Viernes, 28 de diciembre de 2007
( ?, 891-C?rdoba, 961) Emir (912-929) y primer califa omeya de C?rdoba (929-961). Nieto de Abd Allah, emir de C?rdoba, fue designado por su abuelo heredero al trono en raz?n de su inteligencia, perspicacia y tenacidad.

A la muerte de aqu?l, en el 912, Abd al-Rahman III, con veinti?n a?os, asumi? el gobierno de un emirato cordob?s pr?cticamente desmembrado por numerosos conflictos internos y amenazado por los cada vez m?s poderosos reinos cristianos peninsulares.

Abd al-Rahman III adopt? el sobrenombre de al-Nasir (el Conquistador
).



Convirti? el califato de C?rdoba en una potencia mar?tima, gracias a la creaci?n de una importante flota con centro en Almer?a, que le permiti? conquistar las ciudades mar?timas de Melilla (927), Ceuta (931) y T?nger (951), as? como establecer una especie de protectorado sobre el norte y el centro del Magreb, aunque la expansi?n del califato fatim? de Egipto, en el norte de ?frica, redujo considerablemente la influencia omeya en esta regi?n (958-959). Abd al-Rahman III no s?lo convirti? C?rdoba en el centro neur?lgico de una nueva civilizaci?n musulm?n en Occidente, sino que hizo de ella la principal ciudad de Europa, rivalizando a lo largo de m?s de un siglo (929-1031) con Bagdad, la capital del califato abas?, en poder, prestigio, esplendor y cultura. El califa omeya embelleci? C?rdoba, empedr? e ilumin? las calles, dot? la ciudad de numerosos ba?os p?blicos y de cerca de setenta bibliotecas para disfrute de sus aproximadamente 250 000 habitantes, fund? una universidad, una escuela de medicina y otra de traductores del griego y del hebreo al ?rabe, hizo erigir la Gran Mezquita y, en las afueras de la urbe, en Sierra Morena, orden? construir el extraordinario palacio de Medina al-Zahra, del que hizo su residencia hasta su muerte.

La proclamaci?n del califato de C?rdoba

Uno de los mayores acontecimientos de la historia del mundo musulm?n medieval se produjo a comienzos del a?o 929 (final del a?o 316 de la h?gira): la proclamaci?n del califato de C?rdoba por el emir, Abd al?-Rahman III, s?ptimo sucesor de su hom?nimo y fundador de la dinast?a establecida desde el a?o 756 en al-Andalus. Este mismo a?o, se reanud? la acu?aci?n de dirhams, interrumpida durante unos treinta a?os, y se inaugur? la de los dinares, nueva en al-Andalus. Ambas monedas designaban al soberano como Amir al?Mu'minin. Este reconocimiento o restauraci?n del t?tulo califal por los omeyas de Occidente no era una simple peripecia pol?tica en la historia de la dinast?a ni en la cuenca occidental del Mediterr?neo.

Se podr?a considerar esta restauraci?n como puramente simb?lica o como un asunto de pol?tica interna y desde este punto de vista ser?a la consagraci?n de la victoria definitiva que el poder cordob?s hab?a logrado unos meses antes sobre la interminable revuelta de Ibn Hafsun (la toma de Bobastro tuvo lugar en 21 dhu l-qa,da 315/enero del 928 y la visita de Abd al-Rahman III al lugar de los hechos y la exhumaci?n de los restos del gran rebelde se hicieron en muharram 316/marzo 928). Marcar?a tambi?n el restablecimiento de la autoridad del poder central de C?rdoba sobre la mayor parte del territorio y anunciar?a la rendici?n de las ?ltimas disidencias como la de Badajoz y de Toledo que ya eran previsibles.

Pero es preciso resaltar que este acontecimiento tuvo, adem?s, otra dimensi?n. Por una parte, s?lo se le encuentra explicaci?n en el contexto general, especialmente perturbado, del mundo musulm?n de los primeros decenios del siglo X y podr?amos pensar que no hubiera sido posible al margen de estos aspectos pol?tico-religiosos de alcance internacional.

Por otra parte, la naturaleza misma del poder din?stico cambi? a causa de este acontecimiento, y el alcance hist?rico y cultural de la baya o reconocimiento y adhesi?n del pueblo a los califas de al-Andalus fue inmenso. Sin aceptar las tesis ni el m?todo que ha desarrollado Gabriel Mart?nez Gros en su obra sobre la Ideolog?a omeya, me parece que este libro muestra bastante bien la ambici?n impl?cita o expl?cita del califato de C?rdoba -en tanto en cuanto era un poder te?ricamente universalista- de emprender en el espacio que le rodeaba una verdadera reconstrucci?n del mundo, en el orden geopol?tico y cultural, parecida a la que emprendieron, en la misma ?poca, los fatim?es y sobre todo a la que hab?a caracterizado a los abas?es siendo esta ?ltima, en gran parte, fundamento de la civilizaci?n musulmana.

Estas pretensiones, aparentemente desmesuradas en relaci?n con el alcance pol?tico real de un poder cordob?s que s?lo logr? imponerse en el Magreb occidental representaron, en el orden intelectual y art?stico, los fundamentos de la cultura andalus?, considerada como una de las dimensiones esenciales de la civilizaci?n arabo-musulmana. Podemos pensar que sin el califato de C?rdoba ni Ibn Hazm ni Ibn Rushd (Averroes), ni la transmisi?n del saber ?rabe al Occidente cristiano habr?an existido. Tampoco habr?an existido, con toda probabilidad, el arte almohade, extraordinaria s?ntesis de las tendencias art?sticas ber?beres y andalus?es en el espacio geogr?fico que los omeyas hab?an empezado a unificar y del cual se derivaron tanto el arte de la Alhambra como cualquier arte posterior del Magreb.

En la carta que mand? el soberano a los gobernadores de provincias para anunciarles la restauraci?n del califato, invocaba el derecho del soberano omeya al t?tulo de Amir al-Mu'minin (Pr?ncipe de los Creyentes) que otros hab?an usurpado. Abd al-Rahman III por primera vez entre los omeyas de C?rdoba, tom? un sobrenombre o laqab, el de al-Nasir li?Dini Allah (el defensor del Din de Allah). Se situaba as? al nivel de los otros dos califatos existentes entonces en el mundo musulm?n. En primer lugar, por supuesto, se refer?a al califato abas? de Bagdad, cuyos t?tulo y legitimidad no hab?an sido contestados abiertamente por los emires de C?rdoba hasta entonces. En segundo lugar al de los fatim?es de Qairawan, proclamado en el 910, que fue sin duda la justificaci?n impl?cita de la instauraci?n del t?tulo califal en al-Andalus. El fuerte poder shi?, instalado desde hac?a una veintena de a?os en el Magreb, representaba indiscutiblemente un peligro para el Islam ortodoxo -sunn?- en Occidente.

Una propaganda mahd? en la que sin embargo es dif?cil ver una influencia propiamente fatim?, secund? la revuelta de Ibn al-Qitt en el a?o 901. Ibn Hafsun hab?a reconocido tambi?n formalmente el califato fatim? y despu?s de la toma de Bobastro, el soberano omeya hizo destruir la mezquita que hab?a edificado all? al comienzo de su revuelta de modo que fue arrasado y quemado el mimbar desde donde se hab?a bendecido al ap?stata y perversa estirpe, y mencionado a su aliado, el shi? Ubayd Allah, a cuya cuerda hab?a querido asirse, haci?ndose de su partido (Muqtabis). Sin embargo, no hay que exagerar la amenaza ideol?gica ni siquiera la social que representaba el movimiento fatim? para la Pen?nsula. No se perciben tales influencias en el movimiento masar?, que se desarrolla en esta ?poca en las zonas berberizadas situadas al norte de C?rdoba.

Tal vez fuera en el aspecto militar y probablemente en el econ?mico en los que el califato fatim? parec?a m?s peligroso a corto plazo. En el a?o 917 sus ej?rcitos se hab?an apoderado temporalmente de la ciudad de Nakur, puerto activo en la costa mediterr?nea de Marruecos actual donde desembocaba parte del comercio de ?frica occidental y cuyos emires fueron siempre fieles aliados de C?rdoba. Despu?s del 922-923, las fuerzas leales a Qairawan invadieron el Magreb occidental, partiendo desde la ciudad de Tahart que hab?an conquistado nada m?s formarse la dinast?a y se apoderaron de Fez de donde expulsaron a los idris?es. Las relaciones humanas y comerciales eran constantes a ambos lados del estrecho, y el poder cordob?s, cuyos s?bditos visitaban asiduamente las costas del Magreb, como vimos m?s arriba, no pod?a permanecer indiferente a esta progresi?n. Desde antes de la proclamaci?n del califato, en el 924, Abd al-Rahman hab?a intentado aliarse con los jefes zanatas Banu Jazar -establecidos en los actuales confines argelino-marroqu?es? que luchaban contra los fatim?es y luego mand? que se ocupara Melilla. En el a?o 931, las tropas andalus?es entraron en Ceuta donde se levantaron fortificaciones importantes. Desde entonces se establecieron en las dos ciudades guarniciones andalus?es con car?cter permanente y el califato omeya despleg? grandes esfuerzos para contener lo mejor posible el avance fatim?, siguiendo en su pol?tica de alianzas con las tribus Magrawa-Zanata del Magreb occidental, hostiles a los San?haya del centro que sosten?an el poder fatim?.

Restablecimiento del poder cordob?s

Durante la primera parte del reinado de Abd al-Rahman III, asistimos a la sumisi?n met?dica de Andaluc?a. Podemos considerar que ?sta lleg? a su t?rmino con la ca?da de Bobastro, tras la cual, como se hab?a hecho en todas las regiones sometidas progresivamente, se destruyeron los castillos y se oblig? a la poblaci?n a bajar a los valles: Luego envi? a los caides con diversos contingentes a todas las fortalezas (husun) de la cora de Rayya, con orden de destruirlas todas, derribar sus muros y derruir sus alcazabas, quit?ndoles los cimientos y dispersando sus piedras, y obligando a sus moradores a bajar al llano y habitar en ?l en alquer?as, como lo hab?an hecho cuando pertenec?an a la comunidad (Mugtabis).

En la Marca Inferior, los dos n?cleos urbanos m?s importantes reconocieron r?pidamente la autoridad del nuevo califa. M?rida gobernada por Masud b. Tayit, un ber?ber, de hecho ya se hab?a sometido en el momento de la proclamaci?n del califato. A lo largo de los a?os 316/928, un ej?rcito dirigido por el general -tambi?n ber?ber- Ahmad b. Muhammad b. Ilyas, se apoder? de la fortificaci?n de Moj?far, centro de poder de los ber?beres Nafza, cuyo jefe era un miembro del clan de los Banu Warayul (Bani Urriaghel). Luego Ibn Ilyas se lanz? a apoderarse del hisn de Alanje tras haber derrotado a la caballer?a de los rebeldes. Las gentes de M?rida enviaron entonces como embajador a C?rdoba a un faqih ber?ber influyente, Ibn Mundhir, de quien sabemos que manten?a buenas relaciones con el hayib Musa b. Muhammad b. Hudayr. Se acept? la rendici?n honorable de la ciudad, se eximi? a los habitantes (designados como qawm, es decir, los miembros del clan de Ibn Mundhir) de ciertos impuestos (probablemente los impuestos ilegales), se inscribi? a los fursan (caballeros, probablemente, los guerreros ber?beres que formaban la aristocracia tribal), en el diwan (registro militar), y se nombr? a Ibn Mundhir, que recibi? muchas muestras de honores, cad? mientras que Masud b. Tayit con sus primos (banu amm) y los suyos (ahlihi) hab?a ido a residir en C?rdoba donde ?l y el jefe nafza de Moj?far, que hab?a llegado a la capital poco antes, ocuparon puestos en la administraci?n y recibieron pensiones.

Una fuerte guarnici?n se estableci? en la qasaba de M?rida, y los distritos tribales ber?beres, Nafza, Miknasa, Hawwara y Laqant, fueron puestos bajo la administraci?n del nuevo gobernador. Los mulad?es de Badajoz y su emir Abd al-Rahman b. Marwan, tataranieto de Abd al-Rahman al-Yilligi, el fundador de la ciudad, resistieron un poco m?s de tiempo. A principios del a?o 317/929, Abd al-Rahman III inici? el asedio, luego confiado a sus generales y que dur? varios meses antes de que desembocara en la rendici?n de la ciudad cuyo emir fue entonces invitado a residir en C?rdoba como lo hab?a hecho el jefe ber?ber de M?rida.

Toledo se someti? dos a?os m?s tarde, en el 932. El Muqtabis de Ibn Hayyan contiene testimonios muy precisos e interesantes, de primera mano seg?n parece, sobre la rendici?n de la ciudad. Al-nazi, en el que se apoya, hab?a recogido el testimonio de un toledano de avanzada edad sobre el aman que el soberano hab?a concedido a los toledanos: a pesar de nuestra forzada situaci?n, en los t?rminos que quisimos, con la condici?n de ser libres de tributos, colectas y de las desagradables alcabalas e impuestos de alojamiento, pues no se nos cobrar?a sino el azaque impuesto por la tradici?n conocida, ni se destituir?a a nuestro encargado de las plegarias, ni se nombrar?a sino a los mejores de los nuestros por acuerdo de nuestra comunidad. Obviamente, era una comunidad musulmana la que reconoc?a la autoridad del poder central y lograba que se observaran las normas cor?nicas en materia de impuestos y se respetara cierta autonom?a de la comunidad en materia religiosa. No se trata en absoluto de moz?rabes, cuya existencia no se puede poner en duda, por supuesto, pero que no aparecen en ning?n momento en los acontecimientos toledanos despu?s de mediados del siglo IX cuando los cristianos de Toledo quisieron llevar a San Eulogio al episcopado de su ciudad.

La regi?n que sigui? preocupando al poder omeya en los a?os siguientes era la Marca Superior donde la familia de los Banu Tuyib conservaba su independencia despu?s de la extinci?n o la sumisi?n de los ?ltimos jefes mulad?es Banu Qasi y de la mayor?a de los Banu Amrus en los primeros decenios del X (en el a?o 936 encontramos a gobernadores nombrados directamente por C?rdoba en Bobastro y Tudela, as? como en Huesca donde, sin embargo, los Banu Shabrit reaparecer?an m?s tarde). El tuyib? Muhammad b. Hashim, que en la primera ?poca tras su acceso al gobierno de Zaragoza en el 930 hab?a reconocido la soberan?a de C?rdoba como lo hab?an hecho su padre y su abuelo antes que ?l, se hab?a aliado con el rey de Le?n y hab?a dejado de pagar tributos. Asediado por vez primera en el 935, se vio obligado a someterse. En el 936, los habitantes de Huesca expulsaron de su ciudad al gobernador omeya y Muhammad b. Hashim les envi? a su hermano Hudhayl para ocupar el puesto. En la misma ?poca, otras familias poderosas de la regi?n nororiental, en principio sometidas pero conservando su posici?n de hecho, como los Banu Dhu 1-Nun de Santaver (en la lista de gobernadores del a?o 324/936 al-Fath b. Dhi 1-Nun fue sustituido por un tal Salama b. Ahmad, en el puesto de gobernador) dieron se?al de agitaci?n. Tal vez, como afirma Eduardo Manzano, estos movimientos coincidieran con la ambici?n de llegar al califato que ten?a Ahmad b. Ishaq al-Qurashi, un general omeya de la dinast?a, que estaba destinado en la Marca y que terminar?a encarcelado y ejecutado.

A pesar de que los gobernadores leales -dos miembros de la familia ber?ber andalus? de los Banu I1yas- se esforzaban en luchar contra la revuelta tuyib?, el califa lleg? a la regi?n con un importante ej?rcito para atacar primero Calatayud, gobernada como muchas otras ciudades de la zona por un tuyib?, Sulayman b. Mundhir, primo del gobernador de Zaragoza. La ciudad se rindi? y se asesin? al gobernador, que fue sustituido por su hermano, al-Hakam, nombrado por el califa. Despu?s de lograr la rendici?n de la capital de la Marca (noviembre de 937), ?ste firm? con Muhammad b. Hashim un largo tratado que le garantizaba fidelidad y promet?a al tuyib? que le devolver?a el gobierno de la ciudad, cosa que cumpli? al a?o siguiente. Conced?a, por otro lado, a su hermano Yahya el gobierno de L?rida. Parece, a juzgar por las fuentes, que los tuyib?es representaban una potencia mucho m?s grande que los se?ores mulad?es que hab?an sido descartados, sin demasiado esfuerzo, de sus gobiernos locales o se les hab?a parado los pies durante los a?os precedentes. Desafortunadamente, es muy dif?cil saber cu?l era la base de esta fuerte implantaci?n local, la riqueza en tierras o los lazos cl?nicos o tribales. Apoyar?an esta hip?tesis los nombres de quienes firmaron el tratado del 937 por parte tuyib? y, tambi?n, por parte omeya.

Las fronteras cristianas

Pronto Abd al-Rahman III no se limitar?a a extender su control sobre el territorio de al-Andalus. La debilidad del poder central hab?a tenido efectos desastrosos sobre todo en la frontera occidental donde el rey Ordo?o II de Le?n se hab?a atrevido a lanzar ataques devastadores contra Evora, cuyos habitantes fueron masacrados (913), contra Alange (915) y Talavera (918). En el a?o 917, Abd al-Rahman III pudo liberarse suficientemente de los problemas internos y encontrar los medios de lanzar una primera expedici?n contra los cristianos. Siguieron otras expediciones en los a?os posteriores. La del 917 fue un fracaso al quedar las tropas musulmanas diezmadas en la plaza de San Esteban de Gormaz que hab?an atacado. Las campa?as de los a?os siguientes fueron m?s exitosas, sobre todo la llamada de Muez, en el 920, dirigida por el soberano mismo, luego la de Pamplona del a?o 924, en la que Abd al-Rahman III avanz? hasta la capital navarra, se apoder? de ella y la saque?. La situaci?n en las fronteras hab?a mejorado sensiblemente, pero la amenaza leonesa no hab?a desaparecido. Ramiro II atac? Madrid en el 932, derrot? a un ej?rcito musulm?n en Osma en el 933 y se ali?, como hemos visto, con el poderoso gobernador tuyib? de Zaragoza. Abd al-Rahman III intent? restablecer la situaci?n del lado cristiano. M?s adelante, tras haber logrado someter a Muhammad b. Hashim en el a?o 937, organiz? un gran ej?rcito bajo su propio liderazgo y se dirigi? contra la frontera castellana de Le?n en el a?o 939.

Esta campa?a que el califa quer?a que fuera decisiva y le hab?a dado por ello el nombre de ghazwat al-qudra (la campa?a de la omnipotencia), se hizo famosa con el nombre de Simancas-Alhandega. El objetivo era restablecer la supremac?a musulmana sobre la frontera del Duero, m?s all? de donde los castellanos empezaban a establecer puntos de poblamientos apoyados en particular sobre la fortificaci?n de Simancas, sobre la orilla derecha del r?o, ocupada desde el a?o 899. La expedici?n no logr? tomar la fortificaci?n y tras unos d?as de combate sufri? una grave derrota -cuyas circunstancias suscitan controversias- en agosto del a?o 939, a manos de una coalici?n de leoneses y navarros. La caballer?a musulmana fue masacrada por los cristianos en un foso (al-jandaq, Alhandega). El califa, que tuvo que huir de forma bochornosa, dejando en su campamento un Cor?n de gran valor que le acompa?aba en sus expediciones y su corselete de mallas de oro, achac? este desastre a la poca combatividad e incluso a la traici?n de parte de sus tropas. Algunas fuentes dejan entender que el yund y la aristocracia militar de la frontera -el gobernador de Huesca y el zanun? (miembro de la familia de los Dhi 1-Nun) de Santaver en particular- les habr?a faltado combatividad e incluso habr?an abandonado el combate a causa de la envidia que ten?an de los jefes militares sagoliba -esclavos o libertos de origen europeo o eslavo- a los que el califa hab?a empezado a dar puestos de mando importantes. A la vuelta, mand? crucificar a varios oficiales acusados de cobard?a, de entre los cuales el gobernador mulad? de Huesca, Furtun b. Muhammad al-Tawil. El gobernador de Zaragoza, Muhammad b. Hashim, se hab?a hecho prisionero y qued? en manos del rey de Le?n durante dos a?os.

Este humillante fracaso trajo un cambio notable en la pol?tica militar del califa que se abstuvo desde entonces de participar personalmente en las campa?as, que, por otro lado, parecen haber sido menos ambiciosas. La derrota no tuvo, de hecho, graves consecuencias territoriales porque los problemas internos paralizaron Le?n y porque el poder cordob?s, con su tenacidad, logr? mantener una presi?n lo suficientemente fuerte sobre la frontera, y despleg? un gran esfuerzo para protegerla, fortificando los puntos estrat?gicos. En el a?o 940, se edificaron y reforzaron las defensas de Calatilifa y Saktan. En el a?o 946 el cuartel general de la frontera media, la de Toledo, se estableci? en Medinaceli, donde se reforz? una antigua muralla abandonada y se repobl? la ciudad.
No se constata una falta de confianza generalizada del califa hacia los se?ores de la frontera. Los Banu Shabrit o los Banu Amrus, parientes del gobernador mulad? de Huesca, fueron mantenidos en sus puestos en el gobierno de la ciudad, como los Banu Tuyib en Zaragoza. El califato consolid?, por otro lado, la posici?n de las otras grandes familias de la regi?n nororiental, en particular los linajes de las zonas monta?osas situados al norte y al este de Toledo, como los Banu Zirwal de la regi?n de Soria, los Banu Dhi 1-Nun de Santaver, los Banu Ghazlun de Teruel, los Banu Razin de la Sahla: dividi? el pa?s entre ellos en lotes, renov?ndoles a ellos y sus sucesores en cada parte y anualmente sus nombramientos con amplias atribuciones (Mugtabis). El califato sigui? dotando al ej?rcito de buenos mandos y de contingentes saqaliba, reclutando un n?mero importante de j?venes esclavos a los que se daba una educaci?n militar, pol?tica. Esta pol?tica hab?a empezado ya desde antes de Simancas pero se activ? tras el dudoso comportamiento del yund tradicional. Al final del reinado del primer califa de C?rdoba, hab?a varios miles de saqaliba.

Gobierno y administraci?n

No emprenderemos una descripci?n detallada de la organizaci?n gubernamental y administrativa del califato. El personal del gobierno central y de la administraci?n provincial se conoce gracias a las listas de dignatarios y gobernadores que proporcionan varias fuentes y en particular el Muqtabis. Las fuentes han permitido efectuar estudios prosopogr?ficos que permiten reconstruir la carrera de muchos personajes. Levi Proven?al ha dibujado las lineas principales de esta organizaci?n califal, progresivamente acrecentada, perfeccionada y cada vez m?s compleja, y Joaqu?n Vallv? proporciona un cuadro minucioso de esta administraci?n cuya caracter?stica m?s destacada era la movilidad. Esta administraci?n estaba muy personalizada. Los visires, numerosos, supervisados al principio por un hayib (chambellan), luego por uno de ellos investido con el dhu I-wizaratoyn (doble visirato) sometido finalmente al control directo del califa despu?s del 942, parecen haber sido una especie de jefes de oficina, secretarios superiores encargados de un sector de las actividades gubernamentales que las fuentes no definen.
S?lo hacia finales de su reinado, en el a?o 955, se racionaliz? esta organizaci?n: Los despachos de la secretar?a del Estado fueron asignados a cuatro visires: el primero [...] fue encargado del examen de toda la correspondencia que se recib?a de los funcionarios de las provincias; el segundo [...] de las cartas de las marcas fronterizas y de los puertos de la costa; el tercero [...] recibi? la misi?n de controlar la ejecuci?n de las decisiones administrativas ratificadas por el soberano como decretos reales; el cuarto [...] dirig?a la instrucci?n de las demandas que llegaban al Palacio y aseguraba la aplicaci?n de medidas en el caso de reclamaciones bien fundadas (Vallv?).

La administraci?n provincial, al menos en las regiones interiores, ofrece pruebas de la misma movilidad, como se ve por las listas de gobernadores proporcionada anualmente por el Muqtabis, en la que se manifiesta un movimiento constante de nombramientos y de revocaciones. Estas listas -tenemos las de los a?os 317/929-930 hasta 330/341-342- merecer?an un estudio espec?fico a?n sin hacer. Mostrar?an probablemente ciertas evoluciones, pero habr?a que analizarlas profundamente.
Sin embargo, incluso un examen superficial ya resalta hechos interesantes: por un lado el casimonopolio del n?cleo duro omeya-quraysh? que constitu?a la baza del poder desde la ?poca del emirato sobre los distintos gobernadores y, por otro, la importante posici?n de los ber?beres y el papel menor de los mulad?es.

Ej?rcito e impuestos

La pol?tica africana, las expediciones contra los cristianos y las operaciones militares destinadas a mantener el orden o a extender el control del sultan sobre las regiones todav?a insumisas necesitaba un ej?rcito eficaz cuyo coste era, a la fuerza, elevado. El yund arabo-ber?ber, dotado de pensiones sacadas, por un lado, del tesoro, pero tambi?n de los gobiernos locales en las Marcas y probablemente de concesiones de bienes ra?ces y tributar?as, vio -como dijimos antes- su papel progresivamente contestado a causa del reclutamiento masivo de Saqaliba que hab?a que comprar y mantener. La garant?a dada, en varias ocasiones, a los rebeldes que aceptaban la sumisi?n (en M?rida y en Toledo, por ejemplo) permiti?ndoles pagar solamente los impuestos can?nicos, induce a pensar que la fiscalidad califal buscaba, como es l?gico en todo Estado musulm?n, paliar la insuficiencia cr?nica de ingresos imponiendo impuestos suplementarios, mal aceptados a la fuerza. Pero es muy dif?cil hacerse una idea precisa de c?mo era el sistema impositivo con Abd al-Rahman III.

Ibn Hawqal enumer? una serie de impuestos: sadaqa, yibaya, jarayat, as?har, damanat, marasid, yawali, rusum, que son t?rminos cuya traducci?n no es evidente la mayor?a de las veces, y que dieron, a mediados del X, una cifra global de ingresos en el tesoro muy considerable que llegar?a a veinte millones de dinares. Ibn Idhari, en el Bayan, indic? que la yibaya (tributaci?n) en tiempos de al-Nasir lleg? a 5,5 millones. Pedro Chalmeta piensa que la diferencia se debe a que el t?rmino yibaya s?lo designa los impuestos legales lo que supondr?a una cantidad considerable de impuestos ilegales. Dudar?amos siempre a la hora de aceptar esta interpretaci?n si consideramos que, siempre desde el punto de mira de Ibn Hawqal, las imposiciones eran poco gravosas en al-Andalus. Las indicaciones proporcionadas por las fuentes escritas sobre los impuestos y la moneda plantean varios problemas: al-Hamadani (muerto en el 903) indic?, por ejemplo, que los habitantes de al-Andalus no utilizaban fracc?ones de dirham sino solamente fulus (peque?a moneda partitiva de bronce o de cobre), lo que no deja de ser sorprendente si consideramos que este tipo de moneda era raro tanto en las colecciones conocidas como las descubiertas en las excavaciones arqueol?gicas y que conocemos numerosas fracciones de dirhams, pero tal vez pertenecientes a ?pocas posteriores al siglo IX.

Los problemas relativos a los impuestos y a la moneda, as? como a los precios y salarios, no se han investigado de forma sistem?tica y exhaustiva a trav?s de los textos y las colecciones numism?ticas, lo que permitir?a analizar toda la informaci?n potencialmente disponible. Tambi?n habr?a que situar los datos obtenidos en el contexto del mundo musulm?n, o al menos, del Occidente en su conjunto. Un hecho importante como la acu?aci?n de oro, cuya significaci?n pol?tica y simb?lica es evidente, pero que, a su vez, es consecuencia de varios factores de orden econ?mico y de ?l derivan implicaciones del mismo orden, parece realizarse en los cinco o seis primeros a?os de forma continuada (a?os 317-322/929-934), luego se ralentiza pero manteniendo un ritmo regular (a?os 323-336/935-947), hasta llegar a ser epis?dica y casi insignificante al final del reino. Tales constataciones no tienen, en el momento actual de nuestros conocimientos, explicaciones satisfactorias.

Hay que reconocer que el restablecimiento del poder omeya y su reforza?miento en la primera mitad del X plantean tantos problemas como la desorganizaci?n de al-Andalus al final del siglo precedente. En una evoluci?n cuyos aspectos pol?ticos resaltan con m?s evidencia a nuestros ojos, conviene evidentemente colocar en su justo lugar la inteligencia pol?tica del gran soberano Abd al-Rahman III.

Tags: Al-Andalus, Califato, Andalucía, Historia, andalusíes

Publicado por NASOINAN @ 16:35  | Biografias
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