Jueves, 27 de diciembre de 2007
Ab?-l-Mustarrif al-Hakam al-Mustansir Bi-ll?h.

Segundo califa andalus?.
Naci? en C?rdoba el viernes 13 de Enero del a?o 915.
Muri? el 1 de Octubre del 976.


Ser?a una gran injusticia no incluir en nuestra pagina, en el apartado de andalus?es ilustres el nombre de Al-Hakam II, de importancia capital en los anales de la cultura del pueblo andalus?
.


Cuando a?n contaba pocos a?os recibi? de su padre ?Abd al-Rahm?n III la investidura de heredero al Califato, dot?ndole de una intensa y esmerada instrucci?n en el conocimiento de todas las ramas que constitu?an en aquel momento el Arbol del Saber.

Cuando falleci? ?Abd al-Rahm?n, se procedi? a la coronaci?n de Al-Hakam II, que adopt? el sobrenombre honor?fico de Al-Mustansir Bi-Ll?h, ?el que busca la ayuda victoriosa de All?h?.

Los dos problemas m?s importantes que se encontr? el nuevo soberano fueron ambos de pol?tica exterior: demostrar a los reyes cristianos del norte de la Pen?nsula que C?rdoba no iba a ceder ni un ?pice de su soberan?a sobre las tierras de Al-Andalus, y mantener el prestigio de los Ban? Umaiyya por tierras norteafricanas, consolidando las posiciones alcanzadas por su padre, en un intento de detener el expansionismo fat?m?. Para lograr este segundo objetivo, Al-Hakam se limit? a continuar en el Magreb la t?ctica que hab?a venido desarrollando su padre: ganarse a los m?s poderosos emires zan?tas, derramando sobre ellos un aut?ntico torrente de preciosas d?divas y cuantiosos subsidios monetarios.

Respecto a los reinos cristianos del norte peninsular, que a?n no supon?an un serio peligro para la soberan?a andalus?, como lo era el califato fat?m? en el norte de Africa, Al-Hakam mantuvo con ellos unos pactos de clientela que los ligaba con el califato cordob?s.

Los cristianos del norte, creyendo ver una sombra de debilidad en el poder?o andalus? con la muerte de ?Abd al-Rahm?n III, rompieron los compromisos de vasallaje contra?dos con la admiraci?n andalus?; Al-Hakam II, con vistas a esta situaci?n y para imponer su autoridad, hizo las consiguientes reclamaciones que consist?an en diez plazas fuertes en el Duero, que el monarca Sancho I de Le?n deb?a entregar a los andaluces; as? mismo, por parte de Navarra y Castilla, el rey Garc?a S?nchez I deb?a entregar en manos de Al-Hakam al intrigante conde Fern?n-Gonz?lez. Acompa?? ambas reclamaciones con la amenaza de ruptura del pacto de amistad que los un?a.

Deso?das las reclamaciones andaluzas, y como la actitud de los cristianos cada d?a se volv?a m?s hostil y peligrosa para la integridad territorial de Al-Andalus, el monarca omeya no tuvo m?s remedio que organizar varias campa?as sucesivas contra los cristianos. La primera de ellas, que se desarroll? durante el verano del a?o 963, la dirigi? el monarca personalmente. Los resultados no se hicieron esperar: se conquist? la estrat?gica plaza de San Esteban de Gormaz, en el Duero; se le impuso un pacto de vasallaje al conde castellano Fern?n-Gonz?lez; el gobernador de Zaragoza, Yahy? b. Muhammad al-Tuchib? derrot? a Garc?a S?nchez en sus propios dominios; y, por ?ltimo, los generales andalus?es Galib y Sa??d ocuparon la fortaleza de Calahorra. Acciones todas ellas que contribuyeron al reforzamiento de la hasta entonces insegura frontera norte de Al-Andalus.

Sin embargo, y pese a que en general el saldo de las campa?as militares emprendidas por los ej?rcitos andalus?es resultaba positivo, Al-Hakam II no s?lo sobresale en los anales de Al-Andalus por su caudillaje militar, sino por el impulso y fomento que dio al cultivo de las ciencias, las letras y las artes, y la protecci?n a las minor?as religiosas de muz?rabes y jud?os.

Nunca ?ha dicho Dozy- ha reinado en Al-Andalus pr?ncipe tan sabio; y aunque todos sus predecesores hab?an sido hombres cultos, aficionados a enriquecer sus bibliotecas, ninguno busc? con tanta ansia libros preciosos y raros. En El Cairo, en Bagdad, en Damasco y en Alejandr?a ten?a agentes encargados de copiarle, a cualquier precio, libros antiguos y modernos. Su Palacio estaba lleno; era un taller donde no se encontraba m?s que copistas, encuadernadores y miniaturistas. S?lo el cat?logo de su biblioteca se compon?a de cuarenta y cuatro cuadernos, de veinte hojas seg?n unos, de cincuenta seg?n otros, y no conten?an m?s que el t?tulo de los libros y no su descripci?n. Cuentan algunos escritores que el n?mero de vol?menes ascend?a a cuatrocientos mil. Y Al-Hakam los hab?a le?do todos, y lo que es m?s, hab?a anotado la mayor parte. Escrib?a, al principio o al fin de cada libro, el nombre, el sobrenombre, el patron?mico del autor, su familia, su tribu, el a?o de su nacimiento y muerte, y las an?cdotas que acerca de ?l se refer?an. Estas noticias eran preciosas. ?Al-Hakam conoc?a mejor que nadie la historia literaria; as? que sus notas han hecho siempre autoridad entre los sabios andaluces?. Los libros compuestos en Persia y Siria eran con frecuencia conocidos antes que nadie los hubiera le?do en Oriente. Sabiendo que un sabio del ?Ir?k, Ab?-l-Farach Ispah?n, se ocupara en reunir noticias de los poetas y cantores ?rabes, le envi? mil monedas de oro, suplic?ndole que le mandara un ejemplar de su obra en cuanto la hubiera terminado. Lleno de reconocimiento se apresur? Ab?-l-Farach a complacerle, y antes que diera al p?blico su magn?fica colecci?n, que es todav?a la admiraci?n de los sabios, envi? al califa andalus? un ejemplar corregido, acompa?ado de un poema en su alabanza, y de una obra sobre la genealog?a de los Omeyas: un nuevo regalo fue la recompensa. En general la liberalidad de Al-Hakam para con los sabios andaluces no conoc?a l?mites: as? aflu?an ellos a su corte. El monarca los alentaba y proteg?a a todos, incluso a los fil?sofos?

Bajo el reino de Al-Hakam, C?rdoba se convirti? en una de las ciudades m?s importantes del mundo entonces conocido, y en el centro cultural del mundo musulm?n. En ella se reunieron gran multitud de alumnos de todo el pa?s para estudiar a los pies de los eruditos. Mand? el califa construir muchos hospitales y escuelas, poniendo la educaci?n al alcance de todos los que la deseaban. De entre los sabios y eruditos a los que protegi? Al-Hakam cabe destacar a Ibn ?Abd Rabbi-hi, Al-K?l?, Al-Zubayd? e Ibn al-K?t?yya, entre otros muchos.

En consonancia con su esp?ritu pac?fico y amante de la cultura, todos los historiadores coinciden en se?alar que la primera orden dada por el soberano, una vez instalado en el trono de Al-Andalus, la curs? a su primer ministro, Cha?far b. ?Abd al-Rahm?n, ?El Esclavo? -con quien hab?a compartido la supervisi?n de los trabajos de la construcci?n del palacio de Mad?nat al-Zahr?- para que se encargara de ampliar la mezquita cordobesa hacia el sur. Esta medida fue impuesta por el considerable aumento de la poblaci?n cordobesa bajo el reinado de su antecesor ?Abd al-Rahm?n.

Junto a importantes novedades introducidas en las formas como son los arcos polilobulados y las arquer?as entrecruzadas, se admiran en ella estructuras verdaderamente portentosas por su originalidad y valent?a de creaci?n, como las que presentan los ?qibab? o pabellones cuculiformes, destinados a dar luz y ventilaci?n al edificio, y que componen, en conjunto, una espl?ndida colecci?n de b?vedas nervadas, considerada como la m?s sobresaliente aportaci?n que los alarifes andaluces hicieron a la Arquitectura (M. Oca?a Jim?nez).

Sin embargo tan extraordinaria ornamentaci?n qued? empobrecida por el fabuloso mihrab o nicho de orientaci?n, en cuyos vest?bulos se encuentran elementos decorativos tan diferentes como el mosaico bizantino y el ataurique andalus?, componiendo un conjunto art?stico de tal colorido y belleza que no se encuentra en ninguna otra mezquita del mundo. Dot? Al-Hakam de agua a la mezquita mediante acequias de piedra, y en el lado oeste construy? un edificio destinado a la distribuci?n de ayudas entre los mas pobres (dar al-sadaqah), edific?ndose adem?s viviendas destinadas a los m?s necesitados.

Todos estos trabajos que se iniciaron el 18 de Octubre de 961, y que no terminar?an hasta el a?o 971, obligaron a demoler un pasadizo cubierto o Rabat; ?ste pon?a en comunicaci?n el Alc?zar califal con la Mezquita. Hab?a sido construido por el emir ?Abd All?h, siendo sustituido por otro mucho m?s acorde con la majestuosidad de la Mezquita. Tambi?n fue necesario reemplazar un pabell?n de abluciones o mida?a, que desentonaba del conjunto por lo rid?culo de su tama?o y la pobreza de su construcci?n. Nuestro califa mand? levantar en los costados orientales y laterales de la sala del salat, cuatro nuevos pabellones para la abluci?n, y purificaci?n mediante el agua para las practicas (Ibadas) de los musulmanes, los dos m?s amplio para los hombres y los m?s peque?os para las mujeres.

La culminaci?n de su portentosa obra la constituyeron los magn?ficos trabajos de carpinter?a art?stica que encarg?, una para el cerramiento de la parte acotada (maqsura), que estaba reservada para la oraci?n del califa, y otra, la del p?blico (minbar). En ambas se utilizaron con profusi?n las m?s raras y ricas maderas tra?das de Oriente, utilizando en la segunda s?ndalo rojo y amarillo, ?bano, boj y ?loe, a?adi?ndosele adem?s marfil, componiendo una decoraci?n tan rica que s?lo se expon?a p?blicamente el tiempo justo que duraba el gran serm?n (jutba) cada viernes, durante el cual se expon?a el p?lpito a la vista de los creyentes.

Cuentan los cronistas de la ?poca una an?cdota que pone de manifiesto el amor y la identificaci?n que nuestro soberano sent?a por su pueblo: en cierta ocasi?n ?nos lo cuenta el profesor Oca?a Jim?nez- en que el califa tuvo que desfilar solemnemente a caballo por determinada calzada cordobesa, not? que la misma quedaba ocupada a todo lo ancho por su propio cortejo se produc?an grandes apreturas entre las gentes que presenciaban el desfile, con peligro de que alguien pudiese caer en un foso pr?ximo, y, tan pronto como regres? del acto, orden? comprar a buen precio todas las tiendas que bordeaban la calzada en cuesti?n, con el fin de que fuesen demolidas y sus solares incorporados a aqu?lla, para mayor holgura de los transe?ntes y en evitaci?n de desgracias, lo que se hizo r?pidamente y con gran beneficio para todos. Hombre r?gido y severo, exig?a de todos los cortesanos el cumplimiento de un protocolo deshumanizado en exceso y una gran diligencia en el cumplimiento de todos sus deseos. Sin embargo, todo esto no fue obst?culo para que aprovechara la m?s m?nima oportunidad para poner de manifiesto su generosidad y el afecto que sent?a para con sus familiares y servidores; este amor a los suyos le llev? a ordenar a los alamines de la zalmedina de la ciudad que se ocuparan de atender y ayudar a las familias de sus difuntos hermanos, y a rehabilitar a los cortesanos separados de sus cargos, para quienes la amnist?a ven?a acompa?ada de la concesi?n de un nuevo puesto o d?diva especial, seg?n la categor?a de los restituidos.

Era nuestro califa, como casi todos sus ascendientes, de cabellos pelirrojos, ojos grandes y negros, nariz aguile?a, tronco fornido, piernas cortas, brazos largos y voz fuerte. Por lo que respecta a su vida ?ntima, parece que fue enemigo de tener descendencia hasta que sinti? sobre s? la responsabilidad de la continuidad de la dinast?a de los Ban? Umaiyya, y de que su sucesi?n se realizara por l?nea directa. Algunas narraciones de tono sat?rico, que circulaban por la C?rdoba del momento, intentaban explicar el comportamiento de Al-Hakam, entonces pr?ncipe heredero, en base a una supuesta animadversi?n de ?ste hacia las mujeres y ?Abd al-Rahm?n mando castigar muy duramente a los juglares que hab?an osado vituperar a su hijo. Lo cierto es que el califa s?lo tuvo dos hijos, ?Abd al-Rahm?n y Haksam, y de una misma mujer, la concubina Subh, que era cautiva de origen vasc?n y a la que el califa prefer?a dar el nombre masculino de Cha?far; la llamaba as?, como al visir eslavo, porque vest?a como un muchacho, a la moda de Bagdad. Las ambiciones de ?sta s?lo ten?an parang?n con las de Ibn Ab? Am?r, el futuro de Al-Mans?r, con quien formar?a una alianza pol?tico-amorosa que terminar?a por quedarse con la voluntad del califa, y que llegar?a a resultar funesta para la supervivencia del califato Andalus?.

Aquejado de una larga enfermedad, que ya lo hab?a dejado parcialmente paral?tico, decidi? que el pr?ncipe Hakssam recibiera el juramento de fidelidad de sus s?bditos, en calidad de heredero del trono de Al-Andalus.
Esto ocurr?a el 15 de Febrero del a?o 976. Y el d?a 1 de Octubre dejaba de existir el gran Al-Mustansir Bi-Ll?h, segundo califa andalus?, a la edad de sesenta y un a?os, siendo enterrado en la Rawda o cementerio real del Alc?zar de C?rdoba, junto a los sepulcros de los soberanos
.

Tags: Al-Hakam, Al-Andalus, Andalucía, Historia, andalusíes

Publicado por NASOINAN @ 23:55  | Biografias
 | Enviar