste a mi hermano
No te h? e perdon?;
T? lo has matao lia?to en su capa
sin jaserte n?
.


Y puede ser que fuera su recuerdo lo que lo llevara a ense?ar a Silverio, en la fragua de Mor?n, las siguiriyas cabales, cantadas sin guitarra, a palo seco.

Entramos en el mundo raro, oculto, dual, de enfrentamientos subterr?neos entre el pobre y el pobre que aparece, de vez en cuando, en las reyertas gitanas, en las man?as de unas familias para con otras, la misma dualidad y los mismos enfrentamientos que se hacen patentes en medio de los momentos m?s tr?gicos de la guerra de Las Alpujarras y, antes, cuando la tromba feudal cristiana se abat?a apocal?ptica sobre esta tierra desde lo alto de la Meseta ?Qui?n sabe por qu? Tom?s El Nitri, disc?pulo de Silverio y sobrino del Fillo, no querr? cantar durante toda su vida en presencia de aqu?l? ?Rencor porque las ense?anzas del t?o fueron para el payo? ?Creencia en la desvirtuaci?n del estilo del Fillo, o en su manipulaci?n por Silverio?.

Sea lo que fuere, una cosa es cierta, que Silverio ha conseguido entrar en el mundo gitano-andaluz, aunque sea a pesar del Nitri. No es, por lo tanto, verdad que nos encontremos ante el primer payo que canta jondo, sino que, por el contrario, nos hallamos ante un payo que se ha hecho gitano porque ha logrado vencer y apoderarse del duende, del esp?ritu que anima al misterio, de la transformaci?n que viene como un rayo y crispa los rostros, las manos, la voz y el alma.

Silverio Franconetti es ya un cantaor. Ha dejado el oficio de sastre y desoye ?menos mal- los consejos de los eruditos para que aprenda solfeo y canto ?Se imagina alguien a un gitano cantando siguiriyas aprendidas en un pentagrama, como si se tratara de un aria? Pero por ah?, aunque parezca mentira, era por donde iba el flamenco que se desarrollar?a hasta los cupl?s y otras hierbas a?n peores. Despu?s de pasarse un tiempo en Sevilla, cantando siempre que puede y como sabe, un buen d?a se coge los b?rtulos y se marcha a Madrid.

Nos encontramos en el a?o 56 y en un Madrid que comienza a hacerse moderno; esto es, a ser la Corte de los Magros valleinclaniana, porque una burgues?a absentista y miedosa tiene que echar mano de la monarqu?a que sea, de los espadones que sea, de las monjas visionarias que sea? con tal de que un r?gimen caciquil vaya asent?ndose; y estamos tambi?n en el Madrid del que salen los ej?rcitos a ca?onear las ciudades y los pueblos andaluces insurrectos, y ?se vuelven con un bagaje cultural que plantan en la capital y apodan espa?ol?.

Silverio no dura en este Madrid ni un a?o. No sabemos muy bien los motivos; ni siquiera ?l mismo se los cont? a Don Antonio Machado y Alvarez cuando ?ste su puso a sacarle todas sus letras. Pero, si me apuran mucho y viendo lo que hace despu?s, me atrever?a a pensar que Silverio tiene ya la idea de hacer dinero para promocionar y hacer salir a la luz toda la riqueza que el cante esconde. Se marcha, pues, a Buenos Aires como sastre, aunque la profesi?n ?puesta en un pasaporte porque algo hay que poner- no correspondiera con la intenci?n.

En aquellas tierras pas? ocho a?os de su vida y, como era previsible, dej? el oficio oficial e hizo de picador en tiempos de paz y se alist? en el ej?rcito de Uruguay en los de guerra. Al padre de los Machado le cont? un mont?n de peripecias pasadas all? en esos a?os, pero Dem?filo, atento solamente a su trayectoria como cantaor las obvi? en su peque?a biograf?a. Una l?stima, porque conociendo al payo, es seguro que nos hemos perdido un mont?n de sabrosas an?cdotas.
Volvi? con aspecto de indiano, que para eso ten?a genio y figura, y con una espesa barba que le cubr?a toda la parte baja del rostro. Cuentan las historias que, con esa cara, se meti? en una reuni?n gitana en una tasca de C?diz y que nadie le reconoci?, por lo que, cuando pidi? al guitarrista que tocara por siguiriyas gitanas, todos se preguntaron quien ser?a aquel imb?cil que se met?a, sin m?s, en un campo velado. S?lo lo reconocieron cuando comenz? a cantar una letra suya, y no todo el mundo, porque la historia sigue contando que una vieja gitana, enrabietada con aquel payo metido a cal? pero no sabiendo qu? pegas ponerle, dijo: ?canta mu bien, pero tiene los pies mu grandes?. Algunos le reconocieron por la letra de la siguiriya, una de las innumerables de Silverio:

La malina lengua
que de m? murmura
yo la cogiera por en medio, en medio,
la dejara muda
.


Las letras del cantaor forman parte, indisolublemente, de su persona de su cante. Y de su esp?ritu, hasta reafirmarnos m?s y m?s en el aserto de que no estamos ante un payo, sino ante un hombre convertido al gitanismo andaluz, como cualquiera puede convertirse a una religi?n o profesar en una orden. Como cualquiera, no: como s?lo muy pocos pueden y saben hacerlo, porque entrar en as? en ese mundo lleva inexorablemente a aspirar, sabi?ndose vencido de antemano, a la libertad.

Las letras de Silverio son todo un mundo. Abarcan un universo de emociones, sentimientos y aspiraciones. Comprenden todo la cosmovisi?n de esa raza, forzada a ser raza (como los moriscos de Al-Andalus) por los que no quieren dejar de ser se?ores, y tienen que tener siempre debajo de ellos carne morena a la que pisar. Y se salen, adem?s, de ese mundo, lo prolongan y le dan una nueva perspectiva. Comienzan a intentar cerrar ?y esto es algo inmensamente importante-, la separaci?n entre dos mundos de opresi?n que han estado mucho tiempo uno al lado del otro sin juntarse. ?O no es eso lo que pasa cuando los payos andaluces escuchamos cantar:

Mataron a Riego,
ya Riego muri?;
?c?mo se biste, se biste de luto
toa la nasi?n
!.


En Silverio domina el sentimiento. Siguen contando los recuerdos de su tiempo que, poco despu?s de su vuelta, cuando se dedicaba otra vez plenamente al cante y recorr?a las ciudades andaluzas, sali? un d?a en coche de caballos, por Puerta Tierra, en C?diz, y al pasar junto al cementerio se acord? de su amigo Enrique Ortega, muerto. Mand? parar el coche all? mismo, de pie sobre ?l y a palo seco cant?:

Por Puerta de Tierra
yo no quiero pasar
me acuerdo de mi amigo Enrique
y me echo a llorar
.


Pero volvamos un poco hacia atr?s. Desde que, en 1864, desembarca del vapor Gravina en el que hab?a hecho el viaje desde Am?rica, Silverio comienza a dar recitales de flamenco en muchas capitales y ciudades del Estado y especialmente en las de Andaluc?a. O sea, lo nunca visto, porque el lugar del flamenco, hasta entonces, hab?a sido la fragua, el campo, la c?rcel y el interior de las casas y cavas. "En su forma primitiva ?dice Antonio Mairena- no se hac?a cante de Triana, ni de Jerez, ni de Alcal?. Se dec?a el cante de la casa de Los Pelaos, de los Piloros, de los Caranchos. En Triana, por ejemplo, hab?a cinco casas, y aun cantando el mismo cante, ten?a distintos matices. Eso pasa todav?a en la casa de los Paula en Alcal?".

Hasta Silverio, por lo tanto, muy pocos andaluces que no fueran gitanos hab?an escuchado una siguiriya; en p?blico, se entiende. Porque, de otra manera, no puede explicarse el fen?meno del ?xito de los recitales flamencos, en una primera ?poca. Ahora el cante se va a la calle, pasa a ser un signo de una nueva ?poca, y esto s?lo pod?a hacerlo un payo. Y que un Dib? me perdone.

Para el gitano no hay cambios ni transiciones. Est? ?porque ha sido- acostumbrado a vivir indiferente a lo que venga que, de cualquier forma, ser? algo que no es suyo. El gitano-andaluz, como los andaluces que pueblan Tetu?n, T?nez o Fez desde 1610, es un exiliado, aunque goce de un exilio interior. Pero as? como el que est? fuera no puede volver, el que est? dentro no puede aparecer y se ve por lo tanto, forzado a reducir dr?sticamente su mundo. Esto lo describe bien Mairena cuando dice:
"El canto gitano-andaluz siempre ha sido de mucha intimidad. Las letras nunca han dirigido a una comunidad, a un colectivo. Si se fija, siempre hablan de ?mi madre?, ?mi padre?, ?mis hermanos?, ?mis primos?, ?mi Dios?, ?mi Jes?s?, y de ah? no salen".

Creo que no es verdad, sin embargo, lo que a?ade a continuaci?n:
"Y cuando esas letras cambian, cuando se dirigen a un colectivo, se pierde lo m?s esencial del cante, que es la gitaner?a. El mundo universalista no le va al cante".

No es verdad. Lo que pasa es que Mairena est? pensando en Gerena y en una manipulaci?n del cante para un determinado per?odo pol?tico y con unos determinados objetivos y ah? es donde no encaja el cante, donde se comercializa electoralmente, donde tiene que ser rechazado por un gitano al que los siglos de persecuci?n le han ense?ado que da igual quien persiga.

Y sin embargo, y pese a D. Antonio, el gitano est? anhelando salir de ese mundo. Y es por eso por lo que aplaude sin reservas El Amor Brujo de Falla, cuando en 1915 toda la cr?tica de un Madrid zarzuelero est? en contra.

Pero esta es la forma m?s clara de alienaci?n del cante jondo. Las hay m?s sutiles y es aqu? donde cay? Silverio: decide, despu?s de las giras, abrir un caf?-cantante en Sevilla, asociado con Manuel El Burrero. El caf? del Burrero era el mayo de cuantos despu?s aparecieron, hasta el punto que algunas becerras, pero el negocio comenz? pronto a no marchar por desavenencias entre los dos socios. Al parecer, El Burrero s?lo se preocupaba de que entrara dinero, y cuanto m?s, mejor; mientras Silverio pretend?a que aquello fuera una plataforma de extensi?n del cante y del mundo de los gitanos.

?Pobre Silverio! A uno casi le entran ganas de ponerse del lado de El Burrero, porque, al menos, ?ste se enteraba de la vida. Recordando el Caf? Novedades, Pepe el de la Matrona, hace una descripci?n que, seguramente, valdr?a para todos: ??Hab?a unas butacas como en los teatros, unas cuantas filas de butacas que por detr?s ten?an una especie de mesita peque?a, y el que llegaba y se sentaba en su butaca ten?a en el
respaldo de la de adelante su mesita, y all? se pon?a el caf?, que entonces val?a treinta y cinco c?ntimos, o su copa de vino. Y aqu? es donde iban los trabajadores, que por treinta y cinco c?ntimos ve?an el espect?culo, una vez por lo menos. Luego estaban los palcos, que los formaban en el principal del patio, pero el que sub?a a un palquito ya sab?a a lo que iba; ten?a que tomarse de una botella p?adelante, y si iban cuatro o cinco ped?an una botella y otra? hasta que uno se calentaba y despu?s de ver el espect?culo eleg?an artistas y se met?an en un reservao a seguir bebiendo, a seguir la fiesta??.

Los caf?s-cantantes se extendieron como la p?lvora en la segunda mitad del siglo XIX, y Manolo R?os nos proporciona una lista de sesenta y tres de ellos en toda la Pen?nsula. Los caf?s se convertir?an en un trampol?n para los artistas y en una amplia red de contrataci?n, que llevar?n de un lado a otro a cientos y cientos de andaluces de la m?s pura cepa, gitanos, en una danza, que vista en perspectiva, resulta de lo m?s macabra. "Hab?a que salir cuatro veces ?sigue dici?ndonos Pepe El de la Matrona-; primero cantar al cuadrado, pa aprender el negocio, cantabas una letra o dos, y luego, a cantar solo. Cuando cantabas solo se pon?a una mujer a la derecha y otra a la izquierda y los dos tocaores; y luego en los cuartos, y de all? hab?a d?as que sal?amos a las doce de la ma?ana, y luego nosotros, por nuestra cuenta, ?aguardiente va y viene!, y a las ocho de la noche all? otra vez. De manera que era reventar".

En el a?o 1885 abri? Silverio un caf? propio, en la calle Rosario de Sevilla; despu?s otro, en la de Amor de Dios. Este caf? era de un tipo distinto, situado en una casa sevillana con patio de columnas y una fuente en medio, pero la cuesti?n no era el aspecto. Parece, por otro lado, que Franconetti no era mal patr?n y pagaba m?s, pero ah? no radicaba el mal. Tambi?n podemos colegir que nuestro cantaor se guiaba por unas reglas nada complacientes hacia el poder constituido, como nos lo demuestra el hecho de que no quisiera cantar para el gobernador civil de Sevilla, el director de la Guardia Civil y el Capit?n General, fuera de sus horas de actuaci?n? Pero tampoco estaba ah? la llaga.

No estaba la cuesti?n en que los gitanos cantaran igual o diferente de los payos, sino en que se hab?a producido una brecha profunda entre el cante de los gitanos y el cante de los payos, entre el que segu?a haci?ndoles en las casas casi a escondidas, o en las tabernas y la estructura comercial montada en los caf?s-cantantes que llegaba incluso a hacer fichajes de cantaores, como hoy en d?a se hace con los futbolistas. Y a ponerse de acuerdo para que las actuaciones de figuras no coincidieran en las horas, como se pusieron el mismo Silverio y su contrincante El Burrero para hacer o?r a Chac?n y Fosforito.

Y la cosa no acaba ah? sino que amenazaba con pasar a mayores, a algo tan tr?gico e irreversible como hacer desaparecer al cante jondo como canto de los marginados y proscritos segu?an existiendo y segu?an siendo, incluso, usados como carne de ca??n para el tr?fico de su propia alma. Oigan, por ejemplo lo que dec?a una rese?a de La idea, un peri?dico granadino, el 24 de Octubre de 1868, sobre la actuaci?n de Silverio en el sal?n El Recreo:
"Anteanoche fue extraordinariamente aplaudido en este lindo coliseo el c?lebre concertista andaluz Silverio, siendo llamado a la escena repetidas veces y haci?ndole repetir algunas de sus sentidas canciones. Creemos que la empresa, comprendiendo sus intereses y los deseos del p?blico, debe procurar que oigamos alguna que otra vez al simp?tico Silverio".

Sobran, absolutamente, todos los comentarios.

Ante este estado de cosas, Don Antonio Machado y ?lvarez, Dem?filo, predijo: ?Los caf?s matar?n por completo el cante gitano en no lejano plazo, no obstante los esfuerzos hechos por el cantador de Sevilla (Silverio) por sacarlo de la oscura esfera a donde viv?a y de donde no debi? salir nunca so aspiraba a conservarse puro y genuino?. Si esta profec?a no se cumpli? ?afortunadamente- ello se debe a que el genio de este pueblo era mucho m?s hondo y profundo de lo que parec?a y que, a pesar de todos los pesares, el campo andaluz venci? a la ciudad. O, como dice F?lix Grande, a que ?los m?s profundos de sus creadores sab?an, aunque fuese de un modo primitivo, preconsciente oscuro, que el recipiente al que vert?an sus cantes era el mundo del otro, no era el suyo?.

Silverio muri? pobre, como era de esperar. Quiz?s pudiera servirle de epitafio el comentario que le dedic? Dem?filo: ??Como el voluntario decidido que muere al pie de la barricada, o soldado valiente que expira defendiendo su trinchera, quema hoy su ?ltimo cartucho en defensa del cante gitano, abriendo un caf? en la calle del Rosario de esta ciudad: all? podr? quien quiera, escucharle aquellas ?seguidillas gitanas? que hicieron exclamar a la c?lebre seguidillera Mar?a Borrico, cuando en 1854 la invitaron a cantar despu?s del reci?n llegado de Am?rica del Sur, que ven?a entonces con la barba corrida ??C?mo quieres que cante, si ese gach? de las barbas me ha estemplao??.

?Qui?n, desde el nosotros puede ponerse a opinar sobre la obra de Silverio ?y sobre todo la de los inolvidables de su tiempo: Juan Breva, Antonio Chac?n, Manuel Torre, que todos, payos y gitanos, hicieron lo mismo-? Ah? est?n los n?meros, del 0 al 10 para que todo el que est? libre de pecado los arroje encima de ellos, y encima de sus siguiriyas, soleares, martinetes, polos y ca?as.

Corre y preg?ntale a un sabio
cu?l de los dos perdi? m?s:
Er que comi? de sus carnes
o er que public? su mal.
Er que publica su mal
por el pronto siente alivio.
Er que come de sus carnes
se da tormento a s? mismo
.


Porque cuando la brecha entre los dos mundos andaluces parec?a reabierta ya para siempre, ocurr?a el milagro de un I Concurso de Cante Jondo (Canto Primitivo Andaluz) capaz de arrastrar, andando desde Puente Genil y con un traje comprado por suscripci?n popular, a Diego Berm?dez El Tenazas, de 79 a?os que muchos antes hab?a jurado ?no cantar pa nadie? por mor de los caf?s-cantantes y hacerlo vibrar de nuevo ante 4.000 andaluces que comenzaban a reencontrarse.

Y ocurr?a un milagro en el Poema del Cante Jondo del que, en una carta, Federico dec?a a Adofor Salazar:
"Saco a relucir en ?l a los cantaores viejos y a toda la fauna y flora fant?stica que llena estas sublimes canciones: el Silverio, el Juan Breva, el loco Mateos, la Parrola, el Pillo, y ?la Muerte!...".

Y despu?s ocurr?a el otro: el milagro del Romancero Gitano.

Tags: Andalucia, Flamenco, Historia

Publicado por NASOINAN @ 20:42  | Biografias
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